martes, 22 de febrero de 2011

Los Versos de Simón (Tomado de "Los Versos de Simón")

Y sí, Simón es un tanto extraño. Creo que en algún momento fue un romántico empedernido, cuando pensaba que se enamoraba de cada mina que conocía. Probablemente estuvo enamorado de todas ellas, aunque ninguna finalmente fue suya. Sólo una tuvo la suerte y la desdicha de transformarse en el objeto de sus eternos cariños, y el cariño no fue eterno, no, no. Duró bien poco, en realidad. Así que Simón se volvió cínico y no creyó más en el amor. O al menos eso es lo que entiendo.
Simón se para en la esquina de Bustamante con Pedro Bannen y recita poesías todo el día. Uno se acerca a él y parece que estuviera hablando solo, musitando algo que apenas se oye. Pero si uno se acerca, puede darse cuenta de que lo que sale de su boca es poesía... no sé si propia, o ajena, no sé si previamente escrita o engendrada de la nada. Me senté el otro día a su lado y Simón, totalmente ajeno a mi presencia, siguió hablando, mientras zurcía un chaleco que seguramente se había encontrado en la basura. Así que me puse a tomar nota:

Quiero salir de noche
solo,
salir como una calle vacía
que se llena de luz.
La sonajera indolente de estas calles
estremece el silencio como las penumbras
en este rincón.
No sabrás que te quiero hasta que te lo diga,
ni sabrás que te amo sin una lucha.
Hablaré de ti como de una tormenta
o un terremoto.
No serás ni disparo ni escarmiento.
Gritaré sin temor a que me escuchen,
golpeteando en el muro de mis lamentos.
Allá vienes, camión de sonrisas
secas todas, como jardín de espinas.
Me cubrirá el cerebro aquella brisa
que sale de tu pecho, matutina
para hablarme de amores, de ilusiones,
para helarme el alma.
Para helarme el alma.


Uf, dije, para mí, cuando al fin se quedó callado. Pero ni siquiera se inmutó. Siguió cociendo su chaleco como si nada. Le tiré una moneda en el tarro y me alejé. Seguramente lo veré mañana, cuando vaya al supermercado. Estará musitando algo nuevamente, con la mirada perdida en alguna tarea doméstica. Creo que es su alma la que habla. No sé si hace sentido. No sé si debe tenerlo. 

Déjenme NO FUMAR tranquilo

Hace poco vi una columna en La Tercera, de un señor evidentemente adicto al cigarrillo (pucho, como él lo llama), Juan Manuel Vial, titulada "Déjenme Fumar tranquilo". En ella, manifiesta este señor que le "enerva" que el Estado tenga la "patudez" de decirle a las personas "dónde puede fumar".
Bueno, el Estado no le dice a los habitantes de la República dónde deben depositar sus heces, pero usualmente la gente lo hace en un cuarto especial denominado "baño", y especialmente alhajado al efecto. Hay algunos desubicados, sea por mera disidencia social, urgencias insostenibles o simple modorra, que pueden proceder a dicho depósito en lugares no habilitados, por ejemplo plazas, ríos, océanos, pequeños recovecos esquineros de la urbe. En general, lo que estos señores hacen no está prohibido por ley, pero sí constituye lo que usualmente se considera "falta a la buena costumbre" y podría, eventualmente, ser objeto de sanciones pecuniarias o arrestos. Pero sí, a primera imaginada, debe ser chocante ver a un sujeto ligeramente inclinado sobre la vereda de una calle céntrica, con expresión concentrada y sufriente, depositando heces a las tres de la tarde, a vista y paciencia de todo el mundo. Sin ir más lejos, es ya chocante que un señor se manifieste tan conforme con la comida que acaba de ingerir o la cerveza que se acaba de tomar, que eructe en plena mesa del restorán y luego se tire un peo frente al garzón. En ninguna ley se prohíbe. Ningún Estado dice dónde y cuándo se debe hacer. Uno simplemente lo sabe.

Bueno, dice este señor que quiere tener la libertad de fumar donde se le dé la gana. Que el único que debe darle permiso para fumar es la persona autorizada para dar ese permiso, vale decir, en una casa, el dueño de casa; en un pub, el dueño del pub. Al que le gusta, la raja, y al que no, se puede ir a otra parte. Pero bueno, eso es como decirle a la gente, mira, si a mí el dueño me deja hacer caca sobre la barra, entonces voy a hacer, te guste o no. Si no te gusta tomarte un trago sentado al lado de un montón de feca maloliente, te puedes ir a otro lugar donde esta clase de cosas no se permita.

