La situación en Rusia es insostenible. Así me dijo Diego, antes de subir al avión. La situación en Ucrania, no en Rusia, querrás decir, lo corregí yo. Ucrania, Rusia, Checoslovaquia, Turquía, da lo mismo. La situación en el este de Europa. Todo eso es insostenible. Se viene la tercera guerra y que nos ayude Dios, no estamos preparados. ¿Qué vamos a hacer?
Sí, claro, qué vamos a hacer. A seguir viviendo nuestras vidas, no más. Qué se le va a hacer.
No noté que su pelo había adquirido una tonalidad extraña, medio dorada, hasta que nos bajamos del avión en Reyjkavik. Ahora hablaba de temas más triviales, cosas como la insólita coincidencia de habernos topado con la mujer del café en el último paseo a Amsterdam, cuando la vimos primero tomándose una cerveza en un local del centro de la ciudad —nos llamó la atención, era bastante bonita y nos quejamos de que en nuestros respectivos países las mujeres fuesen tan feas y engreídas (se juran minas y son terrible’ feas, fue el comentario puntual de Diego, que se había transformado en una especie de hoja de marihuana parlante para ese entonces, ya transcurridos un par de días caminando por los canales interminables de Amsterdam). Captamos la atención de la mujer, que era alta, delgada, tez blanca y ojos azules, de grandes caderas y lindos pechos. Una belleza como sólo Europa puede concebir, concordamos. Nuestras miradas se encontraron de manera tímida y fugaz al menos un par de ocasiones. Uno siempre piensa que eso es una señal de atracción, pero puede que sea simplemente miedo, desprecio, extrañeza. Quizás la mujer piensa que la vamos a secuestrar, con esta pinta que tenemos. Sudacas de mierda apestosos. Después nos topamos con ella en el vagón del tren que iba al aeropuerto, y eso debió ser unas dos horas después del primer encuentro, así que comenzamos a elucubrar sobre teorías del destino. Las conjeturas sobre un plan divino que la involucraba a ella y a alguno de nosotros, al menos, o quizás a los dos, quién sabe, se confirmaron, al menos en nuestras mentes, cuando la vimos tomar el mismo avión hacia nuestro destino de aquella oportunidad, que debía ser Londres. Nos bajamos del avión y ella desapareció, quizás porque los europeos tienen la sana costumbre de separar a los miembros de la CE con la chusma de otros continentes al entrar en inmigración.
Y ahora nuevamente la vimos, la misma mujer, en nuestro viaje a Islandia. Claro que lo notó, por supuesto. Nos preocupamos de que nos viera. Por más que tratamos de aparentar relajo, nos reímos y creo que ella también se rió. Esto es el destino, es el destino, seguía repitiendo Diego al bajarnos del avión y entrar en policía internacional. Al oficial le tomó un rato reconocerlo como el sujeto que aparecía en la foto del pasaporte, pero finalmente lo dejó ir.
De nuevo la perdimos a la salida del aeropuerto. Debió tomar un taxi y nosotros decidimos usar el bus que nos llevaría al centro de la ciudad. Creo que a Diego lo afectó más, porque se quejó con un suspiro y luego empezó a hablar de la baja tasa de criminalidad en Islandia y la escasa densidad poblacional, un factor que hacía imposible comparar los niveles de igualdad y desarrollo del país con el de otros países en crecimiento —algo habitual en varios políticos de nuestro país que siempre toman a Islandia como ejemplo de cómo hacer las cosas bien—. Claro, si tienes trescientos mil habitantes, es re fácil tener más igualdad y mejores condiciones, esto es como una comuna de Santiago, imagínate, toda esta isla de mierda es como una comuna de Santiago y así de ninguna forma se puede comparar nada. En qué están pensando estos políticos. Eso decía Diego cuando pasamos a buscar la camioneta con la que recorreríamos parte del sur de Islandia, los glaciares y montañas y volcanes y geysers y todo eso que había que visitar. Nos pareció que, al llegar a la oficina de la empresa, alguien salía en una camper… Y nos pareció que era ella, la mujer de Amsterdam, aunque creo que ya para ese entonces estábamos tan obsesionados que empezamos a tener visiones. Si hasta me parecía que Diego se había achicado un poco y su nariz se había hecho más prominente y redonda en la punta, señal clara de que no estaba yo en mis cabales.
