Hace poco vi una columna en La Tercera, de un señor evidentemente adicto al cigarrillo (pucho, como él lo llama), Juan Manuel Vial, titulada "Déjenme Fumar tranquilo". En ella, manifiesta este señor que le "enerva" que el Estado tenga la "patudez" de decirle a las personas "dónde puede fumar".

Bueno, el Estado no le dice a los habitantes de la República dónde deben depositar sus heces, pero usualmente la gente lo hace en un cuarto especial denominado "baño", y especialmente alhajado al efecto. Hay algunos desubicados, sea por mera disidencia social, urgencias insostenibles o simple modorra, que pueden proceder a dicho depósito en lugares no habilitados, por ejemplo plazas, ríos, océanos, pequeños recovecos esquineros de la urbe. En general, lo que estos señores hacen no está prohibido por ley, pero sí constituye lo que usualmente se considera "falta a la buena costumbre" y podría, eventualmente, ser objeto de sanciones pecuniarias o arrestos. Pero sí, a primera imaginada, debe ser chocante ver a un sujeto ligeramente inclinado sobre la vereda de una calle céntrica, con expresión concentrada y sufriente, depositando heces a las tres de la tarde, a vista y paciencia de todo el mundo. Sin ir más lejos, es ya chocante que un señor se manifieste tan conforme con la comida que acaba de ingerir o la cerveza que se acaba de tomar, que eructe en plena mesa del restorán y luego se tire un peo frente al garzón. En ninguna ley se prohíbe. Ningún Estado dice dónde y cuándo se debe hacer. Uno simplemente lo sabe.
Bueno, dice este señor que quiere tener la libertad de fumar donde se le dé la gana. Que el único que debe darle permiso para fumar es la persona autorizada para dar ese permiso, vale decir, en una casa, el dueño de casa; en un pub, el dueño del pub. Al que le gusta, la raja, y al que no, se puede ir a otra parte. Pero bueno, eso es como decirle a la gente, mira, si a mí el dueño me deja hacer caca sobre la barra, entonces voy a hacer, te guste o no. Si no te gusta tomarte un trago sentado al lado de un montón de feca maloliente, te puedes ir a otro lugar donde esta clase de cosas no se permita.
O bueno, no seamos tan exagerados. Después se dice que por exagerado, uno pierde legitimidad. Digamos que en el pub está autorizado que la gente se tire peos. Uno entra al pub y el olor a peo es inconmensurable. Claro, si a mí me gusta tirarme peos, la raja, porque ahí podré tirarme todos los que quiera sin que nadie me huevee; adiós a la hinchazón y a esos incómodos momentos en que alguno se te escapa en un carrete y te tienes que hacer el huevón y echarle la culpa al baño o al huevón del lado. Ahora mismo me he tirado como tres peos, mientras escribo esto. Pero resulta que el olor al peo propio siempre es exquisito, y el olor a peo ajeno es repugnante. Y claro, sobre esa base, no me sorprende que estos huevones que fuman piensen que el olor de su cigarro es exquisito, y no puedan entender cómo a estos otros idiotas que no fuman (pucha que son huevones) no les gusta aspirar ese olorcito divino y seguir oliéndolo ya días después de estar expuesto al humo. No lo pueden entender. Y es extraño, porque la misma gente que fuma después dice que le carga el olor a cigarro. Es algo insólito. Pregúntenle a algún amigo que fuma, sobre todo mina. Ay, es que igual me carga el olor a pucho. Ándate a la mierda, entonces no fumes. Hay que ser bien huevón.