O bueno, no seamos tan exagerados. Después se dice que por exagerado, uno pierde legitimidad. Digamos que en el pub está autorizado que la gente se tire peos. Uno entra al pub y el olor a peo es inconmensurable. Claro, si a mí me gusta tirarme peos, la raja, porque ahí podré tirarme todos los que quiera sin que nadie me huevee; adiós a la hinchazón y a esos incómodos momentos en que alguno se te escapa en un carrete y te tienes que hacer el huevón y echarle la culpa al baño o al huevón del lado. Ahora mismo me he tirado como tres peos, mientras escribo esto. Pero resulta que el olor al peo propio siempre es exquisito, y el olor a peo ajeno es repugnante. Y claro, sobre esa base, no me sorprende que estos huevones que fuman piensen que el olor de su cigarro es exquisito, y no puedan entender cómo a estos otros idiotas que no fuman (pucha que son huevones) no les gusta aspirar ese olorcito divino y seguir oliéndolo ya días después de estar expuesto al humo. No lo pueden entender. Y es extraño, porque la misma gente que fuma después dice que le carga el olor a cigarro. Es algo insólito. Pregúntenle a algún amigo que fuma, sobre todo mina. Ay, es que igual me carga el olor a pucho. Ándate a la mierda, entonces no fumes. Hay que ser bien huevón.

Y claro, alguien dirá, pero no, cómo puedes comparar el olor a peo con el olor a cigarro. No es comparable. Aspirar cigarro es una actividad lícita y que siempre se ha hecho. Y en efecto, no hay comparación. Por una parte, tirarse peos es más antiguo que el hábito de fumar; el hombre se tira peos desde principios de los tiempos; los simios de Odisea del Espacio se tiraban peos mientras inventaban las armas. Uno se tira peos desde chiquitito, mientras que para fumar hay que tener mayoría de edad. Tirarse peos es un proceso natural; en ese sentido, es comparable a un estornudo, al llanto, a una erección. Surge de un proceso químico biológico derivado de la digestión de los alimentos. Más encima, a veces se transforma en acto reflejo, y no se puede controlar (momentos incómodos llegan a mi mente). Fumar, en cambio, es un hábito adquirido, una costumbre, y al final del día, una adicción.

Una adicción. ¡Los mismos fumadores lo dicen! ¡Lo dice este huevón!: las grandes compañías de tabaco agregan toda clase de menjunjes en "nuestros" cigarrillos para aumentar la adicción. ¡Y los siguen comprando! ¡Es que hay que ser muy huevón! Y la nicotina parece que los hace escribir huevadas, porque salir defendiendo al cigarrillo, al viejo y querido "pucho", como si fuera un compadre que vive no sé dónde y que otros huevones se han encargado de echar a perder, es una boludez del porte del Pedro de Valdivia en la Plaza de Armas. Este compadre habla del cigarro como si fuera una institución ajena a quienes lo producen, una entidad que pertenece a los fumadores, una idea, un concepto, una forma de ser y de pensar. Un dios pagano, y estos huevones son los adoradores del culto. El cigarro es como Cristo, y las tabacaleras son las iglesias. No, yo creo en Cristo, no creo en las iglesias. Yo creo en el cigarro, no en quienes los producen y me los venden y me cagan cuando le ponen más nicotina para hacerme adicto y asegurarse de que les siga comprando a pesar de que está comprobado que la huevá me hace mal a mí y a quienes me rodean. ¡Pero es que hay que ser huevón! A mí me gusta fumar, quiero hacerlo donde se me plazca. A mí me gusta tirarme peos, quiero hacerlo donde se me plazca. Pero lo único malo del peo es su olor repulsivo. No se puede decir lo mismo del pucho.

Compadre, disculpa, ¿podís fumar en otra parte? Me molesta caleta. Pero huevón, si no te gusta el cigarro, ándate a otra parte. A ver... No me gusta el cigarro tanto como no me gusta que se tiren peos a mi lado. Y si me quiero tirar un peo en un lugar donde hay más gente, debo asegurarme de que no salga con olor, o tirármelo en el lugar legitimado al efecto (el baño?). Si el baño está hediondo a caca, bueno, es entendible. En el baño la gente caga y sale ese olor. Pero si el living está hediondo a caca, es porque algo anda mal. Entonces, si para tirarse un peo hay que irse al baño, o a la terraza, ¿por qué para fumar uno puede quedarse sentado en la mesa? ¿Quién es el que está mal, el que no quiere recibir esa mierda de humo en la cara, o el que quiere fumar en cualquier parte y mandar a la cresta a los que no lo acepten? ¿A quién se debe proteger? Hmm... Difícil pregunta. A quién se debe proteger, al fumador o a quien no fuma. Creo que tengo que meditarlo.

