domingo, 10 de agosto de 2014

Eyjafjallajölkull

La situación en Rusia es insostenible. Así me dijo Diego, antes de subir al avión. La situación en Ucrania, no en Rusia, querrás decir, lo corregí yo. Ucrania, Rusia, Checoslovaquia, Turquía, da lo mismo. La situación en el este de Europa. Todo eso es insostenible. Se viene la tercera guerra y que nos ayude Dios, no estamos preparados. ¿Qué vamos a hacer?
Sí, claro, qué vamos a hacer. A seguir viviendo nuestras vidas, no más. Qué se le va a hacer.
No noté que su pelo había adquirido una tonalidad extraña, medio dorada, hasta que nos bajamos del avión en Reyjkavik. Ahora hablaba de temas más triviales, cosas como la insólita coincidencia de habernos topado con la mujer del café en el último paseo a Amsterdam, cuando la vimos primero tomándose una cerveza en un local del centro de la ciudad —nos llamó la atención, era bastante bonita y nos quejamos de que en nuestros respectivos países las mujeres fuesen tan feas y engreídas (se juran minas y son terrible’ feas, fue el comentario puntual de Diego, que se había transformado en una especie de hoja de marihuana parlante para ese entonces, ya transcurridos un par de días caminando por los canales interminables de Amsterdam). Captamos la atención de la mujer, que era alta, delgada, tez blanca y ojos azules, de grandes caderas y lindos pechos. Una belleza como sólo Europa puede concebir, concordamos. Nuestras miradas se encontraron de manera tímida y fugaz al menos un par de ocasiones. Uno siempre piensa que eso es una señal de atracción, pero puede que sea simplemente miedo, desprecio, extrañeza. Quizás la mujer piensa que la vamos a secuestrar, con esta pinta que tenemos. Sudacas de mierda apestosos. Después nos topamos con ella en el vagón del tren que iba al aeropuerto, y eso debió ser unas dos horas después del primer encuentro, así que comenzamos a elucubrar sobre teorías del destino. Las conjeturas sobre un plan divino que la involucraba a ella y a alguno de nosotros, al menos, o quizás a los dos, quién sabe, se confirmaron, al menos en nuestras mentes, cuando la vimos tomar el mismo avión hacia nuestro destino de aquella oportunidad, que debía ser Londres. Nos bajamos del avión y ella desapareció, quizás porque los europeos tienen la sana costumbre de separar a los miembros de la CE con la chusma de otros continentes al entrar en inmigración.
Y ahora nuevamente la vimos, la misma mujer, en nuestro viaje a Islandia. Claro que lo notó, por supuesto. Nos preocupamos de que nos viera. Por más que tratamos de aparentar relajo, nos reímos y creo que ella también se rió. Esto es el destino, es el destino, seguía repitiendo Diego al bajarnos del avión y entrar en policía internacional. Al oficial le tomó un rato reconocerlo como el sujeto que aparecía en la foto del pasaporte, pero finalmente lo dejó ir.
De nuevo la perdimos a la salida del aeropuerto. Debió tomar un taxi y nosotros decidimos usar el bus que nos llevaría al centro de la ciudad. Creo que a Diego lo afectó más, porque se quejó con un suspiro y luego empezó a hablar de la baja tasa de criminalidad en Islandia y la escasa densidad poblacional, un factor que hacía imposible comparar los niveles de igualdad y desarrollo del país con el de otros países en crecimiento —algo habitual en varios políticos de nuestro país que siempre toman a Islandia como ejemplo de cómo hacer las cosas bien—. Claro, si tienes trescientos mil habitantes, es re fácil tener más igualdad y mejores condiciones, esto es como una comuna de Santiago, imagínate, toda esta isla de mierda es como una comuna de Santiago y así de ninguna forma se puede comparar nada. En qué están pensando estos políticos. Eso decía Diego cuando pasamos a buscar la camioneta con la que recorreríamos parte del sur de Islandia, los glaciares y montañas y volcanes y geysers y todo eso que había que visitar. Nos pareció que, al llegar a la oficina de la empresa, alguien salía en una camper… Y nos pareció que era ella, la mujer de Amsterdam, aunque creo que ya para ese entonces estábamos tan obsesionados que empezamos a tener visiones. Si hasta me parecía que Diego se había achicado un poco y su nariz se había hecho más prominente y redonda en la punta, señal clara de que no estaba yo en mis cabales.
