Se hizo
visera con la mano para tapar el sol poniente que le daba justo en los ojos, y
pudo ver al encargado de la fotocopiadora parado en la puerta, mirando a uno y
otro lado y luego el reloj en su muñeca, en un gesto que revelaba, claramente,
su intención de cerrar el boliche por el día. La urgencia golpeó su estómago
como un puñetazo. Quiso echarse a correr, pero tuvo que detenerse de sopetón en
la esquina, para evitar que una Citroneta lo arrollara. El conductor tocó la
bocina y le hizo un gesto obsceno por la ventanilla, pero, inmerso en la música
que sonaba en los audífonos, apenas notó esto último. No le importó; se quedó
mirando la luz roja del semáforo y los demás automóviles que transitaban por la
avenida, con cierta idiota ansiedad. Se afirmó el bolso contra la espalda y se
preparó para correr. A lo lejos, un temerario obrero estaba colgado de la
techumbre de un edificio, instalando un letrero sobre esa nueva película del exorcismo,
de la que todos hablaban. Y un poco más allá, el encargado de la fotocopiadora
encendía un cigarro y se lo llevaba a la boca, observando la calle sin mayor
interés.
Mierda, este semáforo no cambia nunca,
pensó, moviendo las piernas, cual corredor preparándose para la partida. Mientras
miraba la luz del semáforo, una nube tapó el sol, y de pronto el color cobrizo
de la tarde se transformó en grisáceo, como la ceniza. Una brisa
helada le acometió por la
espalda. Una tarde gris, pensó, extrañado. Se quedó absorto
en el cielo y en esas nubes que de pronto lo cubrían todo, y apenas pudo
esquivar a la señora regordeta que se abalanzaba sobre él con una enorme bolsa
a cuestas. Notó que la luz había cambiado y empezó a cruzar, pero de un costado
apareció un hombre con un carrito lleno de cachivaches, corriendo enajenado, y
hubo de hacerse a un lado como pudo para no chocar con él. Una tapa de olla se
escapó del transporte y se quedó girando en el suelo como un trompo,
abandonada, sin que el tipo siquiera se diera vuelta a mirarla.
Cruzó la calle y empezó a trotar. El
encargado de la fotocopiadora ya no estaba en la calle, pero la puerta seguía
abierta. No notó hasta unos cuantos metros más adelante, absorto en la visión
de esa puerta y el letrero de “abierto”, que de pronto se había quedado solo.
Ninguna persona caminaba por la
vereda. Se detuvo secamente y miró hacia la calle; por la
Alameda nada circulaba, sólo un tipo en bicicleta que cruzó rápidamente la
calle y se perdió en unos pasajes del otro lado de la acera. La voz de Roger
Daltrey en sus oídos le daba a la escena un tono sicodélico. Dio vuelta la
cabeza hacia la derecha, y la visión del sujeto que corría hacia él lo hizo
retroceder espantado. El sujeto pasó por su lado sin mirarlo, abriendo la boca
como un hipopótamo, en un chillido que apenas pudo oír, amortiguado por la música. Y a sólo una
cuadra, el encargado de la fotocopiadora trataba de alcanzar la cortina con
gesto desesperado, todavía con el cigarro en la boca. Echó a correr,
procurando cruzar por las barricadas antes de que se encendieran, pero un
enorme neumático apareció de la nada, haciéndolo tropezar, y antes de que
pudiese recuperar el paso, alguien lo empujó hacia un lado, empapó el neumático
con parafina y, como en un acto de magia, le prendió fuego con un manotazo,
dejándolo recorrer la calle como una antorcha rodante. Y desde un costado
aparecieron los manifestantes, encapuchados algunos, otros a rostro descubierto;
botellas en la mano, bolsos repletos de piedras, que sacaban y lanzaban como
jabalinas, y pancartas crucificadas en estacas de trupán con leyendas en rojo y
negro, “Fuera el Tirano”, “Adiós Carnaval”, “A la Mierda el Mundo”, con letras
que golpeaban como fuego. Gritaban consignas como si fueran maleficios, avanzando
con la mirada fija al frente, sin importar las piedras que volaban sobre ellos
ni el fuego que los rodeaba. Se quitó los audífonos, se los puso sobre el
cuello, y entonces el ronquido impreciso de las maquinarias, los gritos desaforados,
