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miércoles, 14 de marzo de 2012

Burros y Periodistas

Me molestan los periodistas. Es lo único que diré. Porque su trabajo consiste en informar, pero de un tiempo a esta parte se ha transformado en opinar. 
Todo el mundo tiene derecho a tener una opinión. Todo el mundo tiene derecho a expresarla. Los periodistas tienen derecho a tener una "línea editorial". Pero, para opinar, hay que saber. Hay que ponderar. Hay que hacerse cargo de la realidad. No saco nada con decir, "cómo puede ser que dejen libres a los de La Polar, este país no tiene remedio". Habrá que informar a la gente que la prisión preventiva es una medida cautelar personal que sólo procede en circunstancias puntuales, y cuya aplicación o no aplicación no implica un prejuzgamiento por parte del tribunal. No saco nada con decir "y estos delincuentes que irrumpen en las barras, ¿qué hace la autoridad que no los castiga? ¡Incompetentes!". Habrá que explicar que la ley de violencia en los estadios requiere de la introducción de evidencia en juicio que muchas veces no puede obtenerse, dado que simplemente no existe: se toma detenida a una persona por desórdenes, y la única evidencia en contra del sujeto es el testimonio del carabinero. Habrá que señalar que lo mismo ocurre en las protestas; por eso todas las detenciones de manifestantes son declaradas ilegales, pues no hay evidencia de qué estaban haciendo esos sujetos cuando los tomaron detenidos. Y habrá que opinar, quizás, que Carabineros debiese utilizar sistemas de grabación, para evitar que eso pase, y que le saquen la cresta a cabros que efectivamente sólo circulaban o participaban pacíficamente.
¿Qué pasó con el periodista de "Informe Especial" o el de "Contacto"? ¿Ese que investigaba sobre un tema y recopilaba información hasta ser capaz de mostrar una realidad en toda su dimensión, dejando que otros opinaran? ¿Ese que no se creía los cuentos que todo el mundo inventa para manipular la opinión pública, y mostraba los hechos tal como eran? ¿El que no se quedaba en la pancarta?
Parece que hubiera desaparecido, desalojado por esos "periodistas" que juran que se las saben todas, que juran que pueden hacer el trabajo de cualquiera, que son capaces de opinar de cualquier cosa en un noticiero, en un programa de radio, en un matinal, en un "late show" de televisión. Y no tiene nada de malo opinar. No tiene nada de malo equivocarse. Pero cuando se equivoca frente a millones de personas, que a la vez salen a la calle y la plaza de Facebook y Twitter a contar la misma estupidez que el otro comentó, tenemos un problema. Como el que informó que un sujeto que "casi mató a otro" sería formalizado por "cuasidelito de homicidio". Como el que dijo que cierto fulano "renunció", cuando en realidad "no va a repostular". 
Nadie se da cuenta, en todo caso. Ganan pantalla por irreverentes, por divertidos. No por inteligentes. Aunque todos los burros piensen que lo son.