Fumadores, váyanse a la chucha. Ya harto hacemos aguantando que nos tiren su huevá de humo en la cara en los pubs, en los restoráns, en la calle. Que boten las colillas de cigarro en cualquier parte, como si fueran pedazos de uña que se sacaron mordiéndose los dedos. Que abran la cajetilla y tiren el plástico al suelo, total, se recoge solo. Que dejen las casas, la ropa, las cortinas, todo pasado a humo. Que boten las cenizas en la alfombra, en el suelo, en cualquier parte, como si fueran gotitas de agua que después se evaporan. Llévense su vicio de mierda a un lugar cerrado donde no moleste a nadie. Arriéndense un local para ustedes solos, tengan una fiesta de fumadores y dejen la cagá, hagan lo que quieran. Yo, por mi parte, me arrendaré un local y haré una fiesta para peorros, pero no dejaré que se fume dentro, porque fumar es asqueroso.

Para de Odiar Loca

Y sí, para de odiar. Si tuviera twitter, sería mi slogan preferido. Sería mi post permanente. Paren de odiar. Para la estupidez. Descontinúala, por favor; abandona esa idea infantil e inocentona de que tú eres el que las cacha todas, y los que te mandan, no cachan una. De que todo lo que hacen está mal, de que tú (o aquéllos con los cuales te identificas) lo harían mejor. O no lo harían en lo absoluto. O lo harían, si es que estos ineptos no lo están haciendo. ¿Acaso piensas que a estos estúpidos que te gobiernan, a estos idiotas con magisters y doctorados en el cuerpo, a estos infelices con años y años de circo en empresas, organizaciones, estudios de abogados, bancos, etc etc, a estos mongólicos que han estado encargados de dirigir las más importantes entidades del país, a estos zánganos, a estos tontos, no se les ha ocurrido lo que a ti te se te ocurre apenas lees una noticia? ¿Acaso crees, honestamente, que nunca lo han pensado? ¿Que cuando decidieron avisar que comprarían dólares, no pensaron que con ese solo anuncio, la demanda explotaría y con eso lograrían el mismo objetivo que comprando? ¿Que cuando decidieron eliminar el subsidio al gas, no se les ocurrió que esto traería resistencia? ¿Que cada vez que toman una decisión, técnica, política, administrativa, no se les ha ocurrido pensar en todos sus efectos? ¿Verdaderamente piensas que son tan idiotas?

Pero no, todo está malo. Todo. Y cuando encuentras todo malo, cuando nada sirve y todo es paja, cuando no eres capaz de reconocer ni una proporción nanométrica de acierto, no te vas dando cuenta que de a poco el discurso cansa, agota, pierde legitimidad. Es que ya no dejan cruzar por La Moneda, y antes nos dejaban... Así es la nueva forma de gobernar. Es que no puede ser que le den tanta parafernalia a los mineros. Mi gobierno no lo habría hecho así. Es que cómo se les ocurre usar la Ley de Seguridad del Estado. Eso mi gobierno no lo habría hecho. Bullshit, amigo mío, bullshit. Hoy los mapuches y los pascuenses están más bravos que nunca, los organismos de derechos humanos mandan informe tras informe "recomendando" que el país modifique parte sustantiva de sus leyes penales, que indemnice a los afectados, que garantice el debido proceso y los derechos fundamentales. ¿Quién hizo eso? ¿Este gobierno? ¿El de Pinochet? ¿Quién impulsó las privatizaciones? ¿Quién perpetuó el sistema capitalista? ¿Quién promovió la creación de fuentes energéticas de alto impacto ambiental? Y el punto, señor, señora, usted que reclama tanto, a usted le digo; el punto no es que las medidas sean buenas o malas, no es que estemos o no de acuerdo. El punto es que usted es tan hipócrita que no es capaz de reconocer que, en las patas de quien toma hoy las decisiones, usted haría exactamente lo mismo. Que su gente, que aquellos con los que se identifica, habrían tomado las mismas decisiones. Quizás incluso de peor forma. No es capaz de reconocer que el país es lo que es hoy en día, y que gran parte de los problemas que hoy existen, o usted los creó, o no supo solucionarlos, no se dio cuenta de que existían, o simplemente se hizo el leso y que pasara la vieja. Y así la vieja pasó un montón de veces, y usted no dijo absolutamente nada.