Pedimos la camioneta y Diego informó, en perfecto islandés, que visitaríamos Seljalandsfoss y Eyjafjallajölkull, entre otras atracciones. No lo dijo todo en islandés, sólo los nombres de esos lugares que para mí seguían siendo impronunciables. El guía se sorprendió. Luego nos dieron las llaves, tomamos un par de mapas y a la ruta nos fuimos, preocupándonos primero de comprar una tarjeta de datos para poder ubicarnos usando el Ipad (no fue necesario, sólo había una carretera principal y Diego siempre sabía dónde doblar y dónde ir). Seguimos conversando de la contingencia nacional, pero luego pasamos a temas más personales, como el rechazo que Diego estaba experimentando a la vida de adulto, a pesar de sus ya treinta años. Prefería vivir con su madre y trabajar esporádicamente, sin amarrarse en nada y sin contraer mayores deudas, salvo para viajar. Lo ayudaba en su libertad. Pero en algún momento habrá que sentar cabeza y pensar en algo más, le dije yo, y sí, en algún momento, creía él, pero no ahora, en un tiempo más. Manejamos varias horas, pero en un momento tuvimos que detenernos a pasar al baño y tomar un café. Después seguí conduciendo yo, porque a Diego le estaba costando demasiado alcanzar los pedales y no lograba ver bien por sobre el manubrio. Nos detuvimos luego en algunas cascadas y me reí al notar que las ovejas huían despavoridas al vernos. Era divertido verlas correr. Para cuando llegamos al cruce del primer camping, se había puesto a llover a cántaros y cayó una neblina espesa que apenas me dejaba ver el camino. Me tranquilizó la visión de Diego a mi lado, indicándome por dónde seguir con completa calma y contándome historias del lugar… Esto va para el volcán no sé cuánto, esta carretera se usaba para no sé qué durante la segunda guerra, acá había un pueblo llamado quién sabe cómo que luego emigró a otra zona, y así.
A pesar de la lluvia, seguía habiendo luz. En Islandia la luz nunca se extingue en verano. Siempre el cielo se mantiene claro, como en los momentos iniciales del amanecer, antes de que el sol aparezca en toda su plenitud. Dimos con el camping y, luego de hacer el trámite para quedarse, elegimos un lugar para quedarnos. Ya era algo tarde y casi no había gente despierta. Por suerte, la lluvia paró y pudimos prender algo de fuego para cocinar algo. Tomamos pisco y terminamos hablando de la mujer de Amsterdam, imaginándonos que estaba también ahí, en ese mismo camping. Miramos alrededor, buscando la camioneta que vimos en Reyjkavik, y nos pareció divisar una parecida, al otro lado del camping. Nos reímos como niños ante la absurda esperanza de nos topásemos con ella. Sería extraordinario. Por supuesto que hablaríamos con ella, claro. Lo malo sería que tendría que quedarse sólo con uno de nosotros, que estábamos igual de interesados por ella. Yo dije, entre broma y en serio, que entre alguien como yo y un sujeto de poco más de un metro, narigón, de cabeza grande, pelo dorado y voz aflautada, pues no tendría ella muchas dudas al elegir.
