miércoles, 7 de mayo de 2014

Por la defensa de la educación

Mi madre estuvo a punto de colocarme en un colegio público.
Me recuerdo pequeño, del tamaño de un grifo, más o menos, quizás más pequeño incluso, yendo de su mano por calle Matucana —que yo no sabía que se llamaba así, apenas tenía consciencia de dónde andaba; pero era lejos, lejos de la casa, aunque tampoco tan lejos—, entrando en ese colegio que siempre pensé, aunque en eso me guío por mi falible recuerdo, que estaba en una esquina, que era como un cine antiguo o una especie de iglesia, y que ni siquiera hoy sé bien cómo es ni dónde queda. Entré en ese colegio, algo espantado por esa nueva vida que empezaría pronto, no tanto porque tuviera miedo de las clases y los profesores, sino porque, incluso ahí, a mis siete años, me daba cuenta de que no me sentaban las muchedumbres desconocidas y no me apetecía tener que empezar a compartir con otros niños. Tal como hoy, sin embargo, el espanto y la reticencia estarían condenadas a esfumarse, o al menos a refugiarse tras una apariencia de normalidad, esa que a veces me sale bien y otras, cuando no estoy muy afinado, no tanto, como me pasó en el colegio.
Recuerdo entonces haberme paseado por el patio y luego haber entrado a los baños. Eran, me dice mi recuerdo, asquerosos. No sé qué tanto lo habrán sido, pero es lo que más nítidamente vuelve a mi mente: no los baños en sí, que no me acuerdo de cómo eran, sino haber pensado que eran simplemente asquerosos y que la perspectiva de orinar todos los días ahí me parecía insoportable. No había mucha opción, sin embargo. Qué iba a saber yo de a qué colegio podía ir ni a qué podía aspirar ni por qué mi madre había decidido colocarme en ese colegio y no en otro. Creo que me lo dijo, esa vez, y después me lo repitió: no había otra opción. Era lo que había. Familia pobre, sin mucho para pagar un colegio de los subvencionados ni menos uno privado, pero expectante de algo mejor, de alguna cosa que pudiese ponerme aunque fuese en el último vagón de la movilidad social, como espera toda familia pobre, o de clase media, que tiene que luchar para sobrevivir o tener un pasar relativamente cómodo, aunque modesto.
No me gustaron los baños y mi madre lo supo. No sé si por eso, aunque creo que no, me llevó a otro colegio. Ahí, tal como en el anterior, me hicieron una prueba, que no recuerdo cómo fue. De hecho, apenas me acuerdo de que me hicieron una. El ambiente en ese colegio no me pareció muy distinto al del otro, y aunque los baños tampoco me generaron una muy agradable impresión, al menos en ese lugar se podía hacer pipí sin tener que taparse la nariz. Tenían un juego, también... Una cosa como una pera de cuero hinchable que colgaba de una cuerda larga y se amarraba a un fierro, y que dos niños golpeaban de un lado a otro con sus puños hasta que alguno no lograba expulsarla de su lado y la pera se enredaba inexorablemente en el fierro tras él, dando cuenta de su derrota y permitiendo la entrada del siguiente contendiente. El "espíribol", me dijeron que se llamaba. Vaya amigo ese. Doce años jugando con la pera de cuero hinchable, hasta diseñando estrategias para salir más victorioso.
El colegio en cuestión era particular subvencionado. Pequeñito, escondido en un barrio de Estación Central, con un patio del tamaño de dos canchas de baby fútbol, una biblioteca donde sólo cabían los libros y nada más. Católico. Administrado por una congregación religiosa. Creo que el copago era de unos 500 pesos de la época. Pero un buen colegio. Educación de calidad por un muy bajo precio. De otra forma, no habríamos podido costearlo. Mi madre se puso contenta cuando me aceptaron, porque tenía más confianza en ese establecimiento que en el otro. No se equivocó. 
Doce años después, entré en una sala donde me encontré con un montón de gente desconocida, casi todos de mi misma edad. No sentí pánico ni espanto. Entré ahí sabiendo que estaba en condiciones de competir de igual a igual con cualquier sujeto que se sentara en esas sillas. No me importaba si venía del Instituto Nacional, del Alonso de Ercilla, del Sagrados Corazones o de alguno de esos colegios de Las Condes. Qué me iba a importar. No estaba preocupado de ellos. Ya sabía que, si me iba bien en la PAA, podría estudiar gratis en la Católica.