Consecuencia


No soy totalmente contrario ni al aborto ni a la eutanasia. Sólo pido consecuencia.
Así habría partido una serie de twits que probablemente no llevarán a nada, porque nadie los lee y a nadie le importa. A nadie le importa porque cada uno está demasiado preocupado de validar su propia opinión antes que detenerse a pensar en la de los demás. No está mal, yo también lo hago la mayor parte de las veces. Sólo constato la realidad.
Soy cercano a la eutanasia. Casos de enfermedades terminales donde los pacientes pasan meses en plena agonía, sin posibilidad de realizar ninguna actividad que haga más digna o perdurable su vida. Meses de dolor, sufrimiento, llanto. Meses de espera a que llegue la muerte, para quien muere, y para quienes no logran retomar sus vidas porque están esperando que todo ocurra. Cuando la muerte llega, se siente como el tipo con la tremenda tripa que espera a que llegue el repartidor de la pizza. Por fin, llegó. Se acabó el sufrimiento. Se acabó el dolor. Para todos.
Casos de personas completamente paralizadas, que ni siquiera pueden disfrutar de un amanecer. Que ya no tienen la bendición de poder probar un bocado, de tomarse una bebida. Que no pueden comunicarse. Que se van apagando de a poco, como una ampolleta conectada a una batería que se acaba. Y quienes los quieren, incapaces de continuar con sus vidas, encadenadas a ese sufrimiento, al cuidado de quien ya no puede vivir.
Y así sucesivamente. Los casos de los bebés que nacerán muertos; los de aquéllos que vivirán con malformaciones aberrantes, que no serán capaces de alimentarse ni cuidarse, que no podrán trabajar, que no podrán leer un libro, que no podrán jugar ni al menos tener la chance de disfrutar de algo de felicidad. Casos que se repiten en todo el mundo, que gritan a los cuatro vientos: "Ey! ¡Hay un problema! ¿No te das cuenta?".
Pero no. O sea, nos damos cuenta. Pero preferimos ignorarlo. Hasta que le pasa a uno.
Entramos entonces en la discusión dogmática. No, la vida te la da Dios, sólo Dios te la quita. Yo no creo en Dios, si me quiero matar, es problema mío. Un bebé es un regalo de Dios, es un ser sagrado, un ser humano. La guata es mía, el dolor es mío. Si no quiero tener la guagua, es mi decisión. Tu cuerpo es un receptáculo. Soy dueña de mi cuerpo y lo que hay dentro. Y así sucesivamente, con otros matices, claro está. Los argumentos varían, pero se centran en lo mismo:
- "No estamos autorizados para poner fin a la vida";
- "Estamos autorizados para poner fin a la vida de un feto";
- "Estamos autorizados para poner fin a cualquier vida, bajo ciertas circunstancias".  
Debate de ciegos, claramente. Los pragmáticos son los menos en esta sociedad. Y son acusados de relativistas, hedonistas, paganos. Pero, curiosamente, he notado que quienes aparecen como los más liberales, son a la vez los más relativistas de todos: el que defiende a ultranza el derecho de reunión, pisoteando todos los demás derechos existentes y justificándose en la jurisprudencia emanada de la Corte Interamericana de Derechos Humanos; pero que, a la hora de autorizar una marcha de neonazis o una marcha en contra del aborto, son capaces de prenderle fuego a las hordas marchantes. Los que alegan que en Chile no se respeta el derecho a la libre expresión, lo defienden, llegan a la CIDH y a la ONU reclamando su ejercicio, pero declaran que la vida de un feto no vale más que el derecho de elegir de la madre, o niegan el mismo derecho de expresión a neonazis, homosexuales, católicos talibanes y/o derechistas a ultranza. Los que reclaman contra los abusos policiales, pero están dispuestos a romperle la crisma a un paco, o quemarlo vivo, si tuviesen la oportunidad.