Diego entonces alzó la vista y, bajo el destello de la fogata, me pareció que sus ojos tenían un brillo asesino. Se quedó mirándome y, aunque yo traté de aparentar relajo, comenzó a murmurar algo en islandés, que por el tono debió ser una especie de amenaza. Me sonó como un embrujo. Con toda la naturalidad que pude fingir, me levanté y fui a buscar algo a la camioneta. Abrí la puerta y me metí adentro de un salto, accionando el cierre centralizado. Diego comenzó a darle de golpes al vehículo, remeciéndola, chillando cosas que no pude comprender. Luego abandonó sus ataques y lo vi corriendo como un animalillo verdoso, perfectamente camuflado en el largo pasto del camping, en dirección hacia la camioneta donde imaginábamos estaría la mujer de Amsterdam.
Al poco rato, la lluvia comenzó a caer nuevamente, mezclada con ráfagas de viento. Chocaba contra el techo de la camioneta como el golpe de una rama de árbol. Estaba asustado y no pensé mucho en esos segundos. De pronto, se oyó un grito desgarrador al otro lado del camping. Entonces se me ocurrió prender las luces de la camioneta y comenzar a tocar la bocina. Debía avisarles a todos que se encerraran en sus campers y carpas, no salgan, no sé hasta cuando; Diego se ha convertido en un troll más rápido de lo que calculamos.

Amsterdam

El desayuno está servido. Esta mañana es el turno de los scones, que han servido con mermelada de frutillas y algo de crema. No están mal, piensa. Todo lo demás, las tostadas, el café pasado por agua, el té barato, las frutas añejas, ya lo ha probado y no tiene interés en comerlo de nuevo. Se quedará con los scones, que —es raro, sigue pensando— están bastante buenos. Esponjosos, de corteza algo crocante, con el punto justo de azúcar.
Necesita beber algo. Mira el café con recelo, pero de todas formas vierte un poco en una taza y se lo bebe de mal gusto. Probando el sabor agrio de la bebida en la lengua, siente deseos de fumarse un cigarro, pero recuerda que todos esos lugares son ahora “libres de tabaco” y tan pronto como encienda un porro llegará un empleado a decirle, con ese tono melifluo propio de los sirvientes que le parece insoportable, que por favor lo apague, que está prohibido y blah blah blah.
Se entretiene entonces mirando el mapa de la ciudad. A ver. Amsterdam no es tan grande, con unas cuantas horas podría recorrer casi todas sus atracciones sin ningún problema. Chequea la billetera y halla un pase de turista. Espléndido. Hasta podría evitarse caminar. Le haría bien, hace un calor de un demonio. Por lo demás, no está demasiado interesado en conocer los lugares típicos de la ciudad; no le agradan las aglomeraciones, los turistas con sus cámaras y mapas gigantes generando atochamientos en las estrechas veredas que rodean los canales, sacando fotos desde los botes o haciendo filas interminables para entrar a lugares tan insípidos como la casa de Ana Frank. Quién diablos fue Ana Frank de todos modos; estaba seguro de que era un personaje de ficción, como Luke Skywalker o el Inspector Rousseau. Prefiere sentarse en un parque, o a tomar una cerveza en la calle. Ver a la gente pasar. Imaginar sus vidas. Simular que los conoce. Aparentar que son amigos de toda la vida que, extrañamente, ya no se recuerdan.
Mira por la ventana y nota que el paradero del tram se encuentra a unos cuantos metros del hotel. Perfecto. Se echa en la boca el último pedazo de scone que le queda en el plato y se larga sin dejar propina. El empleado le lanza una mirada rápida que le parece acusadora, pero no se preocupa de él. Que piensen lo que quieran. Primero, a la pieza a echar una meada y lavarse un poco la cara, que seguramente le cuelga sobre el cráneo. Apenas ha dormido. Luego, a la ciudad.
Toma el ascensor y luego de dos minutos está parado frente a la habitación 404. El letrero de “No molestar” cuelga sobre el picaporte de la puerta. Desliza la llave electrónica por la cerradura y entra. La habitación está fresca; ha dejado el aire acondicionado encendido. No resiste la tentación de echarse sobre la cama y mirar un poco la televisión. Se aburre pronto. No hay más que canales holandeses y alemanes y no entiende ni una mierda de lo que transmiten. Un palurdo de unos cincuenta años con aspecto de rockero presenta canciones en un canal de videomúsica. Qué sujeto más ridículo.