Roto: ¿Cosa de Actitud o Forma de Vida?

ES MAÑANA EN LA MONEDA, no sé de qué día y tampoco es importante. Marcelo Bielsa recorre los históricos salones junto a sus jugadores, en fila india. No está cómodo. No está contento. No está entusiasmado por conocer y saludar a las máximas autoridades del país. Todos se preguntan por qué, especulan, hablan casi en silencio. Todos andan detrás de ese elusivo por qué, cuando en realidad, las razones no son importantes. Es simplemente el hecho. Bielsa está molesto. Se le nota en el rostro. En vez de saludar a una autoridad, pasa de largo. Y en vez de aferrar con orgullo la mano del máximo mandatario –como todos esperarían- hace un pequeño gesto de cabeza y sería todo. “Es un desaire”, dicen todos. Y de nuevo empiezan a imaginar motivos. Es que lo odia. Es que lo aborrece. Es que es de derecha. Es que es yeta, mufa. Yo mismo caí en el ejercicio, que no por eso deja de ser un tanto patético. No por eso deja de responder a la razón por la cual este gesto, tan común en otras situaciones, en ésta parece ser una especie de declaración de guerra y de principios. En este caso, la actitud de Bielsa es la actitud del guerrillero, del terrorista, del compañero, del anarquista, del marginado, del punk, del extremista, dependiendo de quién lo vea. O la actitud de un roto, como se lo catalogó en varios lugares. Ese parece ser el adjetivo más utilizado. Y eso convierte a Bielsa, en consecuencia, en uno de los nuestros. Y es que sí, la rotería no deja indiferente a nadie, menos si se ejercita frente a millones de personas. Porque entonces esas personas se sienten legitimadas, naturalmente, para emitir juicios al respecto. Si alguien te invita a tu casa, ¿cómo le vas a quitar el saludo? Qué roto. Qué quieres que te diga. Eso no se hace. Y es que claro, pareciera, por lo tajante de la sentencia, que las reglas de la cortesía y la buena educación se encuentran contempladas en un código, tal como las normas civiles o criminales. Tiene sentido; son reglas de convivencia, son un producto de la civilización y tienen un valor social intrínseco, igual que cualquier otra norma. Que no tengan un castigo determinado en caso de incumplimiento responde sólo al hecho de que no se ha considerado que estas reglas sean imprescindibles para la convivencia. Se puede vivir con gente rota; la única sanción es, claro, el ostracismo que genera ser un roto. Algunas roterías, de todos modos, están penadas; mear en la calle, andar en pelota, andar borracho, hacer “desórdenes” en la vía pública, ponerse a tirar en una plaza. Son atentados contra “la moral y las buenas costumbres”. Vale decir, quien comete estos actos, es al mismo tiempo un roto y un criminal. Tiene del año que le pidan. Pero no hace falta ser muy estudioso y observador para darse cuenta que estas famosas reglas de convivencia cuya infracción acarrea el calificativo de “roto” son totalmente dinámicas, subjetivas; dependen de las circunstancias, de la cultura, de los valores de una comunidad en una determinada época. Y claro, antes estaba de moda sacarse el sombrero cuando pasaba una dama, saludar a todos los que se te cruzaban por la alameda (no el “hola” cagón que existe hoy, ni menos ese gesto apenas distinguible que uno hace con las cejas, un saludo verdadero; buenas tardes, don Rubén, buenos días, señora