El ideario liberal contemporáneo indica que los derechos individuales son esferas intocables donde la personalidad no debe ser coartada por las leyes. En otras palabras, que en ciertos aspectos de la vida y respecto de ciertas materias, los individuos son libres de decidir como les plazca y el Estado no sólo debe mantenerse al margen de tales decisiones, sino que debe establecer los mecanismos que se requieran para asegurar el ejercicio de dicha libertad.
Las decisiones que caen dentro del alcance de esta "esfera de personalidad" son, precisamente, aquellas que uno considera de manera intuitiva como "personales", desde la religión que elegimos (de elegir alguna) hasta la persona con la que nos casamos (si decidimos casarnos). Por supuesto, decisiones que parecen bastante irrelevantes, como tomarnos un helado (en cono o en vaso) o bebernos una coca cola (o una pepsi), caen dentro de tal esfera. No parece haber problema al respecto; nos da la impresión de que la decisión de tomarnos o no una bebida en un día de calor es, en realidad, problema nuestro y de nadie más. Gastarnos la plata en un PC o en un Mac, pagar la entrada más cara para ver a Morrissey en el Movistar Arena (o a Arjona, el Morrissey latino), comparar a Morrissey con Arjona, comprarnos calzoncillos o gastarnos la plata en piscolas, pagar la mensualidad del colegio o irnos de putas un viernes en la noche. Todas estas son decisiones personales respecto de las cuales es habitual que la gente responda, con irritación, "y a ti qué te importa", si alguien llegase a cuestionar su conveniencia. No es tu problema, viejo. Es problema mío lo que hago con mi plata, con mi cuerpo, con mi auto, con mi familia, con lo que sea. Mientras no dañe a nadie más, pues no tienes nada que decir al respecto. Y eso va tanto para los metiches de turno como para la sociedad en su conjunto; vale decir, para el Estado.
Eso está bien. Adhiero al ideal liberal y me parece que es un punto de partida. Al hombre le debe estar permitido buscar su propia forma de ser feliz, mientras sus decisiones no provoquen un mayor daño a los demás. En esto estamos de acuerdo.
¿Debería entonces el Estado decirle al dueño de un restorán que no debe colocar un salero en la mesa? ¿O que debe regular la cantidad de sal que pone en los platos? ¿Que debe evitar también colocar azúcar en la mesa? ¿Que las papas fritas deben ser menos fritas y las longanizas del choripán, bajas en grasa y sodio? ¿No son acaso estas las materias en las cuales uno generalmente dice, "viejo, esto es problema mío, no tuyo"?
En ciertos temas, el asunto se complica ¿Podría CHV mostrar películas pornográficas a las 4 de la tarde? ¿Podrían los supermercados vender cigarros y copete a un escolar de doce años?
Estas discusiones no son nuevas y no pretendo sumergirme en ellas con detalle. Sólo deseo hacer un punto en relación con el consumo de alcohol y de cigarros (y eventualmente marihuana, si se llegara a permitir su comercialización). Fumarse o no un cigarro es, en verdad, problema de uno. Se transforma en un problema de otros cuando se fuma en un lugar público, puesto que el ejercicio de la libertad de fumar colisiona con el derecho de otros a permanecer en un ambiente libre de humo, y como ya sabemos que el humo ese podría ser dañino, pues entonces lo más lógico es que el legislador, actuando como distribuidor, prefiera otorgar preferencia a los no fumadores, en consecuencia restringiendo la libertad de los fumadores. No me parece que esto sea malo; es lo que corresponde.
Ahora, si uno, siguiendo el ideario liberal, defiende a ultranza el derecho a hacerse pedazos el hígado o los pulmones, fumando o tomando, sería justo también que esas mismas personas acepten, como en general se hace, los efectos de sus propias decisiones sobre ellos mismos. El legislador habitualmente (e idealmente) interviene sólo cuando hay efectos dañinos respecto de terceros, pero (en teoría) no debería intervenir cuando los efectos se dan en la misma persona que ejerce su libertad. Si usted decide fumar dos cajetillas diarias y le da cáncer o enfisema, pues bueno, usted se lo buscó. Ahora, ¿por qué la sociedad, este Estado en que vivimos y que somos todos (y que se financia con la plata de todos), debería hacerse cargo de una enfermedad que usted se buscó libre y deliberadamente, con pleno conocimiento? Si le advertimos, tratamos de hacerle cambiar de opinión, pero usted se negó una y otra vez a abandonar esa práctica que le agradaba tanto, ¿por qué deberíamos hacernos cargo de su enfermedad? ¿Por qué de pronto algo que correspondía a su esfera privada, intocable, inalienable, pasa a ser parte de la esfera pública, donde no sólo se permite, sino se exige que el Estado intervenga? ¿No parece esto algo injusto e inconsecuente?
No pretendo promover el abandono estatal de aquellos que han decidido exponerse a un riesgo en el ejercicio de la libertad de manejar su vida de una forma peligrosa o insalubre. Creo que el punto es otro. Mi observación final, la que me ha atrapado estos últimos meses, es que en Chile la clase política —y la sociedad en general— adolece de un problema de consecuencia. Las pisadas de cola —usualmente desapercibidas por sus mismos perpetradores—son habituales. Se rechaza un argumento o una idea sobre la base de un principio, pero en otro tema donde éste es igualmente aplicable, se hace vista gorda. Quizás esa sea la razón de que en Chile ya no haya buenos políticos. No hay consecuencia. Son todos amarillos. Todos tienen doble estándar. Todos se traicionan a sí mismos. Y eso comienza a ser terrible.

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