viernes, 30 de marzo de 2012

Seres Mitológicos

Twitter es fuente inacabable de evidencia de que los chilenos, más que otros países, forjan sus opiniones sobre la base de asunciones incomprobables -más bien, "tincadas". Que oyen a uno de los sujetos llamados a "crear opinión" -los mal llamados "periodistas", los opinólogos sociales, los conductores de matinales- y generan un auto convencimiento de nociones y conceptos que, en realidad, no tienen ningún sustento en la realidad.

De esta forma, cuando cuatro dementes decidieron descargar su descontrolada e incomprensible ira en contra de un pobre muchacho -que resultó ser, además, homosexual-, provocándole, consecuentemente, la muerte, todos comenzaron a repetir que era culpa del país, que era culpa de todos, que todos somos responsables. Culpa de una nación que no respeta la diversidad, a las minorías, a los homosexuales. Culpa del judío de Hinzpeter, dijeron varios, en un ejercicio que resultó, a lo menos, llamativo. Empezaron a pronunciar su nombre, "Zamudio, Zamudio", con esa sutil locura que aparece tan bien retratada en "Fight Club", cuando los dudosamente cuerdos participantes del club comienzan a decir "His name is Robert Paulsen", enfrentados a la primera muerte de un miembro de eso que ya era una especie de congregación.

Y así surge este rumor -descontrolado, por lo demás- de que hay una especie de tabla sagrada que habría evitado que todo esto sucediera; que tiene el poder mágico de convertir a las criaturas y concebir en ellos la semilla del respeto, la aceptación y la fraternidad. Ese libelo expiatorio ha sido denominado "LEY ANTIDISCRIMINACIÓN". Sí, como lo leen. Una ley que prevendrá cualquier signo de intolerancia en el país, que tendrá el poder sagrado de transformar las costumbres más arraigadas del pueblo de un sopetón. Una ley que, de haber estado vigente, habría impedido que esos cuatro salvajes le rompieran las piernas y le lanzaran una y otra vez una roca en la cabeza al pobre Zamudio, hasta provocarle lesiones irrecuperables.

Pero, contra toda lógica, esta ley, aún un proyecto en discusión, NO HA SIDO APROBADA. No estaba vigente. ¿Y a que no adivinan por culpa de quién? Por supuesto, por culpa de esos ladrones de la Patria que se  alojan en la sección diestra del ámbito político. Los enemigos del Pueblo. Los perpetuadores de la Tiranía. Los Inquisidores. Ellos, que son anti-gay, obviamente no aprobarán un proyecto que les otorgue alguna clase de derecho, aunque sea el derecho a ser respetados.

Y claro, la ciudadanía se espanta. Pero cómo puede ser que estos infelices no hayan aprobado una ley que, de haber estado vigente, habría prevenido el trágico desenlace del pobre Daniel. Queremos ley antidiscriminación AHORA, repiten, emulando al muchacho que dejó el alma en un Mc Donalds exigiendo su cuarto de libra con queso. Es más, le llamaremos "Ley Zamudio", para que todos lo recuerden, porque ahora que murió, tiene derecho a ser conocido por su verdadero nombre, tal como Robert Paulsen, ese sujeto antes anónimo, discriminado y deprimido a causa de sus tetas gigantes. La derecha es la culpable. La UDI es la culpable. Los nombres de los senadores que rechazaron el artículo 2 del proyecto circulan por las redes sociales como un manifiesto de excomulgación. "Wanted", se puede leer abajo de las fotos de cada uno. Oye, pero, ¿qué es el artículo 2? ¡Es el artículo que habla de los gays!, responden. ¿Y qué hace el proyecto? ¡Prohíbe la discriminación, obvio! Ah...

Son tan pocos, incluso de aquéllos que son los llamados a liderar la opinión, los que se toman el tiempo de investigar, buscar el boletín de la ley (3815) y leerla, que provoca un estremecimiento. Cómo unos cuantos pueden generar una estampida de las masas, sin siquiera esforzarse demasiado. Cómo pueden crear una visión tan parcializada y manipulada de la realidad y ser exitosos en su intento, con tanta facilidad. No hablo de atacar a la UDI -aunque claramente era una motivación importante-, sino de crear un ser mitológico sobre la base de una simple idea, sumado a un sentimiento de indignación.

