miércoles, 18 de abril de 2012

La Liberación de la Patria



            Se hizo visera con la mano para tapar el sol poniente que le daba justo en los ojos, y pudo ver al encargado de la fotocopiadora parado en la puerta, mirando a uno y otro lado y luego el reloj en su muñeca, en un gesto que revelaba, claramente, su intención de cerrar el boliche por el día. La urgencia golpeó su estómago como un puñetazo. Quiso echarse a correr, pero tuvo que detenerse de sopetón en la esquina, para evitar que una Citroneta lo arrollara. El conductor tocó la bocina y le hizo un gesto obsceno por la ventanilla, pero, inmerso en la música que sonaba en los audífonos, apenas notó esto último. No le importó; se quedó mirando la luz roja del semáforo y los demás automóviles que transitaban por la avenida, con cierta idiota ansiedad. Se afirmó el bolso contra la espalda y se preparó para correr. A lo lejos, un temerario obrero estaba colgado de la techumbre de un edificio, instalando un letrero sobre esa nueva película del exorcismo, de la que todos hablaban. Y un poco más allá, el encargado de la fotocopiadora encendía un cigarro y se lo llevaba a la boca, observando la calle sin mayor interés.
Mierda, este semáforo no cambia nunca, pensó, moviendo las piernas, cual corredor preparándose para la partida. Mientras miraba la luz del semáforo, una nube tapó el sol, y de pronto el color cobrizo de la tarde se transformó en grisáceo, como la ceniza. Una brisa helada le acometió por la espalda. Una tarde gris, pensó, extrañado. Se quedó absorto en el cielo y en esas nubes que de pronto lo cubrían todo, y apenas pudo esquivar a la señora regordeta que se abalanzaba sobre él con una enorme bolsa a cuestas. Notó que la luz había cambiado y empezó a cruzar, pero de un costado apareció un hombre con un carrito lleno de cachivaches, corriendo enajenado, y hubo de hacerse a un lado como pudo para no chocar con él. Una tapa de olla se escapó del transporte y se quedó girando en el suelo como un trompo, abandonada, sin que el tipo siquiera se diera vuelta a mirarla.
Cruzó la calle y empezó a trotar. El encargado de la fotocopiadora ya no estaba en la calle, pero la puerta seguía abierta. No notó hasta unos cuantos metros más adelante, absorto en la visión de esa puerta y el letrero de “abierto”, que de pronto se había quedado solo. Ninguna persona caminaba por la vereda. Se detuvo secamente y miró hacia la calle; por la Alameda nada circulaba, sólo un tipo en bicicleta que cruzó rápidamente la calle y se perdió en unos pasajes del otro lado de la acera. La voz de Roger Daltrey en sus oídos le daba a la escena un tono sicodélico. Dio vuelta la cabeza hacia la derecha, y la visión del sujeto que corría hacia él lo hizo retroceder espantado. El sujeto pasó por su lado sin mirarlo, abriendo la boca como un hipopótamo, en un chillido que apenas pudo oír, amortiguado por la música. Y a sólo una cuadra, el encargado de la fotocopiadora trataba de alcanzar la cortina con gesto desesperado, todavía con el cigarro en la boca. Echó a correr, procurando cruzar por las barricadas antes de que se encendieran, pero un enorme neumático apareció de la nada, haciéndolo tropezar, y antes de que pudiese recuperar el paso, alguien lo empujó hacia un lado, empapó el neumático con parafina y, como en un acto de magia, le prendió fuego con un manotazo, dejándolo recorrer la calle como una antorcha rodante. Y desde un costado aparecieron los manifestantes, encapuchados algunos, otros a rostro descubierto; botellas en la mano, bolsos repletos de piedras, que sacaban y lanzaban como jabalinas, y pancartas crucificadas en estacas de trupán con leyendas en rojo y negro, “Fuera el Tirano”, “Adiós Carnaval”, “A la Mierda el Mundo”, con letras que golpeaban como fuego. Gritaban consignas como si fueran maleficios, avanzando con la mirada fija al frente, sin importar las piedras que volaban sobre ellos ni el fuego que los rodeaba. Se quitó los audífonos, se los puso sobre el cuello, y entonces el ronquido impreciso de las