martes, 22 de marzo de 2011

Vox Populi

No puedo decir que no creo en la democracia. No puedo decirlo, porque sería idiota de mi parte, no siendo más que un simple ciudadano que apenas tiene derecho a votar de vez en cuando. Claro, usualmente las opciones que se me presentan no son personas que merezcan una gran admiración, o un apoyo irrestricto, o siquiera una cierta simpatía. Pero no podría decir que no creo en la democracia, o que no me gusta, porque de otra forma, estaría aniquilando la única forma que tengo de expresar algo en esta Nación. Sería un huevón de otro nivel diciendo que no quiero tener democracia en el país, por la sencilla razón de que, aunque no me guste, soy parte del "pueblo". No soy de la clase gobernante. En consecuencia, sin democracia, no tengo nada qué decir, sólo qué acatar.

Pero claro, eso no quiere decir que no pueda ser crítico de esta idea huevona de la democracia. Porque está bien, puedo reconocer y ser plenamente consciente de que, sin democracia, valgo mucho menos de lo que valgo hoy. Al menos hoy valgo un voto. Por ejemplo, soy ultrafanático de Queen, creo que es la mejor banda de la historia de la humanidad. Pero no por eso voy a obviar que escribieron unas cuantas canciones bien penquitas, o que sacaron un par de discos bien mediocres. No soy un extremista, me considero un huevón práctico. A veces, no siempre. Pero bueno, no quiero ensuciar esto con autorreferencias. Siendo práctico, entiendo que no puedo sino apoyar la idea de una democracia, pero en el ejercicio de esta democracia, puedo perfectamente decir, por favor, no nos escuchen. Señor Presidente, hágase el huevón, haga como que no existimos. Haga como que este monstruo informe de dieciséis millones de cabezas que se llama Pueblo, no existe. Haga como que no nos oye. Sé que en el fondo sí; sé que en el fondo tiene a un montón de asesores leyendo los twitters, posts de facebook, noticias, opiniones de la gente en los diarios online, cartas al director, columnas de opinión, etc, etc. Sé que, al fin del día, sabe en qué anda la "opinión pública", aunque la opinión pública piense puras huevadas parcializadas o prejuiciadas. Lo sé porque, como buen miembro de la clase gobernante, conocedor del sistema democrático, entiende que es ese monstruo informe el que lo elije como gobernante y, en consecuencia, nos conoce tal como un luchador conoce a su enemigo. Porque al monstruo hay que reducirlo, en cada contienda, en cada elección. El monstruo es gigante, una bestia salvaje, que al primer manotazo puede derribar montañas, que abre la boca y se puede tragar el mar. Pero el monstruo es imbécil. Sí, el monstruo es imbécil. Sus dieciséis millones de cabezas son tan volubles como ignorantes. Hay varias cabezas que tratan de imponerse, pero hay otras muchas cuantas que no quieren escuchar, que le hacen caso a la de al lado porque les tinca. El monstruo quiere comer, no importa cómo. El monstruo quiere energía, no importa cómo. El monstruo quiere viajar, no importa cómo. El monstruo quiere vestirse, no importa cómo. El monstruo quiere tener salud, no importa cómo. El monstruo quiere tener casa y abrigo, no importa cómo.

Pero sí importa.

Y sí, alguien puede cambiar la metáfora, o al menos aclararla, diciendo que los gobernantes son las cabezas del monstruo que comandan su accionar. Pero dejemos la metáfora de lado. El Pueblo no es un monstruo, en sí. Pero, tal como los ogros, el Pueblo es una invención de un cuento medieval. ¿Qué es el Pueblo? Nadie lo sabe. Todos somos Pueblo, pero a la vez, nadie. Pueblo son los más pobres; Pueblo es la clase media; Pueblo son todos los chilenos, menos los ricos. No importa, en realidad. Asumiendo que el Pueblo existe, diremos una cosa que es bastante cierta e indudable: el Pueblo, al menos el que habita esta larga y angosta faja de tierra, es huevón. Es imbécil. Quiere comer, quiere beber, quiere cagar, quiere fornicar, pero no quiere preocuparse de cómo. Finalmente se ha resignado a tener que trabajar para solventar sus deseos de comer, beber y fornicar, y así ha podido procurarse algunos placeres anexos que, usualmente, llevan a la satisfacción de los mismos primigenios deseos. Algunos quieren crear. El Pueblo, en definitiva, quiere ser feliz.

