miércoles, 18 de abril de 2012

La Liberación de la Patria



            Se hizo visera con la mano para tapar el sol poniente que le daba justo en los ojos, y pudo ver al encargado de la fotocopiadora parado en la puerta, mirando a uno y otro lado y luego el reloj en su muñeca, en un gesto que revelaba, claramente, su intención de cerrar el boliche por el día. La urgencia golpeó su estómago como un puñetazo. Quiso echarse a correr, pero tuvo que detenerse de sopetón en la esquina, para evitar que una Citroneta lo arrollara. El conductor tocó la bocina y le hizo un gesto obsceno por la ventanilla, pero, inmerso en la música que sonaba en los audífonos, apenas notó esto último. No le importó; se quedó mirando la luz roja del semáforo y los demás automóviles que transitaban por la avenida, con cierta idiota ansiedad. Se afirmó el bolso contra la espalda y se preparó para correr. A lo lejos, un temerario obrero estaba colgado de la techumbre de un edificio, instalando un letrero sobre esa nueva película del exorcismo, de la que todos hablaban. Y un poco más allá, el encargado de la fotocopiadora encendía un cigarro y se lo llevaba a la boca, observando la calle sin mayor interés.
Mierda, este semáforo no cambia nunca, pensó, moviendo las piernas, cual corredor preparándose para la partida. Mientras miraba la luz del semáforo, una nube tapó el sol, y de pronto el color cobrizo de la tarde se transformó en grisáceo, como la ceniza. Una brisa helada le acometió por la espalda. Una tarde gris, pensó, extrañado. Se quedó absorto en el cielo y en esas nubes que de pronto lo cubrían todo, y apenas pudo esquivar a la señora regordeta que se abalanzaba sobre él con una enorme bolsa a cuestas. Notó que la luz había cambiado y empezó a cruzar, pero de un costado apareció un hombre con un carrito lleno de cachivaches, corriendo enajenado, y hubo de hacerse a un lado como pudo para no chocar con él. Una tapa de olla se escapó del transporte y se quedó girando en el suelo como un trompo, abandonada, sin que el tipo siquiera se diera vuelta a mirarla.
Cruzó la calle y empezó a trotar. El encargado de la fotocopiadora ya no estaba en la calle, pero la puerta seguía abierta. No notó hasta unos cuantos metros más adelante, absorto en la visión de esa puerta y el letrero de “abierto”, que de pronto se había quedado solo. Ninguna persona caminaba por la vereda. Se detuvo secamente y miró hacia la calle; por la Alameda nada circulaba, sólo un tipo en bicicleta que cruzó rápidamente la calle y se perdió en unos pasajes del otro lado de la acera. La voz de Roger Daltrey en sus oídos le daba a la escena un tono sicodélico. Dio vuelta la cabeza hacia la derecha, y la visión del sujeto que corría hacia él lo hizo retroceder espantado. El sujeto pasó por su lado sin mirarlo, abriendo la boca como un hipopótamo, en un chillido que apenas pudo oír, amortiguado por la música. Y a sólo una cuadra, el encargado de la fotocopiadora trataba de alcanzar la cortina con gesto desesperado, todavía con el cigarro en la boca. Echó a correr, procurando cruzar por las barricadas antes de que se encendieran, pero un enorme neumático apareció de la nada, haciéndolo tropezar, y antes de que pudiese recuperar el paso, alguien lo empujó hacia un lado, empapó el neumático con parafina y, como en un acto de magia, le prendió fuego con un manotazo, dejándolo recorrer la calle como una antorcha rodante. Y desde un costado aparecieron los manifestantes, encapuchados algunos, otros a rostro descubierto; botellas en la mano, bolsos repletos de piedras, que sacaban y lanzaban como jabalinas, y pancartas crucificadas en estacas de trupán con leyendas en rojo y negro, “Fuera el Tirano”, “Adiós Carnaval”, “A la Mierda el Mundo”, con letras que golpeaban como fuego. Gritaban consignas como si fueran maleficios, avanzando con la mirada fija al frente, sin importar las piedras que volaban sobre ellos ni el fuego que los rodeaba. Se quitó los audífonos, se los puso sobre el cuello, y entonces el ronquido impreciso de las