maquinarias, los gritos desaforados, el rugir de las piedras y hasta el lento arder del fuego le provocaron un estremecimiento. No soportó y se los colocó de vuelta. Trató de colarse por entre un grupo de mujeres, escapar; llegar a la tienda, fotocopiar el libro e irse a estudiar, tenía prueba en dos días, si le iba mal, se echaba el ramo, sería catastrófico, ya el profesor Peña le había dicho que no le quedaba saldo en la cuenta de ahorros, que era ahora o nunca, que debía darlo o perderlo todo; pero lo empujaron y detuvieron, lo hicieron darse vuelta y caminar con ellos, aunque él se resistía, tengo que llegar a la fotocopiadora, les dijo, es una cosa de vida o muerte; pero las mujeres no le hablaron, sólo gritaban, mirando al frente con ojos transparentes, como partícipes de un ritual vudú; una lo miró con bondad, no te enojes, te entiendo, pero no podemos dejarte pasar, esto es más importante que una fotocopia. ¿Estás loca?, le dijo, ¿cómo algo puede ser más importante que eso?, y nuevamente trató de librarse de ellas, pero era como un pez nadando contra la corriente, debatiéndose entre los brazos de la muchedumbre como ráfaga de viento entre las ramas de un sauce; todo era inútil, lo voltearon a fuerza de manos y gritos, hasta que apareció el primer carro, a toda velocidad, y todos salieron corriendo, algunos despavoridos, otros embravecidos, como esperando ese momento. Los insultos y las piedras tomaron su rumbo por sobre sus cabezas y tuvo que hacerse a un lado, agachado, protegiéndose con el bolso, y aunque enfiló nuevamente hacia la fotocopiadora, no pudo seguir avanzando, estaba metido en medio de esa balacera silenciosa, si al menos lo dejaran ir a sacar unas fotocopias, sólo eso, nada más, podría irse tranquilo a estudiar. Alguien que fumaba un pito lo tomó de un brazo y lo llevó hacia la orilla, y se escondieron detrás de un quiosco, aquí te van a mojar leso, te van a echar a perder la radio, mejor córrete. Es que tengo que sacar unas fotocopias, dijo, pero siempre le respondían lo mismo, te entendemos, loco, pero así no se puede, no vale la pena, no tiene sentido. Lo sujetaron fuerte de los brazos, ven, por acá, tenemos que correr, pero no quería correr. Tienes que correr, le dijo una niña, y supuso que ella lo entendería, pero sólo quería sacarlo de ese lugar antes de que ellos volvieran. Y más allá de la música se alzaba el griterío, las bocinas, el sonido de los pasos sobre el pavimento; la tierra levantándose más adelante, en enormes polvaredas rojizas; las pancartas desplegándose en el cielo como paracaídas multicolores, las banderas, las piedras volando de un lado a otro, como pájaros ciegos; las botellas, los chorros de pintura que iban a chocar contra los carros y dibujaban en ellos un absurdo cuadro de arte contemporáneo. Las mujeres, los hombres, corriendo despavoridos algunos, otros, desafiantes, parados en medio de la calle, levantando los brazos, como pidiendo ser devorados, detenidos, encarcelados, Soto, ven acá hombre, que te van a agarrar y hasta ahí no más llegamos, y qué mierda quieres que haga, si no tengo otra puta opción, le gritó de vuelta Soto, pero el otro seguía, no pueden agarrarte, Soto, no debes rendirte, hemos venido hasta aquí por ti. Y Soto, yo no le pertenezco a nadie, déjenme ir, nadie me tiene preso, soy libre, soy libre y voy a seguir así. Si seguía levantando las manos, era porque quería volar. Alguien apareció con un megáfono, todos corran, escóndanse, huyan, no dejen que los atrapen, y él sólo quería llegar a la fotocopiadora, pero ya estaba muy lejos, lo habían arrastrado unas tres cuadras, y lo único que hacía era afirmarse el bolso, para no dejar caer el estéreo y los apuntes, y allá venía el carro, a una cuadra, prodigando chorros salvajes de agua, y los demás gritando, ya vienen, pacos culiaos, organizando barreras, las barricadas no van a soportar, quién mierda tiene más botellas, por la cresta, denme más, que esto no aguanta, prendámosle fuego a otra rueda y dejemos la cagá. Una mujer de grandes