Hay una contradicción esencial en estos sujetos. Los que defienden la educación y critican el lucro, pero pretenden estudiar precisamente para tener una profesión que les permita ganar más plata. Los que critican el libre mercado y defienden su derecho a educarse libremente, sólo para convertirse en una herramienta más en ese mismo libre mercado al que con tantas ansias pretenden incorporarse. Toda clase de contradicciones, de una y otra índole, de "forma" y de "fondo", si quiere llamarse, que hacen de estos grupos unos sujetos despreciables.
Consecuencia. Consecuencia. Si no crees en el Estado, no hagas marchas exigiéndole al mismo Estado que respete tus derechos. No tienes derechos si no hay Estado. ¿Qué haces pidiéndole a Dios que te dé algo, si no crees en Dios? Si interpretas los derechos humanos de la forma en que te conviene, usas la doctrina sólo cuando beneficia tu punto de vista, y acudes a las cortes internacionales sólo para defender tu propio interés, pues reniega entonces de los derechos humanos y di simplemente que eso es lo que quieres, y punto. Me importa una raja tu derecho a circular, o tu derecho de propiedad, o tu derecho a la vida. Me importa una raja el gobierno, la ley, el "estado de derecho". Voy a hacer lo que quiera y punto, moriré en mi propia ley. Qué tengo que andar pidiendo autorizaciones para marchas; qué tengo que andar haciendo marchas, por la cresta. Si no lo tengo, lo exijo a manos armadas, y qué tanto.
Ya no hay gente tan consecuente en Chile. Los que había, se murieron. Así que he decidido ser cínico y práctico. Acepto el Estado porque no hay otra. Acepto la ley, porque no hay otra opción. Me rijo por un orden, y exijo que ese orden se respete. No me baso en dogmas para decidir qué se puede o no se puede hacer. ¿Los homosexuales quieren casarse? Que se casen, qué me importa. No es más que un contrato. ¿Los enfermos terminales quieren que les den una inyección para irse de una vez por todas? Definiré las circunstancias, estableceré los controles, y deberé permitirlo. No tengo por qué negarle ese derecho a ninguna persona, si es su propia decisión. ¿Quieres matar a la guagua que llevas en el estómago, porque no la quieres? Bueno, si lo haces y no te veo, es cosa tuya. Pero no voy a permitir que vayan asesinando guaguas sólo porque no las quieren; no puedes devolver un par de zapatillas si no te gustan, y vas a poder matar a la guagua que llevas dentro porque no la querías. Mala suerte, cargarás con ella 9 meses, la darás a luz y luego te haré fácil la vida para que la des en adopción. Y me preocuparé de enseñarte que las guaguas nacen cuando uno tiene sexo, y que para tener sexo hay que protegerse. Repartiré condones y educaré a las familias pobres, para que no llenen la mediagua con 9 cabros chicos que después se convertirán en cogoteros o que estarán tan abandonados que se entretendrán tirándole piedras a los autos que transitan por las carreteras. Tomaré medidas para solucionar los problemas, no me estancaré en discusiones huevonas, dogmáticas, sobre qué es lo que Dios quiere que haga.
¿Es tan difícil? ¿Es eso ser relativista? ¿Inmoral? Puede ser. Pero la sociedad funcionaría. ¿Podemos aspirar a algo como esto? No, al menos dentro de los próximos 20 años. Se necesita educación. Educación, educación, educación. Y, lamentablemente, eso es lo que menos tenemos.