el rugir de las piedras y hasta el lento arder del fuego le provocaron un
estremecimiento. No soportó y se los colocó de vuelta. Trató de colarse por
entre un grupo de mujeres, escapar; llegar a la tienda, fotocopiar el libro e
irse a estudiar, tenía prueba en dos días, si le iba mal, se echaba el ramo,
sería catastrófico, ya el profesor Peña le había dicho que no le quedaba saldo
en la cuenta de ahorros, que era ahora o nunca, que debía darlo o perderlo todo;
pero lo empujaron y detuvieron, lo hicieron darse vuelta y caminar con ellos, aunque
él se resistía, tengo que llegar a la fotocopiadora, les dijo, es una cosa de
vida o muerte; pero las mujeres no le hablaron, sólo gritaban, mirando al
frente con ojos transparentes, como partícipes de un ritual vudú; una lo miró
con bondad, no te enojes, te entiendo, pero no podemos dejarte pasar, esto es
más importante que una fotocopia. ¿Estás loca?, le dijo, ¿cómo algo puede ser
más importante que eso?, y nuevamente trató de librarse de ellas, pero era como
un pez nadando contra la corriente, debatiéndose entre los brazos de la
muchedumbre como ráfaga de viento entre las ramas de un sauce; todo era inútil,
lo voltearon a fuerza de manos y gritos, hasta que apareció el primer carro, a
toda velocidad, y todos salieron corriendo, algunos despavoridos, otros
embravecidos, como esperando ese momento. Los insultos y las piedras tomaron su
rumbo por sobre sus cabezas y tuvo que hacerse a un lado, agachado,
protegiéndose con el bolso, y aunque enfiló nuevamente hacia la fotocopiadora,
no pudo seguir avanzando, estaba metido en medio de esa balacera silenciosa, si
al menos lo dejaran ir a sacar unas fotocopias, sólo eso, nada más, podría irse
tranquilo a estudiar. Alguien que fumaba un pito lo tomó de un brazo y lo llevó
hacia la orilla, y se escondieron detrás de un quiosco, aquí te van a mojar
leso, te van a echar a perder la radio, mejor córrete. Es que tengo que sacar
unas fotocopias, dijo, pero siempre le respondían lo mismo, te entendemos,
loco, pero así no se puede, no vale la pena, no tiene sentido. Lo sujetaron
fuerte de los brazos, ven, por acá, tenemos que correr, pero no quería correr.
Tienes que correr, le dijo una niña, y supuso que ella lo entendería, pero sólo
quería sacarlo de ese lugar antes de que ellos volvieran. Y más allá de la
música se alzaba el griterío, las bocinas, el sonido de los pasos sobre el
pavimento; la tierra levantándose más adelante, en enormes polvaredas rojizas;
las pancartas desplegándose en el cielo como paracaídas multicolores, las
banderas, las piedras volando de un lado a otro, como pájaros ciegos; las
botellas, los chorros de pintura que iban a chocar contra los carros y
dibujaban en ellos un absurdo cuadro de arte contemporáneo. Las mujeres, los
hombres, corriendo despavoridos algunos, otros, desafiantes, parados en medio
de la calle, levantando los brazos, como pidiendo ser devorados, detenidos,
encarcelados, Soto, ven acá hombre, que te van a agarrar y hasta ahí no más
llegamos, y qué mierda quieres que haga, si no tengo otra puta opción, le gritó
de vuelta Soto, pero el otro seguía, no pueden agarrarte, Soto, no debes
rendirte, hemos venido hasta aquí por ti. Y Soto, yo no le pertenezco a nadie,
déjenme ir, nadie me tiene preso, soy libre, soy libre y voy a seguir así. Si
seguía levantando las manos, era porque quería volar. Alguien apareció con un
megáfono, todos corran, escóndanse, huyan, no dejen que los atrapen, y él sólo
quería llegar a la fotocopiadora, pero ya estaba muy lejos, lo habían
arrastrado unas tres cuadras, y lo único que hacía era afirmarse el bolso, para
no dejar caer el estéreo y los apuntes, y allá venía el carro, a una cuadra,
prodigando chorros salvajes de agua, y los demás gritando, ya vienen, pacos culiaos, organizando barreras, las
barricadas no van a soportar, quién mierda tiene más botellas, por la cresta,
denme más, que esto no aguanta, prendámosle fuego a otra rueda y dejemos la cagá.