anteojos trató de encender una mecha y el brazo de pronto se le convirtió en fuego, y se puso a chillar, ¡apáguenlo, apáguenlo!, y alguien la tomó de la cabeza y la aventó al piso, salvajemente, haciéndola rodar, y pudo secarse con el agua que escurría por la acera, y ella se miró el brazo y se puso a gritar, en estado de shock, mientras la extremidad exhumaba un vapor negro, como de pan quemado. Y en sus oídos, This is my generation, this is my generation baby, pero allá afuera las patrullas recorrían enajenadas las calles, y ya los policías alzaban sus bastones, y algunos caían y se volvían a levantar, luego retrocedían y devolvían piedras que les habían lanzado a ellos, y seguían corriendo, esparciéndose como las llamas; algunos eran atrapados, se retorcían y gritaban espantados, no, no, déjenme, pero nada, los pacos no decían nada, detrás de esos cascos enormes que les cubrían el rostro como una armadura, y Soto, Soto seguía allí, en medio de todo, esperando que alguien se lo llevara, ¡Soto, por la mierda, deja eso y ven, haz que esto valga la pena!, y una niña rubia y de ojos verdes, Soto, deja esa mirada idiota, no te pueden atrapar, ¿no te das cuenta de lo que te han hecho? ¡Despierta hombre! Y Soto se quedó con la vista pegada en ella, ajeno a todo el sacrificio que acontecía a su alrededor, y arriba el sol ya no estaba y las nubes eran negras, y todavía la observaba, suplicante, cuando la lluvia empezó a caer, en grandes goterones, I don’t want to cause a b-b-b-big s-sensation... I’m talking about my g-generation…  Es que no quiero seguir peleando, dijo Soto, como rogándole que se fuera, pero ella se quedó allí parada, y cuando venía el enorme carro pensó por un momento que ella lo había visto y alcanzaría a correr, a esquivarlo, pero se quedó allí, plantada en el piso como una estatua sufriente, y el carro la embistió con toda la fuerza de su poderosa estructura y la hizo desaparecer, dejando un rastro sanguinolento en la acera. Y Soto se quedó solo, enmudecido, los ojos blancos, la boca abierta, como un muñeco, y la lluvia empezó a colmarle los labios, se le posó sobre la lengua, y escurrió por sus ojos, confundiéndose con las lágrimas. ¡Soto!, alguien lo llamó, desesperado, pero estaba en medio del ruedo, no podía salir, ya se los habían llevado a todos, váyanse ustedes, yo me quedo aquí, nos veremos luego, yo sólo quería unas fotocopias para estudiar, pero ya ven, eso es imposible, no son más que patrañas que alguna vez me inventé y que no significan nada. Y alguien dijo por allá que no eran más que unos pendejos insolentes, el futuro de Chile, a la mierda, entonces nos quedamos sin futuro, y el carro volvía para la embestida final, como un toro enfurecido, e hizo una seña, bueno muchachos, sería, esto no tiene remedio, y de pronto unos cuantos se asomaron por las rejas, detrás de los arbustos y las empalizadas de cemento, y empezaron los balazos, tatatatata, como estallidos de muerte salpicados por la lluvia, y ellos comenzaron a caer como palitroques, y los otros también, es la única solución, lo siento tanto; Soto se fue a esconder detrás de las barricadas y el agua se tiñó de rojo, y como enhebrando una extraña ironía, alguien le lanzó una caja de vino, y la bebió con gusto, dejó el bolso a un lado y lo lanzó al carro, que pasaba raudo por un costado, huyendo, váyanse de aquí, idiotas, dando su vida por esto, imbéciles, no aprenden de nosotros, que ya estamos condenados. Bebió otro sorbo de vino, se secó la cara con el brazo, y tiró la caja a un lado, pásame una de esas, dijo, y párate atrás mío, por la mierda, que si me matan tienes que seguir disparando. Miró hacia atrás, con nostalgia, y ella, la de ojos verdes, ya no estaba; pero todavía se erguía la ciudad, oscurecida por el humo de las metrallas y los motores, empapada por la lluvia y la sangre, y atrás un letrero, una fotocopiadora, los buses rodando por las calles limpias, las luces, la gente, la música; pero si no era más que un sueño, daría su vida por que nunca se hiciese realidad.