martes, 22 de marzo de 2011

Vox Populi

No puedo decir que no creo en la democracia. No puedo decirlo, porque sería idiota de mi parte, no siendo más que un simple ciudadano que apenas tiene derecho a votar de vez en cuando. Claro, usualmente las opciones que se me presentan no son personas que merezcan una gran admiración, o un apoyo irrestricto, o siquiera una cierta simpatía. Pero no podría decir que no creo en la democracia, o que no me gusta, porque de otra forma, estaría aniquilando la única forma que tengo de expresar algo en esta Nación. Sería un huevón de otro nivel diciendo que no quiero tener democracia en el país, por la sencilla razón de que, aunque no me guste, soy parte del "pueblo". No soy de la clase gobernante. En consecuencia, sin democracia, no tengo nada qué decir, sólo qué acatar.

Pero claro, eso no quiere decir que no pueda ser crítico de esta idea huevona de la democracia. Porque está bien, puedo reconocer y ser plenamente consciente de que, sin democracia, valgo mucho menos de lo que valgo hoy. Al menos hoy valgo un voto. Por ejemplo, soy ultrafanático de Queen, creo que es la mejor banda de la historia de la humanidad. Pero no por eso voy a obviar que escribieron unas cuantas canciones bien penquitas, o que sacaron un par de discos bien mediocres. No soy un extremista, me considero un huevón práctico. A veces, no siempre. Pero bueno, no quiero ensuciar esto con autorreferencias. Siendo práctico, entiendo que no puedo sino apoyar la idea de una democracia, pero en el ejercicio de esta democracia, puedo perfectamente decir, por favor, no nos escuchen. Señor Presidente, hágase el huevón, haga como que no existimos. Haga como que este monstruo informe de dieciséis millones de cabezas que se llama Pueblo, no existe. Haga como que no nos oye. Sé que en el fondo sí; sé que en el fondo tiene a un montón de asesores leyendo los twitters, posts de facebook, noticias, opiniones de la gente en los diarios online, cartas al director, columnas de opinión, etc, etc. Sé que, al fin del día, sabe en qué anda la "opinión pública", aunque la opinión pública piense puras huevadas parcializadas o prejuiciadas. Lo sé porque, como buen miembro de la clase gobernante, conocedor del sistema democrático, entiende que es ese monstruo informe el que lo elije como gobernante y, en consecuencia, nos conoce tal como un luchador conoce a su enemigo. Porque al monstruo hay que reducirlo, en cada contienda, en cada elección. El monstruo es gigante, una bestia salvaje, que al primer manotazo puede derribar montañas, que abre la boca y se puede tragar el mar. Pero el monstruo es imbécil. Sí, el monstruo es imbécil. Sus dieciséis millones de cabezas son tan volubles como ignorantes. Hay varias cabezas que tratan de imponerse, pero hay otras muchas cuantas que no quieren escuchar, que le hacen caso a la de al lado porque les tinca. El monstruo quiere comer, no importa cómo. El monstruo quiere energía, no importa cómo. El monstruo quiere viajar, no importa cómo. El monstruo quiere vestirse, no importa cómo. El monstruo quiere tener salud, no importa cómo. El monstruo quiere tener casa y abrigo, no importa cómo.

Pero sí importa.

Y sí, alguien puede cambiar la metáfora, o al menos aclararla, diciendo que los gobernantes son las cabezas del monstruo que comandan su accionar. Pero dejemos la metáfora de lado. El Pueblo no es un monstruo, en sí. Pero, tal como los ogros, el Pueblo es una invención de un cuento medieval. ¿Qué es el Pueblo? Nadie lo sabe. Todos somos Pueblo, pero a la vez, nadie. Pueblo son los más pobres; Pueblo es la clase media; Pueblo son todos los chilenos, menos los ricos. No importa, en realidad. Asumiendo que el Pueblo existe, diremos una cosa que es bastante cierta e indudable: el Pueblo, al menos el que habita esta larga y angosta faja de tierra, es huevón. Es imbécil. Quiere comer, quiere beber, quiere cagar, quiere fornicar, pero no quiere preocuparse de cómo. Finalmente se ha resignado a tener que trabajar para solventar sus deseos de comer, beber y fornicar, y así ha podido procurarse algunos placeres anexos que, usualmente, llevan a la satisfacción de los mismos primigenios deseos. Algunos quieren crear. El Pueblo, en definitiva, quiere ser feliz.

Asumiendo entonces la estupidez del Pueblo, hay que entender cómo piensan los gobernantes. El gobernante, evidentemente, se coloca por sobre el Pueblo, lo mira desde arriba. El gobernante busca poder, la facultad de poder llevar a la Nación a aquel lugar donde satisfaga mayormente sus propios intereses y, de pasada, los intereses de sus pares gobernantes, con tal de que éstos no le arrebaten el poder que ha ganado. Ahora, con toda esta invención huevona de la democracia, del vox Populi, vox Dei, de que el poder viene de Dios al Pueblo y del Pueblo a los gobernantes, y todas esas huevadas, han debido cambiar estrategias y ya no pueden llegar y decir, a ver huevones, yo soy el Rey, y soy el Rey porque nací Rey, y Dios me dio el poder a mí y sólo a mí, así que todos los huevones, a trabajar y hacer lo que yo quiera. No, no, no. A alguien se le ocurrió lo del vox Populi, entonces ahora los gobernantes no pueden llegar y dárselas de bacanes porque sí. Se la tienen que ganar. Pero como la mayor parte de los gobernantes (no todos) no son tan huevones, se dan cuenta de que al Pueblo lo tienen que tratar con inteligencia. Que el Pueblo es manipulable. Que no se requiere de grandes descubrimientos, de grandes teorías, para convencer al Pueblo. Que a veces basta con darle un candy, una caluguita, para dejarlo medianamente satisfecho. Que a veces basta con mostrarle una película bien linda todo el rato, una de monitos, con música y todo, y meterle la penquita bien despacito mientras tanto. Cuando se dan cuenta, ya les metieron la penca entera, y nada qué hacer. Owned, como dirían los gringos. Preocupémonos del Pueblo, okey, si al final gobernamos para el país. Pero no escuchemos a estos huevones, no se les ocurra hacerles caso. Veamos cómo estamos en las encuestas, tiremos al candidato más simpático, a la mina más rica, al huevón más confiable. El Pueblo es manipulable, si es huevón. A los más clever, déjenlos tranquilos. Denles becas a los huevones, pero que aporten al país. Tírenle al Pueblo la tele encima, los diarios, las revistas. Está bien que se enteren de cosas, está bien que se eduquen. Si así nos perpetuamos.

