El desayuno está servido. Esta mañana es el turno de los scones, que han servido con mermelada de frutillas y algo de crema. No están mal, piensa. Todo lo demás, las tostadas, el café pasado por agua, el té barato, las frutas añejas, ya lo ha probado y no tiene interés en comerlo de nuevo. Se quedará con los scones, que —es raro, sigue pensando— están bastante buenos. Esponjosos, de corteza algo crocante, con el punto justo de azúcar.
Necesita beber algo. Mira el café con recelo, pero de todas formas vierte un poco en una taza y se lo bebe de mal gusto. Probando el sabor agrio de la bebida en la lengua, siente deseos de fumarse un cigarro, pero recuerda que todos esos lugares son ahora “libres de tabaco” y tan pronto como encienda un porro llegará un empleado a decirle, con ese tono melifluo propio de los sirvientes que le parece insoportable, que por favor lo apague, que está prohibido y blah blah blah.
Se entretiene entonces mirando el mapa de la ciudad. A ver. Amsterdam no es tan grande, con unas cuantas horas podría recorrer casi todas sus atracciones sin ningún problema. Chequea la billetera y halla un pase de turista. Espléndido. Hasta podría evitarse caminar. Le haría bien, hace un calor de un demonio. Por lo demás, no está demasiado interesado en conocer los lugares típicos de la ciudad; no le agradan las aglomeraciones, los turistas con sus cámaras y mapas gigantes generando atochamientos en las estrechas veredas que rodean los canales, sacando fotos desde los botes o haciendo filas interminables para entrar a lugares tan insípidos como la casa de Ana Frank. Quién diablos fue Ana Frank de todos modos; estaba seguro de que era un personaje de ficción, como Luke Skywalker o el Inspector Rousseau. Prefiere sentarse en un parque, o a tomar una cerveza en la calle. Ver a la gente pasar. Imaginar sus vidas. Simular que los conoce. Aparentar que son amigos de toda la vida que, extrañamente, ya no se recuerdan.
Mira por la ventana y nota que el paradero del tram se encuentra a unos cuantos metros del hotel. Perfecto. Se echa en la boca el último pedazo de scone que le queda en el plato y se larga sin dejar propina. El empleado le lanza una mirada rápida que le parece acusadora, pero no se preocupa de él. Que piensen lo que quieran. Primero, a la pieza a echar una meada y lavarse un poco la cara, que seguramente le cuelga sobre el cráneo. Apenas ha dormido. Luego, a la ciudad.
Toma el ascensor y luego de dos minutos está parado frente a la habitación 404. El letrero de “No molestar” cuelga sobre el picaporte de la puerta. Desliza la llave electrónica por la cerradura y entra. La habitación está fresca; ha dejado el aire acondicionado encendido. No resiste la tentación de echarse sobre la cama y mirar un poco la televisión. Se aburre pronto. No hay más que canales holandeses y alemanes y no entiende ni una mierda de lo que transmiten. Un palurdo de unos cincuenta años con aspecto de rockero presenta canciones en un canal de videomúsica. Qué sujeto más ridículo.
Apaga la televisión y entra al baño. Con parsimonia, se baja la cremallera y deja que su pene fláccido se asome por el pantalón, frente al retrete. Intenta expulsar el chorro de orina que pugna por salir, pero no lo logra. A su lado, un sujeto lo observa desde la tina. Sus inmensos ojos azules parecen fijos en su miembro, expectantes del líquido que está por emerger. Su boca, ligeramente abierta, le da a su rostro una curiosa expresión de asombro. Su brazo desnudo cuelga por fuera de la tina y se hunde en una poza violácea.
Corre la cortina con un manotazo violento y vuelve a concentrarse en la orina. No puede mear si siente que alguien lo mira. Nunca ha podido.
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