miércoles, 18 de abril de 2012

La Liberación de la Patria



            Se hizo visera con la mano para tapar el sol poniente que le daba justo en los ojos, y pudo ver al encargado de la fotocopiadora parado en la puerta, mirando a uno y otro lado y luego el reloj en su muñeca, en un gesto que revelaba, claramente, su intención de cerrar el boliche por el día. La urgencia golpeó su estómago como un puñetazo. Quiso echarse a correr, pero tuvo que detenerse de sopetón en la esquina, para evitar que una Citroneta lo arrollara. El conductor tocó la bocina y le hizo un gesto obsceno por la ventanilla, pero, inmerso en la música que sonaba en los audífonos, apenas notó esto último. No le importó; se quedó mirando la luz roja del semáforo y los demás automóviles que transitaban por la avenida, con cierta idiota ansiedad. Se afirmó el bolso contra la espalda y se preparó para correr. A lo lejos, un temerario obrero estaba colgado de la techumbre de un edificio, instalando un letrero sobre esa nueva película del exorcismo, de la que todos hablaban. Y un poco más allá, el encargado de la fotocopiadora encendía un cigarro y se lo llevaba a la boca, observando la calle sin mayor interés.
Mierda, este semáforo no cambia nunca, pensó, moviendo las piernas, cual corredor preparándose para la partida. Mientras miraba la luz del semáforo, una nube tapó el sol, y de pronto el color cobrizo de la tarde se transformó en grisáceo, como la ceniza. Una brisa helada le acometió por la espalda. Una tarde gris, pensó, extrañado. Se quedó absorto en el cielo y en esas nubes que de pronto lo cubrían todo, y apenas pudo esquivar a la señora regordeta que se abalanzaba sobre él con una enorme bolsa a cuestas. Notó que la luz había cambiado y empezó a cruzar, pero de un costado apareció un hombre con un carrito lleno de cachivaches, corriendo enajenado, y hubo de hacerse a un lado como pudo para no chocar con él. Una tapa de olla se escapó del transporte y se quedó girando en el suelo como un trompo, abandonada, sin que el tipo siquiera se diera vuelta a mirarla.
Cruzó la calle y empezó a trotar. El encargado de la fotocopiadora ya no estaba en la calle, pero la puerta seguía abierta. No notó hasta unos cuantos metros más adelante, absorto en la visión de esa puerta y el letrero de “abierto”, que de pronto se había quedado solo. Ninguna persona caminaba por la vereda. Se detuvo secamente y miró hacia la calle; por la Alameda nada circulaba, sólo un tipo en bicicleta que cruzó rápidamente la calle y se perdió en unos pasajes del otro lado de la acera. La voz de Roger Daltrey en sus oídos le daba a la escena un tono sicodélico. Dio vuelta la cabeza hacia la derecha, y la visión del sujeto que corría hacia él lo hizo retroceder espantado. El sujeto pasó por su lado sin mirarlo, abriendo la boca como un hipopótamo, en un chillido que apenas pudo oír, amortiguado por la música. Y a sólo una cuadra, el encargado de la fotocopiadora trataba de alcanzar la cortina con gesto desesperado, todavía con el cigarro en la boca. Echó a correr, procurando cruzar por las barricadas antes de que se encendieran, pero un enorme neumático apareció de la nada, haciéndolo tropezar, y antes de que pudiese recuperar el paso, alguien lo empujó hacia un lado, empapó el neumático con parafina y, como en un acto de magia, le prendió fuego con un manotazo, dejándolo recorrer la calle como una antorcha rodante. Y desde un costado aparecieron los manifestantes, encapuchados algunos, otros a rostro descubierto; botellas en la mano, bolsos repletos de piedras, que sacaban y lanzaban como jabalinas, y pancartas crucificadas en estacas de trupán con leyendas en rojo y negro, “Fuera el Tirano”, “Adiós Carnaval”, “A la Mierda el Mundo”, con letras que golpeaban como fuego. Gritaban consignas como si fueran maleficios, avanzando con la mirada fija al frente, sin importar las piedras que volaban sobre ellos ni el fuego que los rodeaba. Se quitó los audífonos, se los puso sobre el cuello, y entonces el ronquido impreciso de las maquinarias, los