2005

La Visita (De "Los Versos de Simón")


Leía el diario online, sentado en el escritorio, como todas las tardes de sábado, cuando comenzó. Fue en uno de esos momentos donde se respira una tranquilidad falsa, maqueteada, como ese silencio repentino en el bosque que presagia un fenómeno extraño. Miraba el video de un jugador de fútbol europeo que, sin explicación, había errado un tiro a boca de jarro, sin arquero, imposible. Se sorprendió tanto que la conciencia de lo que venía quedó rezagada en su mente por unos cuantos segundos, largándose a reír de buena gana, pero silenciosamente, con apenas un rezongo.
Y entonces los oyó. Los pasos. Pesados, rápidos, corriendo por el pasillo. Sombras cruzando raudas por debajo de la puerta. Ningún grito, ninguna palabra. Nada que hubiese podido darle una pista de que habían llegado. Sólo los pasos yendo de un lado a otro allá afuera. Como le habían advertido. Sintió un dolor en el vientre, como una daga imaginaria que se clavaba en sus entrañas, y un sudor frío que recorrió su espalda. Se quedó paralizado. Sabía que el día llegaría, pero no lo esperaba tan pronto. No así, a esa hora, mientras veía el diario con el pijama puesto y reía por el video de un futbolista ridículamente malogrado. Afuera llovía, y apenas estaba vestido. Y todavía no podía moverse de su silla. Se quedó observando la puerta, las sombras corriendo sigilosas, incapaz de moverse, olvidando todo lo que había planeado durante tantos días y tantas noches, todo lo que había leído, todo lo que había soñado. Ya estaban ahí, y no podía mover un músculo. Por Dios. Muévete. Muévete, o será muy tarde.
            Algo golpeó contra su puerta secamente. Saltó sobre la silla y entonces despertó de su parálisis. Un grito, afuera, en el pasillo. Otro más, ensordecedor, terrible; un chillido desesperado. Golpes. Su corazón se descontroló de pronto, palpitando cada vez más rápido, como el motor sobrecargado de una locomotora vieja, mientras las sombras seguían corriendo allá afuera y los gritos se multiplicaban. Se levantó de la silla y observó alrededor, buscando algo para ponerse. Los mocasines, al lado del sillón. Dio dos pasos y empezó a colocárselos, dando gracias de que no tuviesen cordones. Acomodaba el segundo zapato, cuando dos sombras cruzaron por su puerta. Luego otra. Y luego la última. Dio un suspiro de alivio… Pero la sombra retrocedió y se detuvo frente a la puerta.
Y el ojo de pez, que antes dejaba entrar un reguero de luz amarillenta desde el pasillo, se eclipsó.
Sintió un estremecimiento desde el pelo a las entrañas. Su respiración hizo colapsar sus pulmones y se quedó paralizado, sin aliento, por un momento que le pareció eterno. Ya era tarde, era muy tarde. Fueron demasiado rápidos, más de lo que nunca imaginó. Lo habían encontrado. Inhaló al fin una bocanada de aire y observó la terraza, a un costado, detrás del ventanal. Estaba anocheciendo, y la lluvia arreciaba. No tenía otra opción. No tenía tiempo para nada. Debía salir. Sal ahora. Sal. Otro golpe en la puerta, fuerte como una explosión, tanto que los goznes se remecieron y del techo cayeron pequeños trozos de cal. No podía esperar más. No había tiempo.
            Se levantó y abrió el ventanal. El viento rugió en su cara y pudo escuchar el sonido, que quizás no había podido oír antes debido a la aislación del termopanel. Era una especie de pitido ultrasónico, como un silbato de perros. Tantas veces lo había imaginado… Y ahora estaba ahí. Hacía frío. Agradeció haberse puesto zapatos, aunque fuesen mocasines. Pero ya no pensaba. Piso doce. Se le había ocurrido cómo bajar hacía dos semanas, pero el episodio se veía tan lejano que no le pareció necesario idear nuevos planes. Al final de la terraza, por un costado, había un espacio relativamente grande que servía de resumidero. Había una pequeña reja instalada entre el muro y el fin de la terraza, para evitar que los niños cayesen. El espacio era suficientemente amplio como para dejar pasar su cuerpo. Por suerte estaba delgado. Otro golpe en la puerta, y entonces los escuchó. Un chillido sobrecogedor, inhumano, espeluznante. Estaban allá afuera. Lo habían olido. Salió a la terraza, corriendo. Otro golpe. Miró hacia abajo por esa especie de pasillo vertical por el cual se aventuraría. Si resbalaba, no tendría opción. Debía bajar con brazos y piernas apoyados en la muralla. Respiró profundo. Quizás