Apaga la televisión y entra al baño. Con parsimonia, se baja la cremallera y deja que su pene fláccido se asome por el pantalón, frente al retrete. Intenta expulsar el chorro de orina que pugna por salir, pero no lo logra. A su lado, un sujeto lo observa desde la tina. Sus inmensos ojos azules parecen fijos en su miembro, expectantes del líquido que está por emerger. Su boca, ligeramente abierta, le da a su rostro una curiosa expresión de asombro. Su brazo desnudo cuelga por fuera de la tina y se hunde en una poza violácea.
Corre la cortina con un manotazo violento y vuelve a concentrarse en la orina. No puede mear si siente que alguien lo mira. Nunca ha podido.

viernes, 8 de agosto de 2014

Liberalish

El ideario liberal contemporáneo indica que los derechos individuales son esferas intocables donde la personalidad no debe ser coartada por las leyes. En otras palabras, que en ciertos aspectos de la vida y respecto de ciertas materias, los individuos son libres de decidir como les plazca y el Estado no sólo debe mantenerse al margen de tales decisiones, sino que debe establecer los mecanismos que se requieran para asegurar el ejercicio de dicha libertad.
Las decisiones que caen dentro del alcance de esta "esfera de personalidad" son, precisamente, aquellas que uno considera de manera intuitiva como "personales", desde la religión que elegimos (de elegir alguna) hasta la persona con la que nos casamos (si decidimos casarnos). Por supuesto, decisiones que parecen bastante irrelevantes, como tomarnos un helado (en cono o en vaso) o bebernos una coca cola (o una pepsi), caen dentro de tal esfera. No parece haber problema al respecto; nos da la impresión de que la decisión de tomarnos o no una bebida en un día de calor es, en realidad, problema nuestro y de nadie más. Gastarnos la plata en un PC o en un Mac, pagar la entrada más cara para ver a Morrissey en el Movistar Arena (o a Arjona, el Morrissey latino), comparar a Morrissey con Arjona, comprarnos calzoncillos o gastarnos la plata en piscolas, pagar la mensualidad del colegio o irnos de putas un viernes en la noche. Todas estas son decisiones personales respecto de las cuales es habitual que la gente responda, con irritación, "y a ti qué te importa", si alguien llegase a cuestionar su conveniencia. No es tu problema, viejo. Es problema mío lo que hago con mi plata, con mi cuerpo, con mi auto, con mi familia, con lo que sea. Mientras no dañe a nadie más, pues no tienes nada que decir al respecto. Y eso va tanto para los metiches de turno como para la sociedad en su conjunto; vale decir, para el Estado.
Eso está bien. Adhiero al ideal liberal y me parece que es un punto de partida. Al hombre le debe estar permitido buscar su propia forma de ser feliz, mientras sus decisiones no provoquen un mayor daño a los demás. En esto estamos de acuerdo.
¿Debería entonces el Estado decirle al dueño de un restorán que no debe colocar un salero en la mesa? ¿O que debe regular la cantidad de sal que pone en los platos? ¿Que debe evitar también colocar azúcar en la mesa? ¿Que las papas fritas deben ser menos fritas y las longanizas del choripán, bajas en grasa y sodio? ¿No son acaso estas las materias en las cuales uno generalmente dice, "viejo, esto es problema mío, no tuyo"?
En ciertos temas, el asunto se complica ¿Podría CHV mostrar películas pornográficas a las 4 de la tarde? ¿Podrían los supermercados vender cigarros y copete a un escolar de doce años?