Teresa); tratar de usted a los papás, a la gente mayor; ser condescendiente, considerado, formal, incluso en discusiones violentas. La época donde la gente se mataba a balazos, pero en un ritual absolutamente acordado como caballeros. Y claro, hoy se esperaría que fuera lo mismo… Las viejas esperan que uno las respete cuando te pisan en el metro, o te empujan, o te llaman la atención por alguna “mala costumbre”. ¿Usted no saluda, acaso, joven? ¿Usted no tiene modales? La respuesta habría sido, señora, mis más sinceras disculpas, verdaderamente no la vi detenida a mis espaldas; venía concentrado en mi lectura; venía ensimismado en mis pensamientos, etc. Pero hoy no. Hoy somos rotos. Y qué me vení a enseñar modales voh, vieja conchetumadre. Esa es la respuesta. Y es la que naturalmente sale de nuestro interior, la más lógica, la más sencilla. Ándate a la mierda, vieja culiá, métete en tus cosas. Es verdaderamente la respuesta que inmediatamente uno quiere decir. Mandarla a la mierda. Como a uno le parezca. Con garabatos o sin garabatos. Pero mandarla a la mierda. Y es que somos rotos porque nos sentimos atacados. Somos rotos, porque la gente no nos respeta. Y antes de decir que iba a renunciar si Harold no era reelegido, Bielsa se explayó y explicó a los medios –que no lo entendieron- que era un roto; sólo que él no se dio cuenta. Porque ser roto no tiene nada que ver con ser descortés, desubicado o maleducado. Ser roto es un modo de defensa. Porque lo que hoy uno pide es respeto. Respeto a mi intimidad, respeto a mi forma de hacer las cosas, a mi forma de pensar, a mi forma de ser. Respeto a lo que pienso, a lo que quiero, a lo que decido hacer y no hacer. Respeto, claro, a mis decisiones. Respeto a la poca libertad que tengo. Porque yo decido a quién saludo, yo decido dónde voy, yo decido a quién le hablo, yo decido si acepto o no una invitación, si contesto o no el teléfono, si quiero o no quiero hablar. Y en mi decisión no pensaré en ser desubicado, o descortés, o maleducado. Usualmente no lo seré. Simplemente decidiré lo que yo piense es correcto. Y si a alguien no le gusta, si alguien se siente perturbado, si alguien piensa que soy un roto, pues sí, internamente diré, soy un roto. Soy un roto porque yo he decidido no saludarte al entrar al ascensor, porque no te conozco, no sé quién eres, y tampoco me importa saber quién eres, y el hecho de que estés en el mismo ascensor al que yo me he subido no te convierte en especial, y el hecho de que me hayas dirigido la palabra no significa que yo DEBO responderte. Hay gente que te devolverá el saludo, claro. Habrá otros que incluso te busquen conversación. Pero YO NO. No seré yo. Quizás en alguna oportunidad, si me pillas de buen ánimo, sí. Pero será mi decisión. Y si quieres retrucarme mi forma de ser, si quieres cuestionar mi decisión, afronta las consecuencias. Si no quieres darme la opción de decidir, afronta las consecuencias. A Bielsa le hicieron una invitación que no pudo rechazar. Y en consecuencia, se comportó como todo un roto. Orgulloso de su propia decisión, y celoso de su libertad. El roto no acepta que le impongan lo que debe hacer. El roto hace las cosas porque le parece bien hacerlas. Porque le nace. Si se lo imponen, ay. Puede pasar cualquier cosa. Y eso es parte importante de lo que es ser roto en estos tiempos modernos.