Y he ahí una disyuntiva... Porque si el Pueblo fuese más educado, ¿ganan los gobernantes? Si la mayor parte de lo que llamamos Pueblo tuviera un concepto claro y preciso de la realidad, de lo que conviene a la Nación, ¿sería mejor, o peor? ¿No es mejor que el conocimiento sea patrimonio de unos pocos, para que los demás no molesten con dudas huevonas que nos caguen la onda? ¿Que podamos seguir mirando a la gente desde arriba e imponerles lo que queremos? ¿O será mejor que puedan aportar con ideas, y que entiendan que, la mayor parte de las veces, las decisiones de los gobernantes se toman previa consideración de una serie de aspectos de toda índole, ejercicio que requiere conocimiento, experiencia y mucha reflexión, y que muchas veces esas decisiones no son las que, superficialmente, aparecen como las "mejores" para el montón de huevones ignorantes que pululan en el Pueblo y aúllan como coyotes hambrientos? ¿No será mejor que los gobernantes de oposición no puedan usar medidas impopulares que ellos mismos consideran necesarias, para atacar al gobernante de turno y crear en el Pueblo la sensación de que se tienen que cambiar de bando? ¿No sería mejor si los gobernantes no estuviesen atados por lo que es popular o impopular para tomar decisiones de efectos globales?

A ver... Habría que entrar a distinguir. Quizás para los gobernantes, hay ventajas y desventajas en cada postura. Pero un gobernante honesto no debería tener dudas. El gobernante quiere enriquecer al país, y el país no se enriquece si está lleno de ignorantes que no son capaces de una reflexión medianamente profunda. No, nunca el país será como la antigua Atenas, no estará lleno de compadres clever que las cachen todas o si no, las inventen. Más de un chanta tiene que haber, más de alguna persona incapaz de comprender lo indispensable. Más de algún loco, más de algún irreflexivo, más de algún fanático, más de algún insensato. OK. Perfecto. Pero, como gobernante, me gustaría que mi país creciera. Y que mis decisiones no sean juzgadas por lo que dice el people meter o la encuesta mensual de Adimark. Que mis propuestas no sean discutidas o aplicadas por adefesios que la gente elije sólo porque son simpáticos, ricas, o salieron en un reality. Que mis acciones no sean informadas y analizadas por parte de periodistas u opinólogos huevones incapaces de hacer una revisión que tenga cierta consistencia.

OK, perfecto entonces. Hay que mejorar la educación. No con medidas huevonas como la jornada completa, que sirve sólo para darle comida a los cabros más pobres. Esa es una medida de salud, no es una medida de educación. Pensemos. Pensemos. Analicemos, discutamos. Pero esto no puede seguir. Mientras tanto, sigamos engrupiéndonos a estos huevones como siempre, si son tontos, qué se le va a hacer. No es un juicio de opinión, es una realidad. Enfrentemos la realidad y usémosla a nuestro favor, todo sea por el Pueblo. No saben que lo hacemos por ellos mismos, y en generaciones, nunca lo sabrán. Pero gobernantes, pares míos, no nos leamos la suerte entre gitanos. No digan que lo que estoy proponiendo vale callampa, es una huevada, va en contra de los derechos humanos o la huevá que sea, para cagarme y que no me reelijan en cuatro años más. Eso es de maricones. Y puta, lamentablemente, todos lo hacen.

