Ella bailaba, o hacía como que bailaba, a un costado de la pista, como temerosa de ocupar demasiado espacio con aquellos aspavientos que difícilmente podrían, en ese lugar, considerarse un baile. No había que ser adivino para darse cuenta de que no pertenecía por esos lados. Curiosa, pero ligeramente intimidada, observaba a sus alrededores como un perrito perdido en medio de una calle transitada; su pelo rubio, casi incandescente, suelto; el vaso en la mano, lleno hasta la mitad de un líquido negruzco que daba una cierta impresión alcohólica no tanto por su aspecto, aunque transparente, sino por la mueca de desagrado que ella esbozaba cada vez que le daba un sorbo.
No era de por ahí, estaba claro. Su actitud, su pelo, sus ojos azules, su aspecto esbelto la delataban. No era de esos lados y era todo lo que importaba. A él no le interesaba saber de dónde era, ni qué idioma hablaba, ni qué andaba haciendo por esos lados, en ese país. Sólo importaba que estaba ahí, sola, quizás acompañada desde lejos por un grupo de amigos, quizás observada ávidamente por unos cuantos más lugareños que ya habían detectado una posible presa de sus repetidas y conocidas tácticas de seducción.
Él no necesitaba hablar con ella. No necesitaba intercambiar palabras; qué lenguaje aquel más sobrevalorado, que exigía tanto y expresaba tan poco. No, él había superado las palabras, estaba por sobre ellas. A él le bastaba un movimiento de sus labios, uno de sus ojos y otro de sus caderas para lograr atraer la atención de quien quisiera, sin importar su idioma y su nacionalidad. Sólo un quiebre de cintura, una mirada fulminante, la mano sobre la cadera y listo. Luego una sonrisa, y otra de respuesta; la mano se posaría sobre su hombro, y luego detrás de su nuca y, en un movimiento repentino, todo estaría consumado. El lenguaje del amor, le decían algunos. El lenguaje de los estúpidos, lo llamaba él.
Así que, cuando presintió que era el momento adecuado, se acercó a ella con la gracia de un fantasma. Y como un fantasma se metió en su cabeza y poseyó su corazón, de inmediato, sin que ella siquiera se diese cuenta. Levantó la vista, sorprendida, y presenció su caminata hacia ella, sus ojos profundos, misteriosos, su pelo peinado hacia atrás, remojado en lujuria; sus hombros anchos, su cuerpo geométrico, el pequeño triángulo que se formaba entre el cierre de la camisa y su cuello, oscuro, frondoso, de un vello tan hirsuto y azabache como su mirada.
No se dijeron nada. Él le arrebató suavemente el vaso de la mano y lo reemplazó con la suya. Luego la tomó de la cintura, sonriendo, y dieron varias vueltas, siguiendo el ritmo, como un torbellino. No fueron sino unos cuantos segundos, pero a ella, perdida en sus ojos, arrebatada, sintiendo un breve estallido de pasión en su estómago, y el sabor de la música acoplándose con el tamborileo de su corazón, le parecieron horas. Horas con él, en la calle, en la cama, amándose. Horas de ese hombre que no parecía hombre, que era como la noche, que llegaba y se iba de improviso, que la abrazaba y comprendía completa, sin dejarla huir, sin darle salidas; que la iluminaba con esos ojos que eran como la luna; que la aprisionaba en su aroma a perfume y ese solapado vapor animalesco que se colaba a través de su camisa. Ese hombre que, rápido como un león, le había robado, por un momento, toda compostura, toda dignidad, toda inhibición. Así la dejó ir, bailando en una nube. Fue como un viaje sobre una alfombra mágica, le diría a su amiga, antes de comprender lo que había pasado, camino al taxi.
Después de besarla, cuando ya todo había concluido, él se alejó sin decir adiós, rápido como había llegado, como un huracán. Era curioso, porque así le apodaban: el "huracán". Salió a la noche tibia, fuera del bar, y se subió al auto. Revisó lo que tenía en sus manos: treinta mil pesos, algunos dólares, unas cuantas tarjetas y una licencia de conducir. "Julie S. Sandford", decía. La muchacha sonreía en la foto.
Después de besarla, cuando ya todo había concluido, él se alejó sin decir adiós, rápido como había llegado, como un huracán. Era curioso, porque así le apodaban: el "huracán". Salió a la noche tibia, fuera del bar, y se subió al auto. Revisó lo que tenía en sus manos: treinta mil pesos, algunos dólares, unas cuantas tarjetas y una licencia de conducir. "Julie S. Sandford", decía. La muchacha sonreía en la foto.
Echó un resoplido; no era lo que esperaba.
Pero en fin. No estaba mal para una noche de trabajo.
Pero en fin. No estaba mal para una noche de trabajo.
Bravo! Que buen cuento, me gustó mucho. Lo compartiré!
ResponderEliminarUn abrazo
CésarMoz