Y claro, alguien dirá, pero no, cómo puedes comparar el olor a peo con el olor a cigarro. No es comparable. Aspirar cigarro es una actividad lícita y que siempre se ha hecho. Y en efecto, no hay comparación. Por una parte, tirarse peos es más antiguo que el hábito de fumar; el hombre se tira peos desde principios de los tiempos; los simios de Odisea del Espacio se tiraban peos mientras inventaban las armas. Uno se tira peos desde chiquitito, mientras que para fumar hay que tener mayoría de edad. Tirarse peos es un proceso natural; en ese sentido, es comparable a un estornudo, al llanto, a una erección. Surge de un proceso químico biológico derivado de la digestión de los alimentos. Más encima, a veces se transforma en acto reflejo, y no se puede controlar (momentos incómodos llegan a mi mente). Fumar, en cambio, es un hábito adquirido, una costumbre, y al final del día, una adicción.
Una adicción. ¡Los mismos fumadores lo dicen! ¡Lo dice este huevón!: las grandes compañías de tabaco agregan toda clase de menjunjes en "nuestros" cigarrillos para aumentar la adicción. ¡Y los siguen comprando! ¡Es que hay que ser muy huevón! Y la nicotina parece que los hace escribir huevadas, porque salir defendiendo al cigarrillo, al viejo y querido "pucho", como si fuera un compadre que vive no sé dónde y que otros huevones se han encargado de echar a perder, es una boludez del porte del Pedro de Valdivia en la Plaza de Armas. Este compadre habla del cigarro como si fuera una institución ajena a quienes lo producen, una entidad que pertenece a los fumadores, una idea, un concepto, una forma de ser y de pensar. Un dios pagano, y estos huevones son los adoradores del culto. El cigarro es como Cristo, y las tabacaleras son las iglesias. No, yo creo en Cristo, no creo en las iglesias. Yo creo en el cigarro, no en quienes los producen y me los venden y me cagan cuando le ponen más nicotina para hacerme adicto y asegurarse de que les siga comprando a pesar de que está comprobado que la huevá me hace mal a mí y a quienes me rodean. ¡Pero es que hay que ser huevón! A mí me gusta fumar, quiero hacerlo donde se me plazca. A mí me gusta tirarme peos, quiero hacerlo donde se me plazca. Pero lo único malo del peo es su olor repulsivo. No se puede decir lo mismo del pucho.
Compadre, disculpa, ¿podís fumar en otra parte? Me molesta caleta. Pero huevón, si no te gusta el cigarro, ándate a otra parte. A ver... No me gusta el cigarro tanto como no me gusta que se tiren peos a mi lado. Y si me quiero tirar un peo en un lugar donde hay más gente, debo asegurarme de que no salga con olor, o tirármelo en el lugar legitimado al efecto (el baño?). Si el baño está hediondo a caca, bueno, es entendible. En el baño la gente caga y sale ese olor. Pero si el living está hediondo a caca, es porque algo anda mal. Entonces, si para tirarse un peo hay que irse al baño, o a la terraza, ¿por qué para fumar uno puede quedarse sentado en la mesa? ¿Quién es el que está mal, el que no quiere recibir esa mierda de humo en la cara, o el que quiere fumar en cualquier parte y mandar a la cresta a los que no lo acepten? ¿A quién se debe proteger? Hmm... Difícil pregunta. A quién se debe proteger, al fumador o a quien no fuma. Creo que tengo que meditarlo.
Fumadores, váyanse a la chucha. Ya harto hacemos aguantando que nos tiren su huevá de humo en la cara en los pubs, en los restoráns, en la calle. Que boten las colillas de cigarro en cualquier parte, como si fueran pedazos de uña que se sacaron mordiéndose los dedos. Que abran la cajetilla y tiren el plástico al suelo, total, se recoge solo. Que dejen las casas, la ropa, las cortinas, todo pasado a humo. Que boten las cenizas en la alfombra, en el suelo, en cualquier parte, como si fueran gotitas de agua que después se evaporan. Llévense su vicio de mierda a un lugar cerrado donde no moleste a nadie. Arriéndense un local para ustedes solos, tengan una fiesta de fumadores y dejen la cagá, hagan lo que quieran. Yo, por mi parte, me arrendaré un local y haré una fiesta para peorros, pero no dejaré que se fume dentro, porque fumar es asqueroso.