Pero ya, eso parece que también es un hecho. Por mientras, entonces, no hagamos huevadas. ¿Plebiscito para elegir la energía que el país quiere? Por Dios. Hay que ser bien huevón. Esa es decisión de los huevones que saben. El Pueblo quiere comer, beber, fornicar y cagar, y los más bacanes quieren crear. El Pueblo quiere ser feliz. Pero el Pueblo no sabe cómo. Esa es la premisa primordial para todo gobernante. No hueveen entonces. No quiero ese poder de decisión. Sorry, no me lo den. Si dármelo a mí implica dárselo a todos, no gracias. Quizás qué otro monstruo informe terminaríamos creando.

martes, 22 de febrero de 2011

Déjenme NO FUMAR tranquilo

Hace poco vi una columna en La Tercera, de un señor evidentemente adicto al cigarrillo (pucho, como él lo llama), Juan Manuel Vial, titulada "Déjenme Fumar tranquilo". En ella, manifiesta este señor que le "enerva" que el Estado tenga la "patudez" de decirle a las personas "dónde puede fumar".
Bueno, el Estado no le dice a los habitantes de la República dónde deben depositar sus heces, pero usualmente la gente lo hace en un cuarto especial denominado "baño", y especialmente alhajado al efecto. Hay algunos desubicados, sea por mera disidencia social, urgencias insostenibles o simple modorra, que pueden proceder a dicho depósito en lugares no habilitados, por ejemplo plazas, ríos, océanos, pequeños recovecos esquineros de la urbe. En general, lo que estos señores hacen no está prohibido por ley, pero sí constituye lo que usualmente se considera "falta a la buena costumbre" y podría, eventualmente, ser objeto de sanciones pecuniarias o arrestos. Pero sí, a primera imaginada, debe ser chocante ver a un sujeto ligeramente inclinado sobre la vereda de una calle céntrica, con expresión concentrada y sufriente, depositando heces a las tres de la tarde, a vista y paciencia de todo el mundo. Sin ir más lejos, es ya chocante que un señor se manifieste tan conforme con la comida que acaba de ingerir o la cerveza que se acaba de tomar, que eructe en plena mesa del restorán y luego se tire un peo frente al garzón. En ninguna ley se prohíbe. Ningún Estado dice dónde y cuándo se debe hacer. Uno simplemente lo sabe.

Bueno, dice este señor que quiere tener la libertad de fumar donde se le dé la gana. Que el único que debe darle permiso para fumar es la persona autorizada para dar ese permiso, vale decir, en una casa, el dueño de casa; en un pub, el dueño del pub. Al que le gusta, la raja, y al que no, se puede ir a otra parte. Pero bueno, eso es como decirle a la gente, mira, si a mí el dueño me deja hacer caca sobre la barra, entonces voy a hacer, te guste o no. Si no te gusta tomarte un trago sentado al lado de un montón de feca maloliente, te puedes ir a otro lugar donde esta clase de cosas no se permita.

O bueno, no seamos tan exagerados. Después se dice que por exagerado, uno pierde legitimidad. Digamos que en el pub está autorizado que la gente se tire peos. Uno entra al pub y el olor a peo es inconmensurable. Claro, si a mí me gusta tirarme peos, la raja, porque ahí podré tirarme todos los que quiera sin que nadie me huevee; adiós a la hinchazón y a esos incómodos momentos en que alguno se te escapa en un carrete y te tienes que hacer el huevón y echarle la culpa al baño o al huevón del lado. Ahora mismo me he tirado como tres peos, mientras escribo esto. Pero resulta que el olor al peo propio siempre es exquisito, y el olor a peo ajeno es repugnante. Y claro, sobre esa base, no me sorprende que estos huevones que fuman piensen que el olor de su cigarro es exquisito, y no puedan entender cómo a estos otros idiotas que no fuman (pucha que son huevones) no les gusta aspirar ese olorcito divino y seguir oliéndolo ya días después de estar expuesto al humo. No lo pueden entender. Y es extraño, porque la misma gente que fuma después dice que le carga el olor a cigarro. Es algo insólito. Pregúntenle a algún amigo que fuma, sobre todo mina. Ay, es que igual me carga el olor a pucho. Ándate a la mierda, entonces no fumes. Hay que ser bien huevón.