si llegaba al departamento de abajo, podría salir por ahí. Pero no. Si ya estaban ahí, estarían en todos lados. Otro golpe, y la puerta cayendo. Se apoyó y comenzó a bajar. Resbaló y se vino de bruces contra el piso de abajo. No logró afirmarse de la reja y se agarró desesperado del muro, sacándose la uña del dedo índice. Gritó de dolor. Los chillidos se intensificaron. En el departamento de abajo, las sombras se habían apoderado de todo. Gigantes, las criaturas danzaban. Era demasiado tarde. Por Dios. Ya no había otra alternativa. Siguió bajando, tratando de asegurar cada paso contra la pared, como un montañista. Nuevamente resbaló al escuchar los gritos, y se deslizó dos pisos completos hasta enterrar el puño contra la muralla. El dolor casi le provoca un desmayo. No quiso mirarse la mano ensangrentada, no tenía tiempo. Sólo sintió la sangre chorreando por su brazo y vio las marcas que iba dejando en la pared. El dolor nacía en sus manos y circulaba por todo su cuerpo como una descarga eléctrica, punzante, palpitante. En el piso nueve, había sangre en los ventanales. En el piso ocho, una luz, y ninguna sombra. Se detuvo. No escuchó nada. Pensó en entrar. Sintió esperanza. Y cuando la garra se asomó por el ventanal, dio un respingo y se dejó caer, chillando, tratando infructuosamente de afirmarse de las rejas y los maceteros que iba encontrando a su paso. Cuatro pisos más abajo, se detuvo apoyando las manos destrozadas contra el descanso de una terraza desocupada. Un dolor que nunca había experimentado antes lo sacudió como una bestia salvaje; pero lo olvidó al ver a la mujer que yacía ensangrentada sobre las baldosas blancas. Alguien, algo, le había cercenado las piernas. La mujer estaba viva, pero sus ojos iban de un lado a otro y no decía nada. Por Dios, por Dios, murmuró, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Entró en pánico, sintió vértigo, miró hacia abajo y quiso dejarse caer por un momento, olvidarlo todo, despojarse del dolor, del miedo, de los presagios oscuros que se le venían a la mente. Levantó la vista al escuchar un grito al frente, vio a la mujer precipitándose a una velocidad inaudita, y luego, justo de antes de chocar contra el suelo, desvió la mirada y sólo pudo escuchar un golpe seco, que sonó como un enorme saco de cemento reventándose en el piso. Cerró los ojos y rezó entre murmullos, recuperando el aliento. Por Dios. Por Dios. La mujer estaba tirada en el suelo, desarmada como un títere, sobre un charco de sangre. Su cabeza apuntaba hacia sus pies. No, no podía. No así. No de esa forma. Se deslizó dos pisos, se afirmó de un muro, indiferente al dolor, y cuando la criatura en la terraza le lanzó un zarpazo, simplemente se dejó caer, frenando de vez en cuando con las manos, los brazos, los pies, destrozándose los dedos, los nudillos, los codos, las rodillas. Detuvo su caída libre del mismo modo en que lo hizo todas las veces, y no supo si ya no le dolía o si el dolor era tan intenso que era incapaz de sentir más. Cuando llegó al segundo piso, no pudo seguir avanzando y se lanzó desde ahí hasta el piso, dando una voltereta al caer. Podía haberse roto un tobillo, pero no sintió nada, no le importó. Mojado y llorando, salió corriendo. La reja del estacionamiento estaba cerrada. Sin cuestionarse, trepó por sobre ella y se dejó caer, tres metros, cayendo pesadamente al otro lado. El dolor en la cadera fue distinto; se le nubló la vista y un pitido impreciso resonó en su cabeza. No te desmayes, no te desmayes, mierda, por lo que más quieras. Soportó el embate del dolor con los ojos cerrados y el cuerpo agarrotado. Sólo el golpe, sólo el golpe, sigue corriendo. No había nadie en las calles. El cielo se había tornado cobrizo. Tomó nueva conciencia del pitido ultrasónico, que se confundía con el sonido de la lluvia cayendo en las calles y con el sonido del viento remeciendo los árboles. Corrió como nunca antes por dos, tres, cuatro cuadras. Hasta que vio a los demás, corriendo también, los hombres; ningún niño, ninguna mujer. Muy tarde para ellos. Los hombres lloraban, sin dejar de correr; algunos heridos, otros sólo ensangrentados, empapados quizás de su propia sangre, quizás de la sangre de otros. Se unió a todos ellos y siguieron corriendo por las calles vacías, en silencio, salvo por los espasmos intermitentes del llanto. No sabía dónde iban. Simplemente lejos de ahí. 