Un proyecto de ley que, a lo más, crea un recurso judicial para poder reclamar de discriminación arbitraria al buscar trabajo, o al perderlo, y que se viene a sumar al amparo laboral, al recurso de protección, a la inaplicabilidad, a las acciones de la ley del consumidor, que ya existen para el mismo efecto. Que, en materia penal, establece una agravante: cometer delitos por motivaciones discriminatorias -motivación, que, por lo demás, será prácticamente imposible de probar, salvo en casos en que sea absolutamente manifiesta. Que abre la brecha para no poder discriminar por apariencia física, lo cual podría derivar en el absurdo de no poder elegir una pareja sobre esa base. Que deniega la posibilidad de discriminar en ámbitos donde la discriminación es común y legítima, pero que lo permite en todos los ámbitos donde sí puede tener un impacto social relevante (incluyendo cuando se aloja en la libertad de expresión). Que, en ningún caso, ni en el más remoto de ellos, habría impedido que estos cuatro desalmados le dieran la golpiza de su vida al pobre Zamudio porque, según ellos, "les dio jugo".

Hay una expresión inglesa para los que hablan sin saber: consiste en apuntarse el trasero y señalar: "You're talking from here". Hoy todos tienen una opinión, y exigen que se les respete -sin conceder el mismo tratamiento a sus contrapartes, claramente. Opiniones que nacen de tincadas, de rumores, de conversaciones ajenas. ¿Estupidez? Ojalá no. ¿Mala educación? Probablemente. Pero está claro que no hace falta tener un doctorado en Harvard para tener una opinión válida e informada... Si es que ambas cosas pueden considerarse por separado.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Burros y Periodistas

Me molestan los periodistas. Es lo único que diré. Porque su trabajo consiste en informar, pero de un tiempo a esta parte se ha transformado en opinar. 
Todo el mundo tiene derecho a tener una opinión. Todo el mundo tiene derecho a expresarla. Los periodistas tienen derecho a tener una "línea editorial". Pero, para opinar, hay que saber. Hay que ponderar. Hay que hacerse cargo de la realidad. No saco nada con decir, "cómo puede ser que dejen libres a los de La Polar, este país no tiene remedio". Habrá que informar a la gente que la prisión preventiva es una medida cautelar personal que sólo procede en circunstancias puntuales, y cuya aplicación o no aplicación no implica un prejuzgamiento por parte del tribunal. No saco nada con decir "y estos delincuentes que irrumpen en las barras, ¿qué hace la autoridad que no los castiga? ¡Incompetentes!". Habrá que explicar que la ley de violencia en los estadios requiere de la introducción de evidencia en juicio que muchas veces no puede obtenerse, dado que simplemente no existe: se toma detenida a una persona por desórdenes, y la única evidencia en contra del sujeto es el testimonio del carabinero. Habrá que señalar que lo mismo ocurre en las protestas; por eso todas las detenciones de manifestantes son declaradas ilegales, pues no hay evidencia de qué estaban haciendo esos sujetos cuando los tomaron detenidos. Y habrá que opinar, quizás, que Carabineros debiese utilizar sistemas de grabación, para evitar que eso pase, y que le saquen la cresta a cabros que efectivamente sólo circulaban o participaban pacíficamente.
¿Qué pasó con el periodista de "Informe Especial" o el de "Contacto"? ¿Ese que investigaba sobre un tema y recopilaba información hasta ser capaz de mostrar una realidad en toda su dimensión, dejando que otros opinaran? ¿Ese que no se creía los cuentos que todo el mundo inventa para manipular la opinión pública, y mostraba los hechos tal como eran? ¿El que no se quedaba en la pancarta?
Parece que hubiera desaparecido, desalojado por esos "periodistas" que juran que se las saben todas, que juran que pueden hacer el trabajo de cualquiera, que son capaces de opinar de cualquier cosa en un noticiero, en un programa de radio, en un matinal, en un "late show" de televisión. Y no tiene nada de malo opinar. No tiene nada de malo equivocarse. Pero cuando se equivoca frente a millones de personas, que a la vez salen a la calle y la plaza de Facebook y Twitter a contar la misma estupidez que el otro comentó, tenemos un problema. Como el que informó que un sujeto que "casi mató a otro" sería formalizado por "cuasidelito de homicidio". Como el que dijo que cierto fulano "renunció", cuando en realidad "no va a repostular". 
Nadie se da cuenta, en todo caso. Ganan pantalla por irreverentes, por divertidos. No por inteligentes. Aunque todos los burros piensen que lo son.