maquinarias, los gritos desaforados, el rugir de las piedras y hasta el lento arder del fuego le provocaron un estremecimiento. No soportó y se los colocó de vuelta. Trató de colarse por entre un grupo de mujeres, escapar; llegar a la tienda, fotocopiar el libro e irse a estudiar, tenía prueba en dos días, si le iba mal, se echaba el ramo, sería catastrófico, ya el profesor Peña le había dicho que no le quedaba saldo en la cuenta de ahorros, que era ahora o nunca, que debía darlo o perderlo todo; pero lo empujaron y detuvieron, lo hicieron darse vuelta y caminar con ellos, aunque él se resistía, tengo que llegar a la fotocopiadora, les dijo, es una cosa de vida o muerte; pero las mujeres no le hablaron, sólo gritaban, mirando al frente con ojos transparentes, como partícipes de un ritual vudú; una lo miró con bondad, no te enojes, te entiendo, pero no podemos dejarte pasar, esto es más importante que una fotocopia. ¿Estás loca?, le dijo, ¿cómo algo puede ser más importante que eso?, y nuevamente trató de librarse de ellas, pero era como un pez nadando contra la corriente, debatiéndose entre los brazos de la muchedumbre como ráfaga de viento entre las ramas de un sauce; todo era inútil, lo voltearon a fuerza de manos y gritos, hasta que apareció el primer carro, a toda velocidad, y todos salieron corriendo, algunos despavoridos, otros embravecidos, como esperando ese momento. Los insultos y las piedras tomaron su rumbo por sobre sus cabezas y tuvo que hacerse a un lado, agachado, protegiéndose con el bolso, y aunque enfiló nuevamente hacia la fotocopiadora, no pudo seguir avanzando, estaba metido en medio de esa balacera silenciosa, si al menos lo dejaran ir a sacar unas fotocopias, sólo eso, nada más, podría irse tranquilo a estudiar. Alguien que fumaba un pito lo tomó de un brazo y lo llevó hacia la orilla, y se escondieron detrás de un quiosco, aquí te van a mojar leso, te van a echar a perder la radio, mejor córrete. Es que tengo que sacar unas fotocopias, dijo, pero siempre le respondían lo mismo, te entendemos, loco, pero así no se puede, no vale la pena, no tiene sentido. Lo sujetaron fuerte de los brazos, ven, por acá, tenemos que correr, pero no quería correr. Tienes que correr, le dijo una niña, y supuso que ella lo entendería, pero sólo quería sacarlo de ese lugar antes de que ellos volvieran. Y más allá de la música se alzaba el griterío, las bocinas, el sonido de los pasos sobre el pavimento; la tierra levantándose más adelante, en enormes polvaredas rojizas; las pancartas desplegándose en el cielo como paracaídas multicolores, las banderas, las piedras volando de un lado a otro, como pájaros ciegos; las botellas, los chorros de pintura que iban a chocar contra los carros y dibujaban en ellos un absurdo cuadro de arte contemporáneo. Las mujeres, los hombres, corriendo despavoridos algunos, otros, desafiantes, parados en medio de la calle, levantando los brazos, como pidiendo ser devorados, detenidos, encarcelados, Soto, ven acá hombre, que te van a agarrar y hasta ahí no más llegamos, y qué mierda quieres que haga, si no tengo otra puta opción, le gritó de vuelta Soto, pero el otro seguía, no pueden agarrarte, Soto, no debes rendirte, hemos venido hasta aquí por ti. Y Soto, yo no le pertenezco a nadie, déjenme ir, nadie me tiene preso, soy libre, soy libre y voy a seguir así. Si seguía levantando las manos, era porque quería volar. Alguien apareció con un megáfono, todos corran, escóndanse, huyan, no dejen que los atrapen, y él sólo quería llegar a la fotocopiadora, pero ya estaba muy lejos, lo habían arrastrado unas tres cuadras, y lo único que hacía era afirmarse el bolso, para no dejar caer el estéreo y los apuntes, y allá venía el carro, a una cuadra, prodigando chorros salvajes de agua, y los demás gritando, ya vienen, pacos culiaos, organizando barreras, las barricadas no van a soportar, quién mierda tiene más botellas, por la cresta, denme más, que esto no aguanta, prendámosle fuego a otra rueda y dejemos la cagá. Una mujer de grandes