jueves, 7 de junio de 2012

¿Profesionalerss o Profesionales? Consejos para un DT Complicado.

Soy profesional. Por mi trabajo, muchas veces requiero estar completamente alerta, despierto, con la mente ágil, para poder funcionar. Pero ha pasado que hay días en que sé que eso no será tan necesario. Y ha pasado que me he puesto a carretear un día miércoles y he llegado a la pega en un estado no adecuado, varias veces. Pero no ha pasado nada más.

Los pilotos de líneas aéreas comerciales tienen un estándar parecido, pero mucho más rígido. Tienen en sus manos las vidas de un montón de gente y, en consecuencia, no pueden tomar ningún riesgo cuando se suben a un avión. La mayor parte del tiempo se sientan y vigilan que el piloto automático haga bien la pega; pero los pocos minutos en que deben estar completamente alertas, lo están, sin titubeos ni lagunas. Aterrizar el avión es la parte más difícil de volar. Uno no puede después decir que estaba medio encañado y no logró concentrarse; que el fácil cálculo se te fue en collera o fallaste en una estupidez porque no estabas suficientemente lúcido. Eso te puede costar la vida. Y por eso, antes de un vuelo, y es más, dos días antes de un vuelo, un piloto no sale de su casa, no toma ni una copa: come, ve televisión, se acuesta temprano y descansa. Eso es lo que le exige el profesionalismo. Pero tres o cuatro días antes... Uf. El tipo puede despertar botado en una plaza, y no hay problema.

Y así pasa con todas las profesiones, incluyendo, fíjese, la de jugador de fútbol. Y en esto hay que ser claro en la distinción: el tipo que carretea todos los días, probablemente siga haciendo eso toda la vida. No será capaz de estudiar, de trabajar, de progresar en ningún sentido. Cuántos universitarios se pierden de esa forma; cuántos jugadores de fútbol sucumben ante la tentación de tomarse sus piscolas y no ir a entrenar, una y otra y otra vez, hasta que se auto condenan a jugar los domingo en la cancha de tierra por el Vicuña o el Lázaro y ser objeto de la admiración de los viejos que van a ver los partidos y que, ante sus fintas y golazos, comentan, puta, este cabro que habría sido bueno, podría estar en el Colo si no fuera tan carretero.
No nos extrañemos, todos lo hacemos, en una y otra medida. La diferencia entre los profesionales y los amateur, aunque suene ridículo, es que el profesional sabe cuándo puede tomar, cuándo puede darse una licencia, sin perjudicarse a sí mismo. Y el amateur, claramente no. La diferencia no radica en quién toma más y quién menos; está en saber cuándo tomar.

Y claro, un profesional del fútbol sabe que puede mandarse un carretito cuatro o cinco días antes de un partido. Sabe que lo puede hacer, porque lo ha hecho antes, y le ha funcionado. Porque, si no le hubiese funcionado, no estaría jugando en primera, o en el Colo, o en Boca, o en algún equipo de Europa. No sería titular indiscutido ni campeón en Italia. No sería baluarte en España. No sería perseguido y hasta paparazeado por otros clubes. Por supuesto que no. Si no supiera cuándo y cómo puede hacerlo, sería un pobre tipo, lo que sea que estaba condenado a ser saliendo de la población. Jamás habría llegado ni siquiera a jugar en Primera en Chile, como le ha pasado a tantos, quizás a demasiados jugadores extremadamente talentosos que se conforman con jugar por treinta lucas en el club del barrio, con el objetivo de salir campeón en la A del Zambrano o de la Cuarta Zona.

