martes, 22 de febrero de 2011

Roto: ¿Cosa de Actitud o Forma de Vida?

ES MAÑANA EN LA MONEDA, no sé de qué día y tampoco es importante. Marcelo Bielsa recorre los históricos salones junto a sus jugadores, en fila india. No está cómodo. No está contento. No está entusiasmado por conocer y saludar a las máximas autoridades del país. Todos se preguntan por qué, especulan, hablan casi en silencio. Todos andan detrás de ese elusivo por qué, cuando en realidad, las razones no son importantes. Es simplemente el hecho. Bielsa está molesto. Se le nota en el rostro. En vez de saludar a una autoridad, pasa de largo. Y en vez de aferrar con orgullo la mano del máximo mandatario –como todos esperarían- hace un pequeño gesto de cabeza y sería todo. “Es un desaire”, dicen todos. Y de nuevo empiezan a imaginar motivos. Es que lo odia. Es que lo aborrece. Es que es de derecha. Es que es yeta, mufa. Yo mismo caí en el ejercicio, que no por eso deja de ser un tanto patético. No por eso deja de responder a la razón por la cual este gesto, tan común en otras situaciones, en ésta parece ser una especie de declaración de guerra y de principios. En este caso, la actitud de Bielsa es la actitud del guerrillero, del terrorista, del compañero, del anarquista, del marginado, del punk, del extremista, dependiendo de quién lo vea. O la actitud de un roto, como se lo catalogó en varios lugares. Ese parece ser el adjetivo más utilizado. Y eso convierte a Bielsa, en consecuencia, en uno de los nuestros. Y es que sí, la rotería no deja indiferente a nadie, menos si se ejercita frente a millones de personas. Porque entonces esas personas se sienten legitimadas, naturalmente, para emitir juicios al respecto. Si alguien te invita a tu casa, ¿cómo le vas a quitar el saludo? Qué roto. Qué quieres que te diga. Eso no se hace. Y es que claro, pareciera, por lo tajante de la sentencia, que las reglas de la cortesía y la buena educación se encuentran contempladas en un código, tal como las normas civiles o criminales. Tiene sentido; son reglas de convivencia, son un producto de la civilización y tienen un valor social intrínseco, igual que cualquier otra norma. Que no tengan un castigo determinado en caso de incumplimiento responde sólo al hecho de que no se ha considerado que estas reglas sean imprescindibles para la convivencia. Se puede vivir con gente rota; la única sanción es, claro, el ostracismo que genera ser un roto. Algunas roterías, de todos modos, están penadas; mear en la calle, andar en pelota, andar borracho, hacer “desórdenes” en la vía pública, ponerse a tirar en una plaza. Son atentados contra “la moral y las buenas costumbres”. Vale decir, quien comete estos actos, es al mismo tiempo un roto y un criminal. Tiene del año que le pidan. Pero no hace falta ser muy estudioso y observador para darse cuenta que estas famosas reglas de convivencia cuya infracción acarrea el calificativo de “roto” son totalmente dinámicas, subjetivas; dependen de las circunstancias, de la cultura, de los valores de una comunidad en una determinada época. Y claro, antes estaba de moda sacarse el sombrero cuando pasaba una dama, saludar a todos los que se te cruzaban por la alameda (no el “hola” cagón que existe hoy, ni menos ese gesto apenas distinguible que uno hace con las cejas, un saludo verdadero; buenas tardes, don Rubén, buenos días, señora Teresa); tratar de usted a los papás, a la gente mayor; ser condescendiente, considerado, formal, incluso en discusiones violentas. La época donde la gente se mataba a balazos, pero en un ritual absolutamente acordado como caballeros. Y claro, hoy se esperaría que fuera lo mismo… Las viejas esperan que uno las respete cuando te pisan en el metro, o te empujan, o te llaman la atención por alguna “mala costumbre”. ¿Usted no saluda, acaso, joven? ¿Usted no tiene modales? La respuesta habría sido, señora, mis más sinceras disculpas, verdaderamente no la vi detenida a mis espaldas; venía concentrado en mi lectura; venía ensimismado en mis pensamientos, etc. Pero hoy no. Hoy somos rotos. Y qué me vení a enseñar modales voh, vieja conchetumadre. Esa es la respuesta. Y es la que naturalmente sale de nuestro interior, la más lógica, la más sencilla. Ándate a la mierda, vieja culiá, métete en tus cosas. Es verdaderamente la respuesta que inmediatamente uno quiere decir. Mandarla a la mierda. Como a uno le parezca. Con garabatos o sin garabatos. Pero mandarla a la mierda. Y es que somos rotos porque nos sentimos atacados. Somos rotos, porque la gente no nos respeta. Y antes de decir que iba a renunciar si Harold no era reelegido, Bielsa se explayó y explicó a los medios –que no lo entendieron- que era un roto; sólo que él no se dio cuenta. Porque ser roto no tiene nada que ver con ser descortés, desubicado o maleducado. Ser roto es un modo de defensa. Porque lo que hoy uno pide es respeto. Respeto a mi intimidad, respeto a mi forma de hacer las cosas, a mi forma de pensar, a mi forma de ser. Respeto a lo que pienso, a lo que quiero, a lo que decido hacer y no hacer. Respeto, claro, a mis decisiones. Respeto a la poca libertad que tengo. Porque yo decido a quién saludo, yo decido dónde voy, yo decido a quién le hablo, yo decido si acepto o no una invitación, si contesto o no el teléfono, si quiero o no quiero hablar. Y en mi decisión no pensaré en ser desubicado, o descortés, o maleducado. Usualmente no lo seré. Simplemente decidiré lo que yo piense es correcto. Y si a alguien no le gusta, si alguien se siente perturbado, si alguien piensa que soy un roto, pues sí, internamente diré, soy un roto. Soy un roto porque yo he decidido no saludarte al entrar al ascensor, porque no te conozco, no sé quién eres, y tampoco me importa saber quién eres, y el hecho de que estés en el mismo ascensor al que yo me he subido no te convierte en especial, y el hecho de que me hayas dirigido la palabra no significa que yo DEBO responderte. Hay gente que te devolverá el saludo, claro. Habrá otros que incluso te busquen conversación. Pero YO NO. No seré yo. Quizás en alguna oportunidad, si me pillas de buen ánimo, sí. Pero será mi decisión. Y si quieres retrucarme mi forma de ser, si quieres cuestionar mi decisión, afronta las consecuencias. Si no quieres darme la opción de decidir, afronta las consecuencias. A Bielsa le hicieron una invitación que no pudo rechazar. Y en consecuencia, se comportó como todo un roto. Orgulloso de su propia decisión, y celoso de su libertad. El roto no acepta que le impongan lo que debe hacer. El roto hace las cosas porque le parece bien hacerlas. Porque le nace. Si se lo imponen, ay. Puede pasar cualquier cosa. Y eso es parte importante de lo que es ser roto en estos tiempos modernos.

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