Consecuencia


No soy totalmente contrario ni al aborto ni a la eutanasia. Sólo pido consecuencia.
Así habría partido una serie de twits que probablemente no llevarán a nada, porque nadie los lee y a nadie le importa. A nadie le importa porque cada uno está demasiado preocupado de validar su propia opinión antes que detenerse a pensar en la de los demás. No está mal, yo también lo hago la mayor parte de las veces. Sólo constato la realidad.
Soy cercano a la eutanasia. Casos de enfermedades terminales donde los pacientes pasan meses en plena agonía, sin posibilidad de realizar ninguna actividad que haga más digna o perdurable su vida. Meses de dolor, sufrimiento, llanto. Meses de espera a que llegue la muerte, para quien muere, y para quienes no logran retomar sus vidas porque están esperando que todo ocurra. Cuando la muerte llega, se siente como el tipo con la tremenda tripa que espera a que llegue el repartidor de la pizza. Por fin, llegó. Se acabó el sufrimiento. Se acabó el dolor. Para todos.
Casos de personas completamente paralizadas, que ni siquiera pueden disfrutar de un amanecer. Que ya no tienen la bendición de poder probar un bocado, de tomarse una bebida. Que no pueden comunicarse. Que se van apagando de a poco, como una ampolleta conectada a una batería que se acaba. Y quienes los quieren, incapaces de continuar con sus vidas, encadenadas a ese sufrimiento, al cuidado de quien ya no puede vivir.
Y así sucesivamente. Los casos de los bebés que nacerán muertos; los de aquéllos que vivirán con malformaciones aberrantes, que no serán capaces de alimentarse ni cuidarse, que no podrán trabajar, que no podrán leer un libro, que no podrán jugar ni al menos tener la chance de disfrutar de algo de felicidad. Casos que se repiten en todo el mundo, que gritan a los cuatro vientos: "Ey! ¡Hay un problema! ¿No te das cuenta?".
Pero no. O sea, nos damos cuenta. Pero preferimos ignorarlo. Hasta que le pasa a uno.
Entramos entonces en la discusión dogmática. No, la vida te la da Dios, sólo Dios te la quita. Yo no creo en Dios, si me quiero matar, es problema mío. Un bebé es un regalo de Dios, es un ser sagrado, un ser humano. La guata es mía, el dolor es mío. Si no quiero tener la guagua, es mi decisión. Tu cuerpo es un receptáculo. Soy dueña de mi cuerpo y lo que hay dentro. Y así sucesivamente, con otros matices, claro está. Los argumentos varían, pero se centran en lo mismo:
- "No estamos autorizados para poner fin a la vida";
- "Estamos autorizados para poner fin a la vida de un feto";
- "Estamos autorizados para poner fin a cualquier vida, bajo ciertas circunstancias".  
Debate de ciegos, claramente. Los pragmáticos son los menos en esta sociedad. Y son acusados de relativistas, hedonistas, paganos. Pero, curiosamente, he notado que quienes aparecen como los más liberales, son a la vez los más relativistas de todos: el que defiende a ultranza el derecho de reunión, pisoteando todos los demás derechos existentes y justificándose en la jurisprudencia emanada de la Corte Interamericana de Derechos Humanos; pero que, a la hora de autorizar una marcha de neonazis o una marcha en contra del aborto, son capaces de prenderle fuego a las hordas marchantes. Los que alegan que en Chile no se respeta el derecho a la libre expresión, lo defienden, llegan a la CIDH y a la ONU reclamando su ejercicio, pero declaran que la vida de un feto no vale más que el derecho de elegir de la madre, o niegan el mismo derecho de expresión a neonazis, homosexuales, católicos talibanes y/o derechistas a ultranza. Los que reclaman contra los abusos policiales, pero están dispuestos a romperle la crisma a un paco, o quemarlo vivo, si tuviesen la oportunidad.