Estas discusiones no son nuevas y no pretendo sumergirme en ellas con detalle. Sólo deseo hacer un punto en relación con el consumo de alcohol y de cigarros (y eventualmente marihuana, si se llegara a permitir su comercialización). Fumarse o no un cigarro es, en verdad, problema de uno. Se transforma en un problema de otros cuando se fuma en un lugar público, puesto que el ejercicio de la libertad de fumar colisiona con el derecho de otros a permanecer en un ambiente libre de humo, y como ya sabemos que el humo ese podría ser dañino, pues entonces lo más lógico es que el legislador, actuando como distribuidor, prefiera otorgar preferencia a los no fumadores, en consecuencia restringiendo la libertad de los fumadores. No me parece que esto sea malo; es lo que corresponde.
Ahora, si uno, siguiendo el ideario liberal, defiende a ultranza el derecho a hacerse pedazos el hígado o los pulmones, fumando o tomando, sería justo también que esas mismas personas acepten, como en general se hace, los efectos de sus propias decisiones sobre ellos mismos. El legislador habitualmente (e idealmente) interviene sólo cuando hay efectos dañinos respecto de terceros, pero (en teoría) no debería intervenir cuando los efectos se dan en la misma persona que ejerce su libertad. Si usted decide fumar dos cajetillas diarias y le da cáncer o enfisema, pues bueno, usted se lo buscó. Ahora, ¿por qué la sociedad, este Estado en que vivimos y que somos todos (y que se financia con la plata de todos), debería hacerse cargo de una enfermedad que usted se buscó libre y deliberadamente, con pleno conocimiento? Si le advertimos, tratamos de hacerle cambiar de opinión, pero usted se negó una y otra vez a abandonar esa práctica que le agradaba tanto, ¿por qué deberíamos hacernos cargo de su enfermedad? ¿Por qué de pronto algo que correspondía a su esfera privada, intocable, inalienable, pasa a ser parte de la esfera pública, donde no sólo se permite, sino se exige que el Estado intervenga? ¿No parece esto algo injusto e inconsecuente?
No pretendo promover el abandono estatal de aquellos que han decidido exponerse a un riesgo en el ejercicio de la libertad de manejar su vida de una forma peligrosa o insalubre. Creo que el punto es otro. Mi observación final, la que me ha atrapado estos últimos meses, es que en Chile la clase política —y la sociedad en general— adolece de un problema de consecuencia. Las pisadas de cola —usualmente desapercibidas por sus mismos perpetradores—son habituales. Se rechaza un argumento o una idea sobre la base de un principio, pero en otro tema donde éste es igualmente aplicable, se hace vista gorda. Quizás esa sea la razón de que en Chile ya no haya buenos políticos. No hay consecuencia. Son todos amarillos. Todos tienen doble estándar. Todos se traicionan a sí mismos. Y eso comienza a ser terrible.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Por la defensa de la educación

Mi madre estuvo a punto de colocarme en un colegio público.
Me recuerdo pequeño, del tamaño de un grifo, más o menos, quizás más pequeño incluso, yendo de su mano por calle Matucana —que yo no sabía que se llamaba así, apenas tenía consciencia de dónde andaba; pero era lejos, lejos de la casa, aunque tampoco tan lejos—, entrando en ese colegio que siempre pensé, aunque en eso me guío por mi falible recuerdo, que estaba en una esquina, que era como un cine antiguo o una especie de iglesia, y que ni siquiera hoy sé bien cómo es ni dónde queda. Entré en ese colegio, algo espantado por esa nueva vida que empezaría pronto, no tanto porque tuviera miedo de las clases y los profesores, sino porque, incluso ahí, a mis siete años, me daba cuenta de que no me sentaban las muchedumbres desconocidas y no me apetecía tener que empezar a compartir con otros niños. Tal como hoy, sin embargo, el espanto y la reticencia estarían condenadas a esfumarse, o al menos a refugiarse tras una apariencia de normalidad, esa que a veces me sale bien y otras, cuando no estoy muy afinado, no tanto, como me pasó en el colegio.