Como espectador, no puedo dudar de la profesionalidad de estos jugadores, ni siquiera de su compromiso con la causa, cuando son convocados a la selección que yo quiero ver ganar. Porque cuando el tipo entra a la cancha, corre igual o más que el resto, mete, hace goles, es un aporte. O bien no corre ni mete, pero es tan talentoso que no necesita hacerlo. Eso ya depende del entrenador. Entonces, surge la pregunta evidente para ese entrenador, el líder del equipo, el que determina quién juega y cómo juega: ¿es este sujeto necesario para conseguir el objetivo trazado? Sí, claro que lo es. ¿Es un aporte? Por supuesto. ¿Es reemplazable? Sí, claro, todos son reemplazables; pero preferiría no tener que hacerlo. Y la pregunta siguiente: ¿sabe usted que antes de jugar, dos días antes, para ser precisos, este jugador se tomó unas piscolas y se acostó a las cinco de la mañana? Umm, la verdad es que no, no tengo cómo saberlo. Tampoco me di cuenta, porque entrenó normalmente y luego rindió completamente en la cancha, a mi total satisfacción. ¿Entonces no tomará medidas en su contra? Y bueno, ¿debería tomarlas? Si el tipo hizo lo que tenía que hacer, lo que le pedí que hiciera, y lo hizo bien, ¿tengo que castigarlo?

Ah, pero si lo del carrete se sabe antes... Es otro cuento.

Obviamente esto tiene que ver con estos aparatajes sensacionalistas promovidos por los seudo-periodistas que inundan este país; maniobras destinadas a manipular la conciencia colectiva y fomentar el prejuicio y la condena popular. ¡Pero cómo un jugador de la selección carretea días antes del partido! ¡Pero cómo llega tarde a la concentración! ¡Una vergüenza, una ignominia! ¡Que le corten la cabeza, por Dios! ¡Cómo se atreve! Hay que sancionar la falta de compromiso, de ética profesional, de carácter, de prudencia. Hay que educar al jugador. No podemos contar con estos tipos para defender al país, ¡oh, rayo, cae sobre ellos; oh, Señor Entrenador, libera tu ira sobre sus cabezas!

Y es ahí donde el Señor Entrenador, enfrentado a las multitudes que claman por la crucifixión del jugador, se para frente a ellos y tiene dos opciones: lavarse las manos y entregarlo, o defenderlo y bancarlo. Si el Señor Entrenador considera que la falta del jugador afectará su rendimiento con miras al objetivo, probablemente decida sobre la base de su propia conciencia. En caso contrario, le dará su confianza y negará al pueblo (periodístico) el placer de crucificarlo; transformándose él, de paso, en sujeto idóneo para la hoguera.

Lamentablemente, el Señor Entrenador es bastante susceptible a lo que pide el pueblo (periodístico). Y está dispuesto a sacrificar el objetivo por su deseo de satisfacer el deseo de esos palurdos y quedar relativamente bien con ellos, para no ser él también uno de los crucificados. Por qué es tan susceptible al pueblo, no se sabe bien. Probablemente porque el Señor Entrenador anterior era mejor que él, probablemente porque las cosas no se han dado tan bien como antes; probablemente porque el equipo no juega a nada y si no fuera por las individualidades, estaríamos como Bolivia.

Y claro, llama la atención que el Señor Entrenador diga que a sus jugadores los banca hasta la muerte, cuando minutos antes, ha hecho todo lo contrario. Si confía en ellos, deberá confiar en sus decisiones y defenderlos, porque son necesarios para conseguir el objetivo. Déjalos que hablen de nacionalismo y compromiso y amor patrio y orgullo de defender la camiseta y todas esas pelotudeces que nadie sabe bien qué significan. A ti no te sirven los más comprometidos, porque ni siquiera tienes juego de equipo: te sirven los mejores. Qué se le va a hacer. No te puedes dar el lujo de perder jugadores, por el bien tuyo y el bien del país.

Sería entonces hora de que cerraras las puertas del complejo y dejaras afuera al pueblo (periodístico), que con antorchas, lanzas y hoces en las manos, gritan para que les entregues a los Frankesteins que hay dentro. Sería bueno que los defendieras, que los conocieras y tomaras, concientemente, las medidas necesarias para no exponerlos y protegerlos de esa horda; para que aquello que ellos ven como un pecado, y tú, como algo intrascendente, no te obligue a tomar decisiones que sabes que no quieres tomar. En pocas palabras, sería bueno que fueses inteligente, y que, falladas las medidas de prevención, y enfrentado a la ingrata decisión, efectivamente confíes en tus jugadores "hasta la muerte" y te hundas con tu barco. Porque al final del día, nos guste o no, el capitán del barco, el que lo maneja, el que decida dónde va y a que velocidad anda, eres tú.


  

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