Mi familia es católica y estudié 12 años en un colegio católico. Como diría Arjona, "me bautizaron cuando tenía dos meses y a mí no me avisaron". Hice la primera comunión a las 9 años y fue designado por el catequista como "el mejor de mi generación". Mi mamá estaba orgullosa, para qué decirlo. Cuando vi la miniserie de Teresa de Los Andes, me dieron ganas de ser santo. Quise seguir participando de la Iglesia y me incorporé a un grupo religioso -no recuerdo su propósito. Hasta hablé en misa para invitar a los niños y jóvenes a que se nos unieran. Debo haber tenido 12 años. Luego, cuando aprendí a tocar guitarra, ya no iba a misa sólo a participar; iba a cantar, a animar. Trataba de seguir a los más avezados con los acordes, pero apenas podía cubrir todas las cuerdas con mis manitos de preadolescente. Recién estaba aprendiendo las artes de la guitarra, qué más podía hacer, salvo pedirle a Dios que me ayudara. Qué será de esos tíos, de los catequistas, de los cantantes, de mis compañeros, del cura Memo. No tengo idea. Capaz que alguno se haya tirado a la línea del metro, o que al cura Memo lo hayan trasladado a una capilla lejana por abusar de algún niñito desprevenido. La fuerza de los prejuicios que me hace escribir estas cosas.
La fe empezó a abandonarme cuando tenía como 16 ó 17 años. Las lecturas de Sartre y Camus ayudaron bastante al avance de Satanás en mi alma. Hermann Hesse hizo lo suyo también. Ya en la universidad, me hicieron estudiar a Aristóteles y Tomás de Aquino y comprendí hartas cosas: la principal, que la única prueba irrefutable de que Dios existe, lo convierte en un motor, en una causa primera, en un catalizador. Un concepto. Nada queda del Dios de barba larga, castigador o misericorde, da lo mismo. Dios lo es todo, y a la vez es nada.
Me puse cínico, claro está. Cada vez que podía, trataba de meterme en la mente de los que sí creían y convencerlos de que no eran más que patrañas destinadas a consolarnos, de jugar con ellos; por último, para sembrar en ellos la duda. Repetía la frase de ese personaje de Unamuno, San Manuel Bueno y Mártir, y la tenía como estandarte: "Fe que no duda, no es fe". ¿Te molesta la duda?, les decía. Bueno, fe que no duda, no es fe. Tienes que dudar primero. Si sales convencido de que Dios existe, entonces has pasado la prueba. Si te niegas incluso a preguntarte si lo que te digo será verdad, entonces eres débil y sólo crees porque no se te ocurre otra cosa; no concibes el mundo sin creer. No concibes la muerte sin paraíso. No te atreves.
Y luego, claro, murió mi madre. Quise creer más que nunca, pero no pude. Aunque adquirí el concepto de la incertidumbre. Y me di cuenta, con urgente convicción, de que la religión tiene un componente emocional gigantesco. Que el dolor se apacigua, que el alma se tranquiliza. Pero que, si uno no puede sacarse de adentro la idea de que se está engañando a sí mismo, no tiene ningún sentido. Es más, lo pierde. Es como cuando uno sorprende el truco del mago. Se acaba la ilusión, comienza la duda. Ya el espectáculo consiste en descubrirle la pillería, no en disfrutar de la ilusión. Y uno comprende, con la mayor claridad, que la ignorancia es una bendición.
Pero me rehúso a decirle a la gente que Dios no existe. Me rehúso a decirle a los espectadores de este gran espectáculo de magia, que en realidad, cuando el mago corta por la mitad a la niña, hay un compartimento secreto en la recámara donde ella se acuesta; que es un juego de luces, de cámaras, de espejos; que el elefante no desaparece, sino que alguien tranquilamente lo saca de la jaula, sin que uno pueda darse cuenta. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Por qué habría de decirle a la gente que necesita un consuelo, una esperanza, una ilusión al menos, que no tiene ningún sentido, que eso no existe, que uno se muere y listo, ya está, se acabó, no hay más?
Claro, no me obliguen a persignarme, a orar, a respetar Semana Santa y actuar de acuerdo con el sagrado catecismo. No me obliguen a elaborar y evaluar políticas públicas sobre la base de lo que Jesús dijo o lo que Dios manda. No me fuercen a casarme por la Iglesia, ni a rezar el rosario en la semana de la Virgen. Pero a mí no me molestará si usted lo hace, para nada. Si a usted se le ocurre dar las gracias antes de cenar, no voy a decirle, ah, estúpidos cristianos, y empezar a devorarme el pollo. Sí le voy a exigir, claramente, que así como yo respeto su fe, usted se avenga y respete mi propia, inhumana, incomprensible e insufrible falta de fe. Y que, cuando tenga que gobernar para todos, no gobierne sólo para el rebaño del Señor. Los que estamos condenados también queremos tener derechos, al menos mientras todavía pisamos esta Tierra.
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Tírame una chuchada. Pero con respeto...