Recuerdo entonces haberme paseado por el patio y luego haber entrado a los baños. Eran, me dice mi recuerdo, asquerosos. No sé qué tanto lo habrán sido, pero es lo que más nítidamente vuelve a mi mente: no los baños en sí, que no me acuerdo de cómo eran, sino haber pensado que eran simplemente asquerosos y que la perspectiva de orinar todos los días ahí me parecía insoportable. No había mucha opción, sin embargo. Qué iba a saber yo de a qué colegio podía ir ni a qué podía aspirar ni por qué mi madre había decidido colocarme en ese colegio y no en otro. Creo que me lo dijo, esa vez, y después me lo repitió: no había otra opción. Era lo que había. Familia pobre, sin mucho para pagar un colegio de los subvencionados ni menos uno privado, pero expectante de algo mejor, de alguna cosa que pudiese ponerme aunque fuese en el último vagón de la movilidad social, como espera toda familia pobre, o de clase media, que tiene que luchar para sobrevivir o tener un pasar relativamente cómodo, aunque modesto.
No me gustaron los baños y mi madre lo supo. No sé si por eso, aunque creo que no, me llevó a otro colegio. Ahí, tal como en el anterior, me hicieron una prueba, que no recuerdo cómo fue. De hecho, apenas me acuerdo de que me hicieron una. El ambiente en ese colegio no me pareció muy distinto al del otro, y aunque los baños tampoco me generaron una muy agradable impresión, al menos en ese lugar se podía hacer pipí sin tener que taparse la nariz. Tenían un juego, también... Una cosa como una pera de cuero hinchable que colgaba de una cuerda larga y se amarraba a un fierro, y que dos niños golpeaban de un lado a otro con sus puños hasta que alguno no lograba expulsarla de su lado y la pera se enredaba inexorablemente en el fierro tras él, dando cuenta de su derrota y permitiendo la entrada del siguiente contendiente. El "espíribol", me dijeron que se llamaba. Vaya amigo ese. Doce años jugando con la pera de cuero hinchable, hasta diseñando estrategias para salir más victorioso.
El colegio en cuestión era particular subvencionado. Pequeñito, escondido en un barrio de Estación Central, con un patio del tamaño de dos canchas de baby fútbol, una biblioteca donde sólo cabían los libros y nada más. Católico. Administrado por una congregación religiosa. Creo que el copago era de unos 500 pesos de la época. Pero un buen colegio. Educación de calidad por un muy bajo precio. De otra forma, no habríamos podido costearlo. Mi madre se puso contenta cuando me aceptaron, porque tenía más confianza en ese establecimiento que en el otro. No se equivocó. 
Doce años después, entré en una sala donde me encontré con un montón de gente desconocida, casi todos de mi misma edad. No sentí pánico ni espanto. Entré ahí sabiendo que estaba en condiciones de competir de igual a igual con cualquier sujeto que se sentara en esas sillas. No me importaba si venía del Instituto Nacional, del Alonso de Ercilla, del Sagrados Corazones o de alguno de esos colegios de Las Condes. Qué me iba a importar. No estaba preocupado de ellos. Ya sabía que, si me iba bien en la PAA, podría estudiar gratis en la Católica.
En mi colegio, particular subvencionado, y especialmente en los últimos cuatro años, me encontré con profesores que marcaron mi vida. Nunca me gustaron mucho las matemáticas ni las ciencias, pero tuve profesores que habían abandonado carreras mucho más lucrativas, en laboratorios o centros de estudio, por enseñar. ¿Habrían logrado tener la misma influencia en un curso que no tuviera al menos la expectativa de moverse socialmente? No lo sé, pienso que no. Un caso especial fue el del profesor de inglés... Agobiado por la necesidad de trabajar demasiadas horas al mes en distintos colegios para tener un sueldo decente, no estaba particularmente preocupado de que los alumnos aprendieran y, hay que decirlo, mis compañeros tampoco estaban particularmente interesados en aprender. Para qué querían saber inglés si en Chile se hablaba español. Yo me di el tiempo de aprender, y mientras los demás han tenido que tomar curso tras curso de inglés para llegar a un nivel aceptable, yo saqué 115 puntos en el TOEFL sin siquiera estudiar. 