Asumiendo entonces la estupidez del Pueblo, hay que entender cómo piensan los gobernantes. El gobernante, evidentemente, se coloca por sobre el Pueblo, lo mira desde arriba. El gobernante busca poder, la facultad de poder llevar a la Nación a aquel lugar donde satisfaga mayormente sus propios intereses y, de pasada, los intereses de sus pares gobernantes, con tal de que éstos no le arrebaten el poder que ha ganado. Ahora, con toda esta invención huevona de la democracia, del vox Populi, vox Dei, de que el poder viene de Dios al Pueblo y del Pueblo a los gobernantes, y todas esas huevadas, han debido cambiar estrategias y ya no pueden llegar y decir, a ver huevones, yo soy el Rey, y soy el Rey porque nací Rey, y Dios me dio el poder a mí y sólo a mí, así que todos los huevones, a trabajar y hacer lo que yo quiera. No, no, no. A alguien se le ocurrió lo del vox Populi, entonces ahora los gobernantes no pueden llegar y dárselas de bacanes porque sí. Se la tienen que ganar. Pero como la mayor parte de los gobernantes (no todos) no son tan huevones, se dan cuenta de que al Pueblo lo tienen que tratar con inteligencia. Que el Pueblo es manipulable. Que no se requiere de grandes descubrimientos, de grandes teorías, para convencer al Pueblo. Que a veces basta con darle un candy, una caluguita, para dejarlo medianamente satisfecho. Que a veces basta con mostrarle una película bien linda todo el rato, una de monitos, con música y todo, y meterle la penquita bien despacito mientras tanto. Cuando se dan cuenta, ya les metieron la penca entera, y nada qué hacer. Owned, como dirían los gringos. Preocupémonos del Pueblo, okey, si al final gobernamos para el país. Pero no escuchemos a estos huevones, no se les ocurra hacerles caso. Veamos cómo estamos en las encuestas, tiremos al candidato más simpático, a la mina más rica, al huevón más confiable. El Pueblo es manipulable, si es huevón. A los más clever, déjenlos tranquilos. Denles becas a los huevones, pero que aporten al país. Tírenle al Pueblo la tele encima, los diarios, las revistas. Está bien que se enteren de cosas, está bien que se eduquen. Si así nos perpetuamos.

Y he ahí una disyuntiva... Porque si el Pueblo fuese más educado, ¿ganan los gobernantes? Si la mayor parte de lo que llamamos Pueblo tuviera un concepto claro y preciso de la realidad, de lo que conviene a la Nación, ¿sería mejor, o peor? ¿No es mejor que el conocimiento sea patrimonio de unos pocos, para que los demás no molesten con dudas huevonas que nos caguen la onda? ¿Que podamos seguir mirando a la gente desde arriba e imponerles lo que queremos? ¿O será mejor que puedan aportar con ideas, y que entiendan que, la mayor parte de las veces, las decisiones de los gobernantes se toman previa consideración de una serie de aspectos de toda índole, ejercicio que requiere conocimiento, experiencia y mucha reflexión, y que muchas veces esas decisiones no son las que, superficialmente, aparecen como las "mejores" para el montón de huevones ignorantes que pululan en el Pueblo y aúllan como coyotes hambrientos? ¿No será mejor que los gobernantes de oposición no puedan usar medidas impopulares que ellos mismos consideran necesarias, para atacar al gobernante de turno y crear en el Pueblo la sensación de que se tienen que cambiar de bando? ¿No sería mejor si los gobernantes no estuviesen atados por lo que es popular o impopular para tomar decisiones de efectos globales?

A ver... Habría que entrar a distinguir. Quizás para los gobernantes, hay ventajas y desventajas en cada postura. Pero un gobernante honesto no debería tener dudas. El gobernante quiere enriquecer al país, y el país no se enriquece si está lleno de ignorantes que no son capaces de una reflexión medianamente profunda. No, nunca el país será como la antigua Atenas, no estará lleno de compadres clever que las cachen todas o si no, las inventen. Más de un chanta tiene que haber, más de alguna persona incapaz de comprender lo indispensable. Más de algún loco, más de algún irreflexivo, más de algún fanático, más de algún insensato. OK. Perfecto. Pero, como gobernante, me gustaría que mi país creciera. Y que mis decisiones no sean juzgadas por lo que dice el people meter o la encuesta mensual de Adimark. Que mis propuestas no sean discutidas o aplicadas por adefesios que la gente elije sólo porque son simpáticos, ricas, o salieron en un reality. Que mis acciones no sean informadas y analizadas por parte de periodistas u opinólogos huevones incapaces de hacer una revisión que tenga cierta consistencia.

OK, perfecto entonces. Hay que mejorar la educación. No con medidas huevonas como la jornada completa, que sirve sólo para darle comida a los cabros más pobres. Esa es una medida de salud, no es una medida de educación. Pensemos. Pensemos. Analicemos, discutamos. Pero esto no puede seguir. Mientras tanto, sigamos engrupiéndonos a estos huevones como siempre, si son tontos, qué se le va a hacer. No es un juicio de opinión, es una realidad. Enfrentemos la realidad y usémosla a nuestro favor, todo sea por el Pueblo. No saben que lo hacemos por ellos mismos, y en generaciones, nunca lo sabrán. Pero gobernantes, pares míos, no nos leamos la suerte entre gitanos. No digan que lo que estoy proponiendo vale callampa, es una huevada, va en contra de los derechos humanos o la huevá que sea, para cagarme y que no me reelijan en cuatro años más. Eso es de maricones. Y puta, lamentablemente, todos lo hacen.

Pero ya, eso parece que también es un hecho. Por mientras, entonces, no hagamos huevadas. ¿Plebiscito para elegir la energía que el país quiere? Por Dios. Hay que ser bien huevón. Esa es decisión de los huevones que saben. El Pueblo quiere comer, beber, fornicar y cagar, y los más bacanes quieren crear. El Pueblo quiere ser feliz. Pero el Pueblo no sabe cómo. Esa es la premisa primordial para todo gobernante. No hueveen entonces. No quiero ese poder de decisión. Sorry, no me lo den. Si dármelo a mí implica dárselo a todos, no gracias. Quizás qué otro monstruo informe terminaríamos creando.