viernes, 13 de abril de 2012

Esos locos herejes

Mi familia es católica y estudié 12 años en un colegio católico. Como diría Arjona, "me bautizaron cuando tenía dos meses y a mí no me avisaron". Hice la primera comunión a las 9 años y fue designado por el catequista como "el mejor de mi generación". Mi mamá estaba orgullosa, para qué decirlo. Cuando vi la miniserie de Teresa de Los Andes, me dieron ganas de ser santo. Quise seguir participando de la Iglesia y me incorporé a un grupo religioso -no recuerdo su propósito. Hasta hablé en misa para invitar a los niños y jóvenes a que se nos unieran. Debo haber tenido 12 años. Luego, cuando aprendí a tocar guitarra, ya no iba a misa sólo a participar; iba a cantar, a animar. Trataba de seguir a los más avezados con los acordes, pero apenas podía cubrir todas las cuerdas con mis manitos de preadolescente. Recién estaba aprendiendo las artes de la guitarra, qué más podía hacer, salvo pedirle a Dios que me ayudara. Qué será de esos tíos, de los catequistas, de los cantantes, de mis compañeros, del cura Memo. No tengo idea. Capaz que alguno se haya tirado a la línea del metro, o que al cura Memo lo hayan trasladado a una capilla lejana por abusar de algún niñito desprevenido. La fuerza de los prejuicios que me hace escribir estas cosas.

