viernes, 5 de abril de 2013

La Crucifixión

"Ya matamos a uno. Ahora viene el siguiente".
Frase que podría salir del guión de un western, o de una película de Quentin Tarantino. De la boca de Beatrix Kiddo, quizás. Pero no. Salió de la boca de un parlamentario -"honorable", como se han autodenominado- luego de lograr la aprobación de una acusación constitucional contra el Ministro de Educación, por un supuesto "notable abandono de deberes" (nótese la contradicción entre las palabras "supuesto" y "notable").
¿Sería hora de entrar a analizar el sustento de la acusación constitucional bajo la luz de lo establecido en la Constitución y las leyes? Sí, claro. Evidente, dirán algunos. Pero no: no es necesario porque, como muchos ya han advertido, se trata de un "juicio político". Y en política, hoy en día, no se necesitan "argumentos" para atacar a alguien, ¿verdad? Basta con que sea del partido opositor. Razones para acusarlo se encontrarán y sonsacarán en el camino. Dejemos a los abogados, o a los guionistas, que se preocupen de eso. Contratemos a alguien de Pixar, a los hermanos Wachowski. Ellos tienen imaginación.
De todos modos, tratemos de hacer el ejercicio. 
La acusación contra el Ministro de Educación se puede resumir, básicamente, en lo siguiente: usted está obligado a hacer aquello que ni la Constitución ni las leyes lo facultan a hacer (lo cual no es importante). Estuvo obligado desde que entró en funciones, pero no cumplió con su obligación a tiempo. Prueba de ello es que encontró una forma de hacerlo con relativo éxito respecto de una universidad, sin infringir todas las normas aplicables al asunto. O sea, siempre pudo hacerlo. Lo que pasa es que no quiso.
Si costó entenderlo, no se preocupe: así es. Tan confuso, vago y contradictorio como la declaración de un mafioso ante la policía. Por eso partimos diciendo: los argumentos, el "fondo" de la acusación constitucional, es totalmente irrelevante. Aquí no estamos discutiendo temas legales, no se engañe; no estamos en el nivel de la Constitución y las leyes. Ni siquiera estamos en una discusión técnica. Aquí estamos en una discusión “política”. Y ya habrán advertido que la política hoy se maneja de la misma forma que la farándula; sólo cambian los actores. Que la Matthei dijo esto y que Andrade dijo esto otro; vamos a preguntarle a Fulano a ver qué opina de lo que dijo Sultano, quien claramente no estaba informado ni sabía de lo que hablaba pero qué importa, suena bien. Y vamos dando discursos simplificados para que la gallada los entienda; sale la Vocera hablando en twitter y viene otro que la trollea, y luego uno del otro lado que trollea de vuelta, y cuando están en las comisiones se ponen los dedos en las orejas y empiezan “no escucho, no escucho”, cuando el otro está hablando. Y Bachelet que no responde preguntas, como un futbolista que se niega a dar declaraciones a la prensa a su llegada al país, porque alguien dijo que hacía pocos goles o se ganaba muchas tarjetas.
Eso es nuestra política, lo queramos o no. Una política que se ha transformado en una pichanga entre derecha e izquierda, donde nosotros somos la pelota. Qué golazo el de la Concertación de ayer, ¿eh? Sí, claro. La colocaron en el ángulo. Ahora la pelota está al medio de nuevo, esperando a que den el pitazo inicial.
Ahora aparecen los políticos pregonando que esta es una victoria ciudadana. Y lo más terrible: aparecen los ciudadanos confirmándolo. “Chao Beyer”, “Fuera Beyer”, como si fuese un logro de la causa. No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que no es así. No hay que ser cientista político para percatarse que “mejorar la educación” ni siquiera es una finalidad secundaria en esta clase de acciones. No hay que ser clarividente para darse cuenta de que, cuando aparece Rincón o Silber diciendo que esto es un “paso más hacia una mejor educación”, es en realidad la última de sus consideraciones. No hay que ser hombre de negocios para no comprarse el cuento.
Nada ganamos con lo que ha ocurrido. Nada. La historia así nos lo ha enseñado. Otros se han ido antes, de derecha e izquierda, y todo ha seguido igual. Como lo hace con cierta periodicidad, el mundo político ha ofrecido un sacrificio para saciar la sed de sangre de la ciudadanía. Han designado uno entre sus pares y han decidido despedazarlo públicamente. “Hemos escuchado sus quejas y demandas”, dicen. Y es lógico: hay que apaciguar al “pueblo”. Un poco de sangre los tranquilizará por un tiempo. Y mejor: el corazón de un opositor es sincera ofrenda para obtener los favores de su parcialidad. Ahora pensarán que somos sus aliados. Doble ganancia. Win win.
Lo que ha ocurrido es que la Concertación anotó un gol en la pichanga. Pero nosotros no somos la pelota: debemos ser los árbitros. Nosotros decidimos si el gol vale o no.
Hay que despertar. Da la impresión de que muchos lo han hecho; pero quedan varios, la mayoría, que no. Irónicamente, cerca de Semana Santa, se ha crucificado a pobre personaje, un chivo expiatorio, para limpiar los pecados de la clase política; pero no es suficiente, ni era necesario. Es más: siento que mi molestia se ha acrecentado. Porque nuevamente el político se viste de amigo, de consejero, de verdadero y leal representante, y me quiere vender esto que es como un seguro de vida usurero en las manos de una niña linda. Me quiere ver la cara de idiota. Y no soy idiota.

Yo soy su amigo, déme la mano. Vamos. Una sonrisa perfecta en su rostro; el pelo revuelto -dentro de todo, ha luchado por mí. Venga, ¿vio que lo ayudé? Déme su voto y lo ayudaré más. Eso, si es sólo una línea. Aquí, al lado de mi nombre. Eso es. Muchas gracias. Ahora entrégueme el lápiz, no sea aprovechador. ¡Hable bien de mí, eh! 



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