Pedimos la camioneta y Diego informó, en perfecto islandés, que visitaríamos Seljalandsfoss y Eyjafjallajölkull, entre otras atracciones. No lo dijo todo en islandés, sólo los nombres de esos lugares que para mí seguían siendo impronunciables. El guía se sorprendió. Luego nos dieron las llaves, tomamos un par de mapas y a la ruta nos fuimos, preocupándonos primero de comprar una tarjeta de datos para poder ubicarnos usando el Ipad (no fue necesario, sólo había una carretera principal y Diego siempre sabía dónde doblar y dónde ir). Seguimos conversando de la contingencia nacional, pero luego pasamos a temas más personales, como el rechazo que Diego estaba experimentando a la vida de adulto, a pesar de sus ya treinta años. Prefería vivir con su madre y trabajar esporádicamente, sin amarrarse en nada y sin contraer mayores deudas, salvo para viajar. Lo ayudaba en su libertad. Pero en algún momento habrá que sentar cabeza y pensar en algo más, le dije yo, y sí, en algún momento, creía él, pero no ahora, en un tiempo más. Manejamos varias horas, pero en un momento tuvimos que detenernos a pasar al baño y tomar un café. Después seguí conduciendo yo, porque a Diego le estaba costando demasiado alcanzar los pedales y no lograba ver bien por sobre el manubrio. Nos detuvimos luego en algunas cascadas y me reí al notar que las ovejas huían despavoridas al vernos. Era divertido verlas correr. Para cuando llegamos al cruce del primer camping, se había puesto a llover a cántaros y cayó una neblina espesa que apenas me dejaba ver el camino. Me tranquilizó la visión de Diego a mi lado, indicándome por dónde seguir con completa calma y contándome historias del lugar… Esto va para el volcán no sé cuánto, esta carretera se usaba para no sé qué durante la segunda guerra, acá había un pueblo llamado quién sabe cómo que luego emigró a otra zona, y así.
A pesar de la lluvia, seguía habiendo luz. En Islandia la luz nunca se extingue en verano. Siempre el cielo se mantiene claro, como en los momentos iniciales del amanecer, antes de que el sol aparezca en toda su plenitud. Dimos con el camping y, luego de hacer el trámite para quedarse, elegimos un lugar para quedarnos. Ya era algo tarde y casi no había gente despierta. Por suerte, la lluvia paró y pudimos prender algo de fuego para cocinar algo. Tomamos pisco y terminamos hablando de la mujer de Amsterdam, imaginándonos que estaba también ahí, en ese mismo camping. Miramos alrededor, buscando la camioneta que vimos en Reyjkavik, y nos pareció divisar una parecida, al otro lado del camping. Nos reímos como niños ante la absurda esperanza de nos topásemos con ella. Sería extraordinario. Por supuesto que hablaríamos con ella, claro. Lo malo sería que tendría que quedarse sólo con uno de nosotros, que estábamos igual de interesados por ella. Yo dije, entre broma y en serio, que entre alguien como yo y un sujeto de poco más de un metro, narigón, de cabeza grande, pelo dorado y voz aflautada, pues no tendría ella muchas dudas al elegir.
Diego entonces alzó la vista y, bajo el destello de la fogata, me pareció que sus ojos tenían un brillo asesino. Se quedó mirándome y, aunque yo traté de aparentar relajo, comenzó a murmurar algo en islandés, que por el tono debió ser una especie de amenaza. Me sonó como un embrujo. Con toda la naturalidad que pude fingir, me levanté y fui a buscar algo a la camioneta. Abrí la puerta y me metí adentro de un salto, accionando el cierre centralizado. Diego comenzó a darle de golpes al vehículo, remeciéndola, chillando cosas que no pude comprender. Luego abandonó sus ataques y lo vi corriendo como un animalillo verdoso, perfectamente camuflado en el largo pasto del camping, en dirección hacia la camioneta donde imaginábamos estaría la mujer de Amsterdam.
Al poco rato, la lluvia comenzó a caer nuevamente, mezclada con ráfagas de viento. Chocaba contra el techo de la camioneta como el golpe de una rama de árbol. Estaba asustado y no pensé mucho en esos segundos. De pronto, se oyó un grito desgarrador al otro lado del camping. Entonces se me ocurrió prender las luces de la camioneta y comenzar a tocar la bocina. Debía avisarles a todos que se encerraran en sus campers y carpas, no salgan, no sé hasta cuando; Diego se ha convertido en un troll más rápido de lo que calculamos.
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