gritos desaforados, el rugir de las piedras y hasta el lento arder del fuego le provocaron un estremecimiento. No soportó y se los colocó de vuelta. Trató de colarse por entre un grupo de mujeres, escapar; llegar a la tienda, fotocopiar el libro e irse a estudiar, tenía prueba en dos días, si le iba mal, se echaba el ramo, sería catastrófico, ya el profesor Peña le había dicho que no le quedaba saldo en la cuenta de ahorros, que era ahora o nunca, que debía darlo o perderlo todo; pero lo empujaron y detuvieron, lo hicieron darse vuelta y caminar con ellos, aunque él se resistía, tengo que llegar a la fotocopiadora, les dijo, es una cosa de vida o muerte; pero las mujeres no le hablaron, sólo gritaban, mirando al frente con ojos transparentes, como partícipes de un ritual vudú; una lo miró con bondad, no te enojes, te entiendo, pero no podemos dejarte pasar, esto es más importante que una fotocopia. ¿Estás loca?, le dijo, ¿cómo algo puede ser más importante que eso?, y nuevamente trató de librarse de ellas, pero era como un pez nadando contra la corriente, debatiéndose entre los brazos de la muchedumbre como ráfaga de viento entre las ramas de un sauce; todo era inútil, lo voltearon a fuerza de manos y gritos, hasta que apareció el primer carro, a toda velocidad, y todos salieron corriendo, algunos despavoridos, otros embravecidos, como esperando ese momento. Los insultos y las piedras tomaron su rumbo por sobre sus cabezas y tuvo que hacerse a un lado, agachado, protegiéndose con el bolso, y aunque enfiló nuevamente hacia la fotocopiadora, no pudo seguir avanzando, estaba metido en medio de esa balacera silenciosa, si al menos lo dejaran ir a sacar unas fotocopias, sólo eso, nada más, podría irse tranquilo a estudiar. Alguien que fumaba un pito lo tomó de un brazo y lo llevó hacia la orilla, y se escondieron detrás de un quiosco, aquí te van a mojar leso, te van a echar a perder la radio, mejor córrete. Es que tengo que sacar unas fotocopias, dijo, pero siempre le respondían lo mismo, te entendemos, loco, pero así no se puede, no vale la pena, no tiene sentido. Lo sujetaron fuerte de los brazos, ven, por acá, tenemos que correr, pero no quería correr. Tienes que correr, le dijo una niña, y supuso que ella lo entendería, pero sólo quería sacarlo de ese lugar antes de que ellos volvieran. Y más allá de la música se alzaba el griterío, las bocinas, el sonido de los pasos sobre el pavimento; la tierra levantándose más adelante, en enormes polvaredas rojizas; las pancartas desplegándose en el cielo como paracaídas multicolores, las banderas, las piedras volando de un lado a otro, como pájaros ciegos; las botellas, los chorros de pintura que iban a chocar contra los carros y dibujaban en ellos un absurdo cuadro de arte contemporáneo. Las mujeres, los hombres, corriendo despavoridos algunos, otros, desafiantes, parados en medio de la calle, levantando los brazos, como pidiendo ser devorados, detenidos, encarcelados, Soto, ven acá hombre, que te van a agarrar y hasta ahí no más llegamos, y qué mierda quieres que haga, si no tengo otra puta opción, le gritó de vuelta Soto, pero el otro seguía, no pueden agarrarte, Soto, no debes rendirte, hemos venido hasta aquí por ti. Y Soto, yo no le pertenezco a nadie, déjenme ir, nadie me tiene preso, soy libre, soy libre y voy a seguir así. Si seguía levantando las manos, era porque quería volar. Alguien apareció con un megáfono, todos corran, escóndanse, huyan, no dejen que los atrapen, y él sólo quería llegar a la fotocopiadora, pero ya estaba muy lejos, lo habían arrastrado unas tres cuadras, y lo único que hacía era afirmarse el bolso, para no dejar caer el estéreo y los apuntes, y allá venía el carro, a una cuadra, prodigando chorros salvajes de agua, y los demás gritando, ya vienen, pacos culiaos, organizando barreras, las barricadas no van a soportar, quién mierda tiene más botellas, por la cresta, denme más, que esto no aguanta, prendámosle fuego a otra rueda y dejemos la cagá. Una mujer de grandes anteojos trató de encender una mecha y el