Yo, y algunos más, logramos desentendernos de ese ambiente libertino que se armaba en sus clases y aprender algunas cosas. Pero, ¿qué pasa cuando, en una sala, en un colegio, todos comparten la misma desesperanza, el mismo desasosiego, esa sensación inquebrantable de que todo eso da lo mismo, que no hay forma de que se pueda optar a algo más en términos socioeconómicos y la única razón de ir a clases es porque se está mejor que en la casa o te dan almuerzo? ¿Cuál es la motivación de un profesor cuando tiene que luchar contra ese desasosiego, que a veces se vuelve hasta violento, por un sueldo miserable? Esperamos que un profesor haga maravillas, pero se nos olvida que por algo las maravillas son tales. En el mejor de los casos, un profesor puede echar de la sala a cuarenta alumnos y dejar dentro a cinco que quieran aprender. Ya eso sería una ganancia. ¿Cómo se mejora de esa forma? ¿Habría yo, de haber pasado por eso, estado en condiciones de sentarme en esa sala, doce años después, con la misma —casi arrogante— seguridad, esperando tener puntaje nacional? No lo creo. Quizás sí, y quizás no. Simplemente no lo creo. No fui el único, tampoco. ¿Habrían gozado de la misma suerte mis compañeros? Probablemente no. ¿Qué habría sido de mí si mi madre hubiese tenido que colocarme en el otro colegio, o en alguno de los que quedaban cerca de mi casa, forzada por un sistema que no permite, al menos, que a su hijo se le entreviste y se le mida por su talento, y no que se le descarte en un sorteo como si fuera una bolita del Loto? 
Lo que diré ahora sonará como el clásico comentario medio "resentido", de clase contra clase. No hay otra forma de decirlo. Mi madre, mujer pobre, siempre lo supo y por lo tanto, siempre lo quiso: yo debía tener una buena educación, a como diese lugar. Si hubiese tenido que vender un riñón por ello, lo hace. Cuando pregunté qué pasaría si no me ganaba la beca para estudiar en la universidad, se limitó a decirme que eso no pasaría pero que, si pasaba, trabajaría hasta morirse para pagar la carrera. Y yo me dije que podía porque tenía las condiciones y había adquirido las herramientas. Ya en la universidad, compartiendo con gente tan distinta, nunca me sentí un outsider, aunque en la práctica lo fuese. Sólo esperé que se me juzgara por mis méritos. 
Esa es, señoras y señores congresistas, señor ministro, señores asesores, lo que espera una persona honesta y esforzada de clase media. No espera que le regalen nada ni espera que alguien llegue con una solución mágica para la pobreza. Espera que su trabajo sea recompensado y que se lo juzgue por eso, por sus méritos, por su esfuerzo. Porque, más que ver a un sujeto en un Porsche, a mí me genera más sensación de inequidad ver que alguien que no ha trabajado por ello, reciba beneficios que sólo debiesen recibir quienes sí lo han hecho. No queremos que nos regalen nada; queremos que nos dejen en paz. Queremos tener la posibilidad de que se nos juzgue por nuestros méritos y talentos y no que se nos ponga en una tómbola y se nos diga que debemos ir a tal o cual colegio porque en aquellos donde podríamos optar a un mejor futuro, los cupos se llenaron con los afortunados ganadores de una lotería infame. No espero que usted, señor congresista, señor ministro, viniendo de donde viene y habiendo estudiado donde estudió, pueda entender lo que quiero decir. Y si puede entenderlo, que pueda comprender cómo se siente. 
Me imagino de nuevo como el niño que odió el baño del colegio y, sin quererlo, tomó una decisión que marcó su vida. Me imagino un gobernante que nos obligue a todos a usar el mismo baño, porque eso es lo justo, esperando ridículamente que de esa forma el olor va a desaparecer.