Y claro, alguien dirá, pero no, cómo puedes comparar el olor a peo con el olor a cigarro. No es comparable. Aspirar cigarro es una actividad lícita y que siempre se ha hecho. Y en efecto, no hay comparación. Por una parte, tirarse peos es más antiguo que el hábito de fumar; el hombre se tira peos desde principios de los tiempos; los simios de Odisea del Espacio se tiraban peos mientras inventaban las armas. Uno se tira peos desde chiquitito, mientras que para fumar hay que tener mayoría de edad. Tirarse peos es un proceso natural; en ese sentido, es comparable a un estornudo, al llanto, a una erección. Surge de un proceso químico biológico derivado de la digestión de los alimentos. Más encima, a veces se transforma en acto reflejo, y no se puede controlar (momentos incómodos llegan a mi mente). Fumar, en cambio, es un hábito adquirido, una costumbre, y al final del día, una adicción.

Una adicción. ¡Los mismos fumadores lo dicen! ¡Lo dice este huevón!: las grandes compañías de tabaco agregan toda clase de menjunjes en "nuestros" cigarrillos para aumentar la adicción. ¡Y los siguen comprando! ¡Es que hay que ser muy huevón! Y la nicotina parece que los hace escribir huevadas, porque salir defendiendo al cigarrillo, al viejo y querido "pucho", como si fuera un compadre que vive no sé dónde y que otros huevones se han encargado de echar a perder, es una boludez del porte del Pedro de Valdivia en la Plaza de Armas. Este compadre habla del cigarro como si fuera una institución ajena a quienes lo producen, una entidad que pertenece a los fumadores, una idea, un concepto, una forma de ser y de pensar. Un dios pagano, y estos huevones son los adoradores del culto. El cigarro es como Cristo, y las tabacaleras son las iglesias. No, yo creo en Cristo, no creo en las iglesias. Yo creo en el cigarro, no en quienes los producen y me los venden y me cagan cuando le ponen más nicotina para hacerme adicto y asegurarse de que les siga comprando a pesar de que está comprobado que la huevá me hace mal a mí y a quienes me rodean. ¡Pero es que hay que ser huevón! A mí me gusta fumar, quiero hacerlo donde se me plazca. A mí me gusta tirarme peos, quiero hacerlo donde se me plazca. Pero lo único malo del peo es su olor repulsivo. No se puede decir lo mismo del pucho.

Compadre, disculpa, ¿podís fumar en otra parte? Me molesta caleta. Pero huevón, si no te gusta el cigarro, ándate a otra parte. A ver... No me gusta el cigarro tanto como no me gusta que se tiren peos a mi lado. Y si me quiero tirar un peo en un lugar donde hay más gente, debo asegurarme de que no salga con olor, o tirármelo en el lugar legitimado al efecto (el baño?). Si el baño está hediondo a caca, bueno, es entendible. En el baño la gente caga y sale ese olor. Pero si el living está hediondo a caca, es porque algo anda mal. Entonces, si para tirarse un peo hay que irse al baño, o a la terraza, ¿por qué para fumar uno puede quedarse sentado en la mesa? ¿Quién es el que está mal, el que no quiere recibir esa mierda de humo en la cara, o el que quiere fumar en cualquier parte y mandar a la cresta a los que no lo acepten? ¿A quién se debe proteger? Hmm... Difícil pregunta. A quién se debe proteger, al fumador o a quien no fuma. Creo que tengo que meditarlo.