brazo de pronto se le convirtió en fuego, y se puso a chillar, ¡apáguenlo, apáguenlo!, y alguien la tomó de la cabeza y la aventó al piso, salvajemente, haciéndola rodar, y pudo secarse con el agua que escurría por la acera, y ella se miró el brazo y se puso a gritar, en estado de shock, mientras la extremidad exhumaba un vapor negro, como de pan quemado. Y en sus oídos, This is my generation, this is my generation baby, pero allá afuera las patrullas recorrían enajenadas las calles, y ya los policías alzaban sus bastones, y algunos caían y se volvían a levantar, luego retrocedían y devolvían piedras que les habían lanzado a ellos, y seguían corriendo, esparciéndose como las llamas; algunos eran atrapados, se retorcían y gritaban espantados, no, no, déjenme, pero nada, los pacos no decían nada, detrás de esos cascos enormes que les cubrían el rostro como una armadura, y Soto, Soto seguía allí, en medio de todo, esperando que alguien se lo llevara, ¡Soto, por la mierda, deja eso y ven, haz que esto valga la pena!, y una niña rubia y de ojos verdes, Soto, deja esa mirada idiota, no te pueden atrapar, ¿no te das cuenta de lo que te han hecho? ¡Despierta hombre! Y Soto se quedó con la vista pegada en ella, ajeno a todo el sacrificio que acontecía a su alrededor, y arriba el sol ya no estaba y las nubes eran negras, y todavía la observaba, suplicante, cuando la lluvia empezó a caer, en grandes goterones, I don’t want to cause a b-b-b-big s-sensation... I’m talking about my g-generation…  Es que no quiero seguir peleando, dijo Soto, como rogándole que se fuera, pero ella se quedó allí parada, y cuando venía el enorme carro pensó por un momento que ella lo había visto y alcanzaría a correr, a esquivarlo, pero se quedó allí, plantada en el piso como una estatua sufriente, y el carro la embistió con toda la fuerza de su poderosa estructura y la hizo desaparecer, dejando un rastro sanguinolento en la acera. Y Soto se quedó solo, enmudecido, los ojos blancos, la boca abierta, como un muñeco, y la lluvia empezó a colmarle los labios, se le posó sobre la lengua, y escurrió por sus ojos, confundiéndose con las lágrimas. ¡Soto!, alguien lo llamó, desesperado, pero estaba en medio del ruedo, no podía salir, ya se los habían llevado a todos, váyanse ustedes, yo me quedo aquí, nos veremos luego, yo sólo quería unas fotocopias para estudiar, pero ya ven, eso es imposible, no son más que patrañas que alguna vez me inventé y que no significan nada. Y alguien dijo por allá que no eran más que unos pendejos insolentes, el futuro de Chile, a la mierda, entonces nos quedamos sin futuro, y el carro volvía para la embestida final, como un toro enfurecido, e hizo una seña, bueno muchachos, sería, esto no tiene remedio, y de pronto unos cuantos se asomaron por las rejas, detrás de los arbustos y las empalizadas de cemento, y empezaron los balazos, tatatatata, como estallidos de muerte salpicados por la lluvia, y ellos comenzaron a caer como palitroques, y los otros también, es la única solución, lo siento tanto; Soto se fue a esconder detrás de las barricadas y el agua se tiñó de rojo, y como enhebrando una extraña ironía, alguien le lanzó una caja de vino, y la bebió con gusto, dejó el bolso a un lado y lo lanzó al carro, que pasaba raudo por un costado, huyendo, váyanse de aquí, idiotas, dando su vida por esto, imbéciles, no aprenden de nosotros, que ya estamos condenados. Bebió otro sorbo de vino, se secó la cara con el brazo, y tiró la caja a un lado, pásame una de esas, dijo, y párate atrás mío, por la mierda, que si me matan tienes que seguir disparando. Miró hacia atrás, con nostalgia, y ella, la de ojos verdes, ya no estaba; pero todavía se erguía la ciudad, oscurecida por el humo de las metrallas y los motores, empapada por la lluvia y la sangre, y atrás un letrero, una fotocopiadora, los buses rodando por las calles limpias, las luces, la gente, la música; pero si no era más que un sueño, daría su vida por que nunca se hiciese realidad.

2005

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