Una mujer de grandes anteojos trató de encender una mecha y
el brazo de pronto se le convirtió en fuego, y se puso a chillar, ¡apáguenlo,
apáguenlo!, y alguien la tomó de la cabeza y la aventó al piso, salvajemente,
haciéndola rodar, y pudo secarse con el agua que escurría por la acera, y ella se
miró el brazo y se puso a gritar, en estado de shock, mientras la extremidad exhumaba
un vapor negro, como de pan quemado. Y en sus oídos, This is my generation,
this is my generation baby, pero allá afuera las patrullas recorrían
enajenadas las calles, y ya los policías alzaban sus bastones, y algunos caían
y se volvían a levantar, luego retrocedían y devolvían piedras que les habían lanzado
a ellos, y seguían corriendo, esparciéndose como las llamas; algunos eran
atrapados, se retorcían y gritaban espantados, no, no, déjenme, pero nada, los
pacos no decían nada, detrás de esos cascos enormes que les cubrían el rostro
como una armadura, y Soto, Soto seguía allí, en medio de todo, esperando que
alguien se lo llevara, ¡Soto, por la mierda, deja eso y ven, haz que esto valga
la pena!, y una niña rubia y de ojos verdes, Soto, deja esa mirada idiota, no
te pueden atrapar, ¿no te das cuenta de lo que te han hecho? ¡Despierta hombre!
Y Soto se quedó con la vista pegada en ella, ajeno a todo el sacrificio que
acontecía a su alrededor, y arriba el sol ya no estaba y las nubes eran negras,
y todavía la observaba, suplicante, cuando la lluvia empezó a caer, en grandes
goterones, I don’t want to cause a b-b-b-big s-sensation... I’m talking
about my g-generation… Es que no
quiero seguir peleando, dijo Soto, como rogándole que se fuera, pero ella se
quedó allí parada, y cuando venía el enorme carro pensó por un momento que ella
lo había visto y alcanzaría a correr, a esquivarlo, pero se quedó allí,
plantada en el piso como una estatua sufriente, y el carro la embistió con toda
la fuerza de su poderosa estructura y la hizo desaparecer, dejando un rastro
sanguinolento en la
acera. Y Soto se quedó solo, enmudecido, los ojos blancos, la
boca abierta, como un muñeco, y la lluvia empezó a colmarle los labios, se le
posó sobre la lengua, y escurrió por sus ojos, confundiéndose con las lágrimas.
¡Soto!, alguien lo llamó, desesperado, pero estaba en medio del ruedo, no podía
salir, ya se los habían llevado a todos, váyanse ustedes, yo me quedo aquí, nos
veremos luego, yo sólo quería unas fotocopias para estudiar, pero ya ven, eso
es imposible, no son más que patrañas que alguna vez me inventé y que no
significan nada. Y alguien dijo por allá que no eran más que unos pendejos
insolentes, el futuro de Chile, a la mierda, entonces nos quedamos sin futuro,
y el carro volvía para la embestida final, como un toro enfurecido, e hizo una
seña, bueno muchachos, sería, esto no tiene remedio, y de pronto unos cuantos
se asomaron por las rejas, detrás de los arbustos y las empalizadas de cemento,
y empezaron los balazos, tatatatata, como estallidos de muerte salpicados por
la lluvia, y ellos comenzaron a caer como palitroques, y los otros también, es
la única solución, lo siento tanto; Soto se fue a esconder detrás de las
barricadas y el agua se tiñó de rojo, y como enhebrando una extraña ironía,
alguien le lanzó una caja de vino, y la bebió con gusto, dejó el bolso a un
lado y lo lanzó al carro, que pasaba raudo por un costado, huyendo, váyanse de
aquí, idiotas, dando su vida por esto, imbéciles, no aprenden de nosotros, que
ya estamos condenados. Bebió otro sorbo de vino, se secó la cara con el brazo,
y tiró la caja a un lado, pásame una de esas, dijo, y párate atrás mío, por la
mierda, que si me matan tienes que seguir disparando. Miró hacia atrás, con
nostalgia, y ella, la de ojos verdes, ya no estaba; pero todavía se erguía la
ciudad, oscurecida por el humo de las metrallas y los motores, empapada por la
lluvia y la sangre, y atrás un letrero, una fotocopiadora, los buses rodando
por las calles limpias, las luces, la gente, la música; pero si no era más que
un sueño, daría su vida por que nunca se hiciese realidad.
2005
