domingo, 1 de enero de 2017

La irrelevancia de ser escritor

El oficio de escritor se encuentra en decadencia.
Basta con echar una mirada alrededor: ya casi nadie lleva un libro en la mano —me incluyo, muchas veces siento flojera de andar acarreando un libro para todos lados y me mareo cuando leo en la micro—, un buen libro casi nunca es tema de conversación en una mesa, nadie habla de literatura, son cada vez más escasos los individuos que deciden satisfacer su necesidad consumista consumiendo un libro. Los rankings de libros más vendidos habitualmente contienen una lista de bodrios insalvables, literatura para las masas, letras para los analfabetos.
No es tan grave, quizás. Lo que acabo de exponer está recargado de prejuicios. Pero es peor.
Son los escritores los culpables. Seres vanidosos, vanos, superfluos, pretenciosos. No hay sufrimiento, no hay enfermedad en escribir, como la había antes, cuando todavía existía dignidad en ser escritor. La carrera se ha convertido, hoy en día, en un ejercicio irrelevante e intrascendente. Los autodenominados "escritores" pululan por la ciudad como abejorros en busca de algo dulce. No han conseguido nada, pero se comportan como si lo tuvieran todo. Encuentran enorme satisfacción al colocar "escritor" en los formularios de su seguro médico. Anuncian que son escritores en sus grupos de amigos y conocidos, sólo para que les palmoteen la espalda y les miren como seres extraños e inefables. 
Lo peor es que no lo son. No somos escritores. Somos gente que escribe, escribe muchas cosas, la mayor parte de ellas total y absolutamente irrelevantes. Da lo mismo leer o no leer un libro hoy, no genera ninguna diferencia en la vida de nadie, hasta en el cine puede encontrarse mayor influencia, pero, ¿en los libros actuales? Nada. Leer puede ser como comer en un restorán caro, donde la verdadera experiencia no es la cena, sino el momento en que se paga la cuenta. 
Escribir se ha hecho prescindible para el mundo. Descartable. Basta con los clásicos. No hay suficiente tiempo como para leer todo lo que sale al mercado. Éste, por si fuera poco, se ha democratizado, lo cual es lo mismo que decir se ha "popularizado": hecho público, accesible por quien tenga las ganas y el tiempo de ponerse a escribir. Escribir se ha hecho imposible.
Pero no para mí. Y por eso escribo esto: porque es para mí y para nadie más. No me importa si alguien lo comparte, no me importa si alguien lo desdeña. Quien escribe esto no soy yo, es ese que surge cuando tengo un teclado frente a mí y una página electrónica en blanco. El que surgía cuando tenía un lápiz y un cuaderno y que soy demasiado flojo como para rescatar de su eterna infancia, de su lugar en mis recuerdos. Porque escribir es un ejercicio eminentemente solitario, y no confío en esos que escriben en cafés, que se exponen como simios de laboratorio. No, no. Eso no es para mí.
Y aun así me odio a mí mismo por no hacerlo. 
Ser escritor es ser una contradicción. Es querer soledad y fama, privacidad y reconocimiento. No logro entender a esos escritores que son anónimos, que se esconden bajo un seudónimo, pero creo en ellos. Quizás debería comenzar a hacer lo mismo.