La fe empezó a abandonarme cuando tenía como 16 ó 17 años. Las lecturas de Sartre y Camus ayudaron bastante al avance de Satanás en mi alma. Hermann Hesse hizo lo suyo también. Ya en la universidad, me hicieron estudiar a Aristóteles y Tomás de Aquino y comprendí hartas cosas: la principal, que la única prueba irrefutable de que Dios existe, lo convierte en un motor, en una causa primera, en un catalizador. Un concepto. Nada queda del Dios de barba larga, castigador o misericorde, da lo mismo. Dios lo es todo, y a la vez es nada. 

Me puse cínico, claro está. Cada vez que podía, trataba de meterme en la mente de los que sí creían y convencerlos de que no eran más que patrañas destinadas a consolarnos, de jugar con ellos; por último, para sembrar en ellos la duda. Repetía la frase de ese personaje de Unamuno, San Manuel Bueno y Mártir, y la tenía como estandarte: "Fe que no duda, no es fe". ¿Te molesta la duda?, les decía. Bueno, fe que no duda, no es fe. Tienes que dudar primero. Si sales convencido de que Dios existe, entonces has pasado la prueba. Si te niegas incluso a preguntarte si lo que te digo será verdad, entonces eres débil y sólo crees porque no se te ocurre otra cosa; no concibes el mundo sin creer. No concibes la muerte sin paraíso. No te atreves.

Y luego, claro, murió mi madre. Quise creer más que nunca, pero no pude. Aunque adquirí el concepto de la incertidumbre. Y me di cuenta, con urgente convicción, de que la religión tiene un componente emocional gigantesco. Que el dolor se apacigua, que el alma se tranquiliza. Pero que, si uno no puede sacarse de adentro la idea de que se está engañando a sí mismo, no tiene ningún sentido. Es más, lo pierde. Es como cuando uno sorprende el truco del mago. Se acaba la ilusión, comienza la duda. Ya el espectáculo consiste en descubrirle la pillería, no en disfrutar de la ilusión. Y uno comprende, con la mayor claridad, que la ignorancia es una bendición.

Pero me rehúso a decirle a la gente que Dios no existe. Me rehúso a decirle a los espectadores de este gran espectáculo de magia, que en realidad, cuando el mago corta por la mitad a la niña, hay un compartimento secreto en la recámara donde ella se acuesta; que es un juego de luces, de cámaras, de espejos; que el elefante no desaparece, sino que alguien tranquilamente lo saca de la jaula, sin que uno pueda darse cuenta. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Por qué habría de decirle a la gente que necesita un consuelo, una esperanza, una ilusión al menos, que no tiene ningún sentido, que eso no existe, que uno se muere y listo, ya está, se acabó, no hay más? 

Claro, no me obliguen a persignarme, a orar, a respetar Semana Santa y actuar de acuerdo con el sagrado catecismo. No me obliguen a elaborar y evaluar políticas públicas sobre la base de lo que Jesús dijo o lo que Dios manda. No me fuercen a casarme por la Iglesia, ni a rezar el rosario en la semana de la Virgen. Pero a mí no me molestará si usted lo hace, para nada. Si a usted se le ocurre dar las gracias antes de cenar, no voy a decirle, ah, estúpidos cristianos, y empezar a devorarme el pollo. Sí le voy a exigir, claramente, que así como yo respeto su fe, usted se avenga y respete mi propia, inhumana, incomprensible e insufrible falta de fe. Y que, cuando tenga que gobernar para todos, no gobierne sólo para el rebaño del Señor. Los que estamos condenados también queremos tener derechos, al menos mientras todavía pisamos esta Tierra.