Hay una contradicción esencial en estos sujetos. Los que defienden la educación y critican el lucro, pero pretenden estudiar precisamente para tener una profesión que les permita ganar más plata. Los que critican el libre mercado y defienden su derecho a educarse libremente, sólo para convertirse en una herramienta más en ese mismo libre mercado al que con tantas ansias pretenden incorporarse. Toda clase de contradicciones, de una y otra índole, de "forma" y de "fondo", si quiere llamarse, que hacen de estos grupos unos sujetos despreciables.
Consecuencia. Consecuencia. Si no crees en el Estado, no hagas marchas exigiéndole al mismo Estado que respete tus derechos. No tienes derechos si no hay Estado. ¿Qué haces pidiéndole a Dios que te dé algo, si no crees en Dios? Si interpretas los derechos humanos de la forma en que te conviene, usas la doctrina sólo cuando beneficia tu punto de vista, y acudes a las cortes internacionales sólo para defender tu propio interés, pues reniega entonces de los derechos humanos y di simplemente que eso es lo que quieres, y punto. Me importa una raja tu derecho a circular, o tu derecho de propiedad, o tu derecho a la vida. Me importa una raja el gobierno, la ley, el "estado de derecho". Voy a hacer lo que quiera y punto, moriré en mi propia ley. Qué tengo que andar pidiendo autorizaciones para marchas; qué tengo que andar haciendo marchas, por la cresta. Si no lo tengo, lo exijo a manos armadas, y qué tanto.
Ya no hay gente tan consecuente en Chile. Los que había, se murieron. Así que he decidido ser cínico y práctico. Acepto el Estado porque no hay otra. Acepto la ley, porque no hay otra opción. Me rijo por un orden, y exijo que ese orden se respete. No me baso en dogmas para decidir qué se puede o no se puede hacer. ¿Los homosexuales quieren casarse? Que se casen, qué me importa. No es más que un contrato. ¿Los enfermos terminales quieren que les den una inyección para irse de una vez por todas? Definiré las circunstancias, estableceré los controles, y deberé permitirlo. No tengo por qué negarle ese derecho a ninguna persona, si es su propia decisión. ¿Quieres matar a la guagua que llevas en el estómago, porque no la quieres? Bueno, si lo haces y no te veo, es cosa tuya. Pero no voy a permitir que vayan asesinando guaguas sólo porque no las quieren; no puedes devolver un par de zapatillas si no te gustan, y vas a poder matar a la guagua que llevas dentro porque no la querías. Mala suerte, cargarás con ella 9 meses, la darás a luz y luego te haré fácil la vida para que la des en adopción. Y me preocuparé de enseñarte que las guaguas nacen cuando uno tiene sexo, y que para tener sexo hay que protegerse. Repartiré condones y educaré a las familias pobres, para que no llenen la mediagua con 9 cabros chicos que después se convertirán en cogoteros o que estarán tan abandonados que se entretendrán tirándole piedras a los autos que transitan por las carreteras. Tomaré medidas para solucionar los problemas, no me estancaré en discusiones huevonas, dogmáticas, sobre qué es lo que Dios quiere que haga.
¿Es tan difícil? ¿Es eso ser relativista? ¿Inmoral? Puede ser. Pero la sociedad funcionaría. ¿Podemos aspirar a algo como esto? No, al menos dentro de los próximos 20 años. Se necesita educación. Educación, educación, educación. Y, lamentablemente, eso es lo que menos tenemos.