En mi colegio, particular subvencionado, y especialmente en los últimos cuatro años, me encontré con profesores que marcaron mi vida. Nunca me gustaron mucho las matemáticas ni las ciencias, pero tuve profesores que habían abandonado carreras mucho más lucrativas, en laboratorios o centros de estudio, por enseñar. ¿Habrían logrado tener la misma influencia en un curso que no tuviera al menos la expectativa de moverse socialmente? No lo sé, pienso que no. Un caso especial fue el del profesor de inglés... Agobiado por la necesidad de trabajar demasiadas horas al mes en distintos colegios para tener un sueldo decente, no estaba particularmente preocupado de que los alumnos aprendieran y, hay que decirlo, mis compañeros tampoco estaban particularmente interesados en aprender. Para qué querían saber inglés si en Chile se hablaba español. Yo me di el tiempo de aprender, y mientras los demás han tenido que tomar curso tras curso de inglés para llegar a un nivel aceptable, yo saqué 115 puntos en el TOEFL sin siquiera estudiar. 
Yo, y algunos más, logramos desentendernos de ese ambiente libertino que se armaba en sus clases y aprender algunas cosas. Pero, ¿qué pasa cuando, en una sala, en un colegio, todos comparten la misma desesperanza, el mismo desasosiego, esa sensación inquebrantable de que todo eso da lo mismo, que no hay forma de que se pueda optar a algo más en términos socioeconómicos y la única razón de ir a clases es porque se está mejor que en la casa o te dan almuerzo? ¿Cuál es la motivación de un profesor cuando tiene que luchar contra ese desasosiego, que a veces se vuelve hasta violento, por un sueldo miserable? Esperamos que un profesor haga maravillas, pero se nos olvida que por algo las maravillas son tales. En el mejor de los casos, un profesor puede echar de la sala a cuarenta alumnos y dejar dentro a cinco que quieran aprender. Ya eso sería una ganancia. ¿Cómo se mejora de esa forma? ¿Habría yo, de haber pasado por eso, estado en condiciones de sentarme en esa sala, doce años después, con la misma —casi arrogante— seguridad, esperando tener puntaje nacional? No lo creo. Quizás sí, y quizás no. Simplemente no lo creo. No fui el único, tampoco. ¿Habrían gozado de la misma suerte mis compañeros? Probablemente no. ¿Qué habría sido de mí si mi madre hubiese tenido que colocarme en el otro colegio, o en alguno de los que quedaban cerca de mi casa, forzada por un sistema que no permite, al menos, que a su hijo se le entreviste y se le mida por su talento, y no que se le descarte en un sorteo como si fuera una bolita del Loto? 
Lo que diré ahora sonará como el clásico comentario medio "resentido", de clase contra clase. No hay otra forma de decirlo. Mi madre, mujer pobre, siempre lo supo y por lo tanto, siempre lo quiso: yo debía tener una buena educación, a como diese lugar. Si hubiese tenido que vender un riñón por ello, lo hace. Cuando pregunté qué pasaría si no me ganaba la beca para estudiar en la universidad, se limitó a decirme que eso no pasaría pero que, si pasaba, trabajaría hasta morirse para pagar la carrera. Y yo me dije que podía porque tenía las condiciones y había adquirido las herramientas. Ya en la universidad, compartiendo con gente tan distinta, nunca me sentí un outsider, aunque en la práctica lo fuese. Sólo esperé que se me juzgara por mis méritos. 
Esa es, señoras y señores congresistas, señor ministro, señores asesores, lo que espera una persona honesta y esforzada de clase media. No espera que le regalen nada ni espera que alguien llegue con una solución mágica para la pobreza. Espera que su trabajo sea recompensado y que se lo juzgue por eso, por sus méritos, por su esfuerzo. Porque, más que ver a un sujeto en un Porsche, a mí me genera más sensación de inequidad ver que alguien que no ha trabajado por ello, reciba beneficios que sólo debiesen recibir quienes sí lo han hecho. No queremos que nos regalen nada; queremos que nos dejen en paz. Queremos tener la posibilidad de que se nos juzgue por nuestros méritos y talentos y no que se nos ponga en una tómbola y se nos diga que debemos ir a tal o cual colegio porque en aquellos donde podríamos optar a un mejor futuro, los cupos se llenaron con los afortunados ganadores de una lotería infame. No espero que usted, señor congresista, señor ministro, viniendo de donde viene y habiendo estudiado donde estudió, pueda entender lo que quiero decir. Y si puede entenderlo, que pueda comprender cómo se siente. 
Me imagino de nuevo como el niño que odió el baño del colegio y, sin quererlo, tomó una decisión que marcó su vida. Me imagino un gobernante que nos obligue a todos a usar el mismo baño, porque eso es lo justo, esperando ridículamente que de esa forma el olor va a desaparecer. 

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