Fumadores, váyanse a la chucha. Ya harto hacemos aguantando que nos tiren su huevá de humo en la cara en los pubs, en los restoráns, en la calle. Que boten las colillas de cigarro en cualquier parte, como si fueran pedazos de uña que se sacaron mordiéndose los dedos. Que abran la cajetilla y tiren el plástico al suelo, total, se recoge solo. Que dejen las casas, la ropa, las cortinas, todo pasado a humo. Que boten las cenizas en la alfombra, en el suelo, en cualquier parte, como si fueran gotitas de agua que después se evaporan. Llévense su vicio de mierda a un lugar cerrado donde no moleste a nadie. Arriéndense un local para ustedes solos, tengan una fiesta de fumadores y dejen la cagá, hagan lo que quieran. Yo, por mi parte, me arrendaré un local y haré una fiesta para peorros, pero no dejaré que se fume dentro, porque fumar es asqueroso.

Para de Odiar Loca

Y sí, para de odiar. Si tuviera twitter, sería mi slogan preferido. Sería mi post permanente. Paren de odiar. Para la estupidez. Descontinúala, por favor; abandona esa idea infantil e inocentona de que tú eres el que las cacha todas, y los que te mandan, no cachan una. De que todo lo que hacen está mal, de que tú (o aquéllos con los cuales te identificas) lo harían mejor. O no lo harían en lo absoluto. O lo harían, si es que estos ineptos no lo están haciendo. ¿Acaso piensas que a estos estúpidos que te gobiernan, a estos idiotas con magisters y doctorados en el cuerpo, a estos infelices con años y años de circo en empresas, organizaciones, estudios de abogados, bancos, etc etc, a estos mongólicos que han estado encargados de dirigir las más importantes entidades del país, a estos zánganos, a estos tontos, no se les ha ocurrido lo que a ti te se te ocurre apenas lees una noticia? ¿Acaso crees, honestamente, que nunca lo han pensado? ¿Que cuando decidieron avisar que comprarían dólares, no pensaron que con ese solo anuncio, la demanda explotaría y con eso lograrían el mismo objetivo que comprando? ¿Que cuando decidieron eliminar el subsidio al gas, no se les ocurrió que esto traería resistencia? ¿Que cada vez que toman una decisión, técnica, política, administrativa, no se les ha ocurrido pensar en todos sus efectos? ¿Verdaderamente piensas que son tan idiotas?

Pero no, todo está malo. Todo. Y cuando encuentras todo malo, cuando nada sirve y todo es paja, cuando no eres capaz de reconocer ni una proporción nanométrica de acierto, no te vas dando cuenta que de a poco el discurso cansa, agota, pierde legitimidad. Es que ya no dejan cruzar por La Moneda, y antes nos dejaban... Así es la nueva forma de gobernar. Es que no puede ser que le den tanta parafernalia a los mineros. Mi gobierno no lo habría hecho así. Es que cómo se les ocurre usar la Ley de Seguridad del Estado. Eso mi gobierno no lo habría hecho. Bullshit, amigo mío, bullshit. Hoy los mapuches y los pascuenses están más bravos que nunca, los organismos de derechos humanos mandan informe tras informe "recomendando" que el país modifique parte sustantiva de sus leyes penales, que indemnice a los afectados, que garantice el debido proceso y los derechos fundamentales. ¿Quién hizo eso? ¿Este gobierno? ¿El de Pinochet? ¿Quién impulsó las privatizaciones? ¿Quién perpetuó el sistema capitalista? ¿Quién promovió la creación de fuentes energéticas de alto impacto ambiental? Y el punto, señor, señora, usted que reclama tanto, a usted le digo; el punto no es que las medidas sean buenas o malas, no es que estemos o no de acuerdo. El punto es que usted es tan hipócrita que no es capaz de reconocer que, en las patas de quien toma hoy las decisiones, usted haría exactamente lo mismo. Que su gente, que aquellos con los que se identifica, habrían tomado las mismas decisiones. Quizás incluso de peor forma. No es capaz de reconocer que el país es lo que es hoy en día, y que gran parte de los problemas que hoy existen, o usted los creó, o no supo solucionarlos, no se dio cuenta de que existían, o simplemente se hizo el leso y que pasara la vieja. Y así la vieja pasó un montón de veces, y usted no dijo absolutamente nada.