Introducción

Desde hace un tiempo supe que mi problema es que no escribo nunca, pero cuando escribo, escribo mucho. Demasiado. Caleta. Un montón. Harto. Y siempre hago eso; repito palabras, busco sinónimos, digo cosas una y otra vez con el único objeto de recalcar una idea, de hacerla más potente a punta de repetición. Es una forma de expresión. Es un estilo, ¿cachai? Es mi onda. La onda del weón literato, la onda del compadre que escribe porque le gusta, porque en realidad, mientras escribe el weón piensa y al final es como si estuviera hablando consigo mismo o con otra persona, idealmente una mina, sentados en un café, una tarima, una mesa de un restaurant, un auto o la weá que sea, y ella te mira con cara de puta el weón inteligente, a este weón de más que me lo culeo, si tiene cualquier onda. No es muy lindo, pero tiene un gancho extra. No sé tampoco si lo tendrá muy largo, no creo, usualmente estos weones son tan como tímidos, inseguros y exquisitamente interesantes no vienen muy bien equipados; de ahí parte de su inseguridad. Demasiada paja y película porno, demasiada serie, “Los Años Maravillosos”, "Beverly Hills 90210", la mierda que sea, con weones lindos y pichulones que se agarran a todas las minas ricas a punta de pura onda. Bueno, mi onda es la onda de un weón loser, es verdad; la onda del weón que busca justificaciones para verse más bacán, a pesar de que nunca lo ha sido. El weón que tiene ideas medio cuáticas, que tiene una visión distinta de la vida, que ha sufrido, que le han partido el corazón, que le han dado patadas en los cocos millonadas de veces y que lo han abofeteado, real e imaginariamente, otras cuantas. Pero no es una más que fachada, algo inventado, premeditado, porque finalmente uno es la misma weá que un montón de otros compadres que andan más o menos en la misma. Entonces le dirá a esta mina, cachái que yo no soy como cualquier otro weón sensible y multitalentoso, no, no, no, soy mucho más que eso. Porque tú cachái que a los weones que son talentosos, medio artistas, hippies, pirujas, como lo llames; esos weones disfrutan con una buena escultura, se cagan con una buena foto, se mean con una canción pulenta y tienen orgasmos con un buen poema. Pero de lo demás, ni hablar poh, no seái desubicado. ¿Fútbol? Ándate a la mierda. Si quiero hacer deporte, voy a hacer gimnasia artística, expresión corporal, algo con onda, con estilo, ¿cachai? Me voy a comprar una cleta urbana de segunda o tercera mano, la pinto verde, le pongo un foco y salgo a weviar a todos lados en ella. Si soy un ondero con lucas me podré solventar un casco con estilo de esos que venden en las tiendas chic, unas weás forradas con sombreros a cuadros que tienen toda la onda que necesitas para andar por la calle con tu cleta estilosa. Pero ni cagando me voy a ir a meter a un complejo deportivo o la weá que sea, ponerme shorts y una polera XL y empezar a correr detrás de una pelota como los weones. Y ni hablar de ver esa weá por la televisión. Ni siquiera tengo tele. Esa weá es pa’ tontos. Quizás, podría admitir que me dejé llevar por la onda del running, que actualmente la está llevando con cuática, y que me introduzco en un buzo Adidas, me coloco mi I Pod amarrado al brazo y salgo a dar vueltas por la calle como la gente linda o la gente gorda (no hay intermedios). Yo soy, evidentemente, parte de la gente linda; de los que sale para mantenerse bella, no de los que salen para tratar de dejar de parecer morsas. Pero tampoco troto muy rápido porque eso ya es como ir a jugar a la pelota. Hay algo en la competencia deportiva que encuentro de muy poco gusto. Es como las competencias de gallitos que promueven los camioneros. No hay nada de menor gusto que eso.

Pero bueno, ya nuevamente me fui por las ramas. La weá es que soy un weón sensible, pero a la vez deportista. Y no sé por qué siempre las conversaciones terminan centrándose en mí, incluso las que tengo conmigo mismo. Ahora se me ocurre que un weón con onda lo que hace, en realidad, es buscar un deporte alternativo, digamos, el trekking, o el montañismo. Algo que le permita ponerse en contacto con la naturaleza, conocer las maravillas del mundo, empaparse de esa belleza sobrenatural que existe en todo aquello que está mediana o totalmente inexplorado. Ahora, un weón con onda, y con muchas lucas, se dedica al polo, al tenis, o mejor aún, a navegar veleros por todo el mundo. Y si resulta que el loco ama la vida por sobre todas las cosas, tanto que está dispuesto a arriesgarla por un momento de adrenalina, y tiene pero toda, toda la onda del mundo, ese weón (bacán) está destinado a practicar surf, paracaidismo, alas delta, snowboard, en fin, cualquier weá que tenga como apellido una “x”.

Pero no era mi intención hablar de los deportes ni de nada de esto, ya me puse a divagar de nuevo. Divago tanto que a veces pierdo el punto de lo que quería decir. Y por eso la gente pierde la atención rápidamente y nada me resulta. No quiero hablar de mí mismo, ni quiero hablar de los deportes, ni quiero hacer estas críticas de Revista del Sábado donde se describe al macho alfa, al macho beta, a los adolescentes del siglo XXI, a la generación msn o cualquier otro grupo que se inventen los sociólogos, sicólogos o quien se interese en pensar y escribir sobre esas cosas. No soy tanarrogante como para pensar que puedo clasificar y desclasificar a los seres humanos en ciertas categorías precisas y absolutas, y achacarles características objetivas, evidentes e ineludibles. No quiero analizar a todas las especies de seres humanos que pueblan la Tierra. Esto es sólo un ejercicio. Esto es sólo un intento de sacar de mi cabeza tantas cosas que de repente se me ocurren y que nadie sabe que pienso, no porque yo no quiera hablar de eso, o me dé miedo, o vergüenza, sino simplemente porque no tengo el foro como para poder decirlas. Cuando habla de esta forma suena inmediatamente arrogante y sí, quizás lo sea. Quizás confunda la seguridad con la arrogancia, o quizás siempre haya un poco de ésta en la primera. No me importa mucho. Estará ahí para quien quiera mirarlo. Y trataré de ser –aunque difícilmente lo consiga- lo más breve y conciso posible.