anteojos trató de encender una mecha y el brazo de pronto se le convirtió en fuego, y se puso a chillar, ¡apáguenlo, apáguenlo!, y alguien la tomó de la cabeza y la aventó al piso, salvajemente, haciéndola rodar, y pudo secarse con el agua que escurría por la acera, y ella se miró el brazo y se puso a gritar, en estado de shock, mientras la extremidad exhumaba un vapor negro, como de pan quemado. Y en sus oídos, This is my generation, this is my generation baby, pero allá afuera las patrullas recorrían enajenadas las calles, y ya los policías alzaban sus bastones, y algunos caían y se volvían a levantar, luego retrocedían y devolvían piedras que les habían lanzado a ellos, y seguían corriendo, esparciéndose como las llamas; algunos eran atrapados, se retorcían y gritaban espantados, no, no, déjenme, pero nada, los pacos no decían nada, detrás de esos cascos enormes que les cubrían el rostro como una armadura, y Soto, Soto seguía allí, en medio de todo, esperando que alguien se lo llevara, ¡Soto, por la mierda, deja eso y ven, haz que esto valga la pena!, y una niña rubia y de ojos verdes, Soto, deja esa mirada idiota, no te pueden atrapar, ¿no te das cuenta de lo que te han hecho? ¡Despierta hombre! Y Soto se quedó con la vista pegada en ella, ajeno a todo el sacrificio que acontecía a su alrededor, y arriba el sol ya no estaba y las nubes eran negras, y todavía la observaba, suplicante, cuando la lluvia empezó a caer, en grandes goterones, I don’t want to cause a b-b-b-big s-sensation... I’m talking about my g-generation…  Es que no quiero seguir peleando, dijo Soto, como rogándole que se fuera, pero ella se quedó allí parada, y cuando venía el enorme carro pensó por un momento que ella lo había visto y alcanzaría a correr, a esquivarlo, pero se quedó allí, plantada en el piso como una estatua sufriente, y el carro la embistió con toda la fuerza de su poderosa estructura y la hizo desaparecer, dejando un rastro sanguinolento en la acera. Y Soto se quedó solo, enmudecido, los ojos blancos, la boca abierta, como un muñeco, y la lluvia empezó a colmarle los labios, se le posó sobre la lengua, y escurrió por sus ojos, confundiéndose con las lágrimas. ¡Soto!, alguien lo llamó, desesperado, pero estaba en medio del ruedo, no podía salir, ya se los habían llevado a todos, váyanse ustedes, yo me quedo aquí, nos veremos luego, yo sólo quería unas fotocopias para estudiar, pero ya ven, eso es imposible, no son más que patrañas que alguna vez me inventé y que no significan nada. Y alguien dijo por allá que no eran más que unos pendejos insolentes, el futuro de Chile, a la mierda, entonces nos quedamos sin futuro, y el carro volvía para la embestida final, como un toro enfurecido, e hizo una seña, bueno muchachos, sería, esto no tiene remedio, y de pronto unos cuantos se asomaron por las rejas, detrás de los arbustos y las empalizadas de cemento, y empezaron los balazos, tatatatata, como estallidos de muerte salpicados por la lluvia, y ellos comenzaron a caer como palitroques, y los otros también, es la única solución, lo siento tanto; Soto se fue a esconder detrás de las barricadas y el agua se tiñó de rojo, y como enhebrando una extraña ironía, alguien le lanzó una caja de vino, y la bebió con gusto, dejó el bolso a un lado y lo lanzó al carro, que pasaba raudo por un costado, huyendo, váyanse de aquí, idiotas, dando su vida por esto, imbéciles, no aprenden de nosotros, que ya estamos condenados. Bebió otro sorbo de vino, se secó la cara con el brazo, y tiró la caja a un lado, pásame una de esas, dijo, y párate atrás mío, por la mierda, que si me matan tienes que seguir disparando. Miró hacia atrás, con nostalgia, y ella, la de ojos verdes, ya no estaba; pero todavía se erguía la ciudad, oscurecida por el humo de las metrallas y los motores, empapada por la lluvia y la sangre, y atrás un letrero, una fotocopiadora, los buses rodando por las calles limpias, las luces, la gente, la música; pero si no era más que un sueño, daría su vida por que nunca se hiciese realidad.

2005

La Visita (De "Los Versos de Simón")


Leía el diario online, sentado en el escritorio, como todas las tardes de sábado, cuando comenzó. Fue en uno de esos momentos donde se respira una tranquilidad falsa, maqueteada, como ese silencio repentino en el bosque que presagia un fenómeno extraño. Miraba el video de un jugador de fútbol europeo que, sin explicación, había errado un tiro a boca de jarro, sin arquero, imposible. Se sorprendió tanto que la conciencia de lo que venía quedó rezagada en su mente por unos cuantos segundos, largándose a reír de buena gana, pero silenciosamente, con apenas un rezongo.
Y entonces los oyó. Los pasos. Pesados, rápidos, corriendo por el pasillo. Sombras cruzando raudas por debajo de la puerta. Ningún grito, ninguna palabra. Nada que hubiese podido darle una pista de que habían llegado. Sólo los pasos yendo de un lado a otro allá afuera. Como le habían advertido. Sintió un dolor en el vientre, como una daga imaginaria que se clavaba en sus entrañas, y un sudor frío que recorrió su espalda. Se quedó paralizado. Sabía que el día llegaría, pero no lo esperaba tan pronto. No así, a esa hora, mientras veía el diario con el pijama puesto y reía por el video de un futbolista ridículamente malogrado. Afuera llovía, y apenas estaba vestido. Y todavía no podía moverse de su silla. Se quedó observando la puerta, las sombras corriendo sigilosas, incapaz de moverse, olvidando todo lo que había planeado durante tantos días y tantas noches, todo lo que había leído, todo lo que había soñado. Ya estaban ahí, y no podía mover un músculo. Por Dios. Muévete. Muévete, o será muy tarde.
            Algo golpeó contra su puerta secamente. Saltó sobre la silla y entonces despertó de su parálisis. Un grito, afuera, en el pasillo. Otro más, ensordecedor, terrible; un chillido desesperado. Golpes. Su corazón se descontroló de pronto, palpitando cada vez más rápido, como el motor sobrecargado de una locomotora vieja, mientras las sombras seguían corriendo allá afuera y los gritos se multiplicaban. Se levantó de la silla y observó alrededor, buscando algo para ponerse. Los mocasines, al lado del sillón. Dio dos pasos y empezó a colocárselos, dando gracias de que no tuviesen cordones. Acomodaba el segundo zapato, cuando dos sombras cruzaron por su puerta. Luego otra. Y luego la última. Dio un suspiro de alivio… Pero la sombra retrocedió y se detuvo frente a la puerta.
Y el ojo de pez, que antes dejaba entrar un reguero de luz amarillenta desde el pasillo, se eclipsó.
Sintió un estremecimiento desde el pelo a las entrañas. Su respiración hizo colapsar sus pulmones y se quedó paralizado, sin aliento, por un momento que le pareció eterno. Ya era tarde, era muy tarde. Fueron demasiado rápidos, más de lo que nunca imaginó. Lo habían encontrado. Inhaló al fin una bocanada de aire y observó la terraza, a un costado, detrás del ventanal. Estaba anocheciendo, y la lluvia arreciaba. No tenía otra opción. No tenía tiempo para nada. Debía salir. Sal ahora. Sal. Otro golpe en la puerta, fuerte como una explosión, tanto que los goznes se remecieron y del techo cayeron pequeños trozos de cal. No podía esperar más. No había tiempo.
            Se levantó y abrió el ventanal. El viento rugió en su cara y pudo escuchar el sonido, que quizás no había podido oír antes debido a la aislación del termopanel. Era una especie de pitido ultrasónico, como un silbato de perros. Tantas veces lo había imaginado… Y ahora estaba ahí. Hacía frío. Agradeció haberse puesto zapatos, aunque fuesen mocasines. Pero ya no pensaba. Piso doce. Se le había ocurrido cómo bajar hacía dos semanas, pero el episodio se veía tan lejano que no le pareció necesario idear nuevos planes. Al final de la terraza, por un costado, había un espacio relativamente grande que servía de resumidero. Había una pequeña reja instalada entre el muro y el fin de la terraza, para evitar que los niños cayesen. El espacio era suficientemente amplio como para dejar pasar su cuerpo. Por suerte estaba delgado. Otro golpe en la puerta, y entonces los escuchó. Un chillido sobrecogedor, inhumano, espeluznante. Estaban allá afuera. Lo habían olido. Salió a la terraza, corriendo. Otro golpe. Miró hacia abajo por esa especie de pasillo vertical por el cual se aventuraría. Si resbalaba, no tendría opción. Debía bajar con brazos y piernas apoyados en la muralla. Respiró profundo. Quizás si llegaba al departamento de abajo, podría salir por ahí. Pero no. Si ya estaban ahí, estarían en todos lados. Otro golpe, y la puerta cayendo. Se apoyó y comenzó a bajar. Resbaló y se vino de bruces contra el piso de abajo. No logró afirmarse de la reja y se agarró desesperado del muro, sacándose la uña del dedo índice. Gritó de dolor. Los chillidos se intensificaron. En el departamento de abajo, las sombras se habían apoderado de todo. Gigantes, las criaturas danzaban. Era demasiado tarde. Por Dios. Ya no había otra alternativa. Siguió bajando, tratando de asegurar cada paso contra la pared, como un montañista. Nuevamente resbaló al escuchar los gritos, y se deslizó dos pisos completos hasta enterrar el puño contra la muralla. El dolor casi le provoca un desmayo. No quiso mirarse la mano ensangrentada, no tenía tiempo. Sólo sintió la sangre chorreando por su brazo y vio las marcas que iba dejando en la pared. El dolor nacía en sus manos y circulaba por todo su cuerpo como una descarga eléctrica, punzante, palpitante. En el piso nueve, había sangre en los ventanales. En el piso ocho, una luz, y ninguna sombra. Se detuvo. No escuchó nada. Pensó en entrar. Sintió esperanza. Y cuando la garra se asomó por el ventanal, dio un respingo y se dejó caer, chillando, tratando infructuosamente de afirmarse de las rejas y los maceteros que iba encontrando a su paso. Cuatro pisos más abajo, se detuvo apoyando las manos destrozadas contra el descanso de una terraza desocupada. Un dolor que nunca había experimentado antes lo sacudió como una bestia salvaje; pero lo olvidó al ver a la mujer que yacía ensangrentada sobre las baldosas blancas. Alguien, algo, le había cercenado las piernas. La mujer estaba viva, pero sus ojos iban de un lado a otro y no decía nada. Por Dios, por Dios, murmuró, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Entró en pánico, sintió vértigo, miró hacia abajo y quiso dejarse caer por un momento, olvidarlo todo, despojarse del dolor, del miedo, de los presagios oscuros que se le venían a la mente. Levantó la vista al escuchar un grito al frente, vio a la mujer precipitándose a una velocidad inaudita, y luego, justo de antes de chocar contra el suelo, desvió la mirada y sólo pudo escuchar un golpe seco, que sonó como un enorme saco de cemento reventándose en el piso. Cerró los ojos y rezó entre murmullos, recuperando el aliento. Por Dios. Por Dios. La mujer estaba tirada en el suelo, desarmada como un títere, sobre un charco de sangre. Su cabeza apuntaba hacia sus pies. No, no podía. No así. No de esa forma. Se deslizó dos pisos, se afirmó de un muro, indiferente al dolor, y cuando la criatura en la terraza le lanzó un zarpazo, simplemente se dejó caer, frenando de vez en cuando con las manos, los brazos, los pies, destrozándose los dedos, los nudillos, los codos, las rodillas. Detuvo su caída libre del mismo modo en que lo hizo todas las veces, y no supo si ya no le dolía o si el dolor era tan intenso que era incapaz de sentir más. Cuando llegó al segundo piso, no pudo seguir avanzando y se lanzó desde ahí hasta el piso, dando una voltereta al caer. Podía haberse roto un tobillo, pero no sintió nada, no le importó. Mojado y llorando, salió corriendo. La reja del estacionamiento estaba cerrada. Sin cuestionarse, trepó por sobre ella y se dejó caer, tres metros, cayendo pesadamente al otro lado. El dolor en la cadera fue distinto; se le nubló la vista y un pitido impreciso resonó en su cabeza. No te desmayes, no te desmayes, mierda, por lo que más quieras. Soportó el embate del dolor con los ojos cerrados y el cuerpo agarrotado. Sólo el golpe, sólo el golpe, sigue corriendo. No había nadie en las calles. El cielo se había tornado cobrizo. Tomó nueva conciencia del pitido ultrasónico, que se confundía con el sonido de la lluvia cayendo en las calles y con el sonido del viento remeciendo los árboles. Corrió como nunca antes por dos, tres, cuatro cuadras. Hasta que vio a los demás, corriendo también, los hombres; ningún niño, ninguna mujer. Muy tarde para ellos. Los hombres lloraban, sin dejar de correr; algunos heridos, otros sólo ensangrentados, empapados quizás de su propia sangre, quizás de la sangre de otros. Se unió a todos ellos y siguieron corriendo por las calles vacías, en silencio, salvo por los espasmos intermitentes del llanto. No sabía dónde iban. Simplemente lejos de ahí. 

viernes, 13 de abril de 2012

Esos locos herejes

Mi familia es católica y estudié 12 años en un colegio católico. Como diría Arjona, "me bautizaron cuando tenía dos meses y a mí no me avisaron". Hice la primera comunión a las 9 años y fue designado por el catequista como "el mejor de mi generación". Mi mamá estaba orgullosa, para qué decirlo. Cuando vi la miniserie de Teresa de Los Andes, me dieron ganas de ser santo. Quise seguir participando de la Iglesia y me incorporé a un grupo religioso -no recuerdo su propósito. Hasta hablé en misa para invitar a los niños y jóvenes a que se nos unieran. Debo haber tenido 12 años. Luego, cuando aprendí a tocar guitarra, ya no iba a misa sólo a participar; iba a cantar, a animar. Trataba de seguir a los más avezados con los acordes, pero apenas podía cubrir todas las cuerdas con mis manitos de preadolescente. Recién estaba aprendiendo las artes de la guitarra, qué más podía hacer, salvo pedirle a Dios que me ayudara. Qué será de esos tíos, de los catequistas, de los cantantes, de mis compañeros, del cura Memo. No tengo idea. Capaz que alguno se haya tirado a la línea del metro, o que al cura Memo lo hayan trasladado a una capilla lejana por abusar de algún niñito desprevenido. La fuerza de los prejuicios que me hace escribir estas cosas.

La fe empezó a abandonarme cuando tenía como 16 ó 17 años. Las lecturas de Sartre y Camus ayudaron bastante al avance de Satanás en mi alma. Hermann Hesse hizo lo suyo también. Ya en la universidad, me hicieron estudiar a Aristóteles y Tomás de Aquino y comprendí hartas cosas: la principal, que la única prueba irrefutable de que Dios existe, lo convierte en un motor, en una causa primera, en un catalizador. Un concepto. Nada queda del Dios de barba larga, castigador o misericorde, da lo mismo. Dios lo es todo, y a la vez es nada. 

Me puse cínico, claro está. Cada vez que podía, trataba de meterme en la mente de los que sí creían y convencerlos de que no eran más que patrañas destinadas a consolarnos, de jugar con ellos; por último, para sembrar en ellos la duda. Repetía la frase de ese personaje de Unamuno, San Manuel Bueno y Mártir, y la tenía como estandarte: "Fe que no duda, no es fe". ¿Te molesta la duda?, les decía. Bueno, fe que no duda, no es fe. Tienes que dudar primero. Si sales convencido de que Dios existe, entonces has pasado la prueba. Si te niegas incluso a preguntarte si lo que te digo será verdad, entonces eres débil y sólo crees porque no se te ocurre otra cosa; no concibes el mundo sin creer. No concibes la muerte sin paraíso. No te atreves.

Y luego, claro, murió mi madre. Quise creer más que nunca, pero no pude. Aunque adquirí el concepto de la incertidumbre. Y me di cuenta, con urgente convicción, de que la religión tiene un componente emocional gigantesco. Que el dolor se apacigua, que el alma se tranquiliza. Pero que, si uno no puede sacarse de adentro la idea de que se está engañando a sí mismo, no tiene ningún sentido. Es más, lo pierde. Es como cuando uno sorprende el truco del mago. Se acaba la ilusión, comienza la duda. Ya el espectáculo consiste en descubrirle la pillería, no en disfrutar de la ilusión. Y uno comprende, con la mayor claridad, que la ignorancia es una bendición.

Pero me rehúso a decirle a la gente que Dios no existe. Me rehúso a decirle a los espectadores de este gran espectáculo de magia, que en realidad, cuando el mago corta por la mitad a la niña, hay un compartimento secreto en la recámara donde ella se acuesta; que es un juego de luces, de cámaras, de espejos; que el elefante no desaparece, sino que alguien tranquilamente lo saca de la jaula, sin que uno pueda darse cuenta. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Por qué habría de decirle a la gente que necesita un consuelo, una esperanza, una ilusión al menos, que no tiene ningún sentido, que eso no existe, que uno se muere y listo, ya está, se acabó, no hay más? 

Claro, no me obliguen a persignarme, a orar, a respetar Semana Santa y actuar de acuerdo con el sagrado catecismo. No me obliguen a elaborar y evaluar políticas públicas sobre la base de lo que Jesús dijo o lo que Dios manda. No me fuercen a casarme por la Iglesia, ni a rezar el rosario en la semana de la Virgen. Pero a mí no me molestará si usted lo hace, para nada. Si a usted se le ocurre dar las gracias antes de cenar, no voy a decirle, ah, estúpidos cristianos, y empezar a devorarme el pollo. Sí le voy a exigir, claramente, que así como yo respeto su fe, usted se avenga y respete mi propia, inhumana, incomprensible e insufrible falta de fe. Y que, cuando tenga que gobernar para todos, no gobierne sólo para el rebaño del Señor. Los que estamos condenados también queremos tener derechos, al menos mientras todavía pisamos esta Tierra.

viernes, 30 de marzo de 2012

Seres Mitológicos

Twitter es fuente inacabable de evidencia de que los chilenos, más que otros países, forjan sus opiniones sobre la base de asunciones incomprobables -más bien, "tincadas". Que oyen a uno de los sujetos llamados a "crear opinión" -los mal llamados "periodistas", los opinólogos sociales, los conductores de matinales- y generan un auto convencimiento de nociones y conceptos que, en realidad, no tienen ningún sustento en la realidad.

De esta forma, cuando cuatro dementes decidieron descargar su descontrolada e incomprensible ira en contra de un pobre muchacho -que resultó ser, además, homosexual-, provocándole, consecuentemente, la muerte, todos comenzaron a repetir que era culpa del país, que era culpa de todos, que todos somos responsables. Culpa de una nación que no respeta la diversidad, a las minorías, a los homosexuales. Culpa del judío de Hinzpeter, dijeron varios, en un ejercicio que resultó, a lo menos, llamativo. Empezaron a pronunciar su nombre, "Zamudio, Zamudio", con esa sutil locura que aparece tan bien retratada en "Fight Club", cuando los dudosamente cuerdos participantes del club comienzan a decir "His name is Robert Paulsen", enfrentados a la primera muerte de un miembro de eso que ya era una especie de congregación.

Y así surge este rumor -descontrolado, por lo demás- de que hay una especie de tabla sagrada que habría evitado que todo esto sucediera; que tiene el poder mágico de convertir a las criaturas y concebir en ellos la semilla del respeto, la aceptación y la fraternidad. Ese libelo expiatorio ha sido denominado "LEY ANTIDISCRIMINACIÓN". Sí, como lo leen. Una ley que prevendrá cualquier signo de intolerancia en el país, que tendrá el poder sagrado de transformar las costumbres más arraigadas del pueblo de un sopetón. Una ley que, de haber estado vigente, habría impedido que esos cuatro salvajes le rompieran las piernas y le lanzaran una y otra vez una roca en la cabeza al pobre Zamudio, hasta provocarle lesiones irrecuperables.

Pero, contra toda lógica, esta ley, aún un proyecto en discusión, NO HA SIDO APROBADA. No estaba vigente. ¿Y a que no adivinan por culpa de quién? Por supuesto, por culpa de esos ladrones de la Patria que se  alojan en la sección diestra del ámbito político. Los enemigos del Pueblo. Los perpetuadores de la Tiranía. Los Inquisidores. Ellos, que son anti-gay, obviamente no aprobarán un proyecto que les otorgue alguna clase de derecho, aunque sea el derecho a ser respetados.

Y claro, la ciudadanía se espanta. Pero cómo puede ser que estos infelices no hayan aprobado una ley que, de haber estado vigente, habría prevenido el trágico desenlace del pobre Daniel. Queremos ley antidiscriminación AHORA, repiten, emulando al muchacho que dejó el alma en un Mc Donalds exigiendo su cuarto de libra con queso. Es más, le llamaremos "Ley Zamudio", para que todos lo recuerden, porque ahora que murió, tiene derecho a ser conocido por su verdadero nombre, tal como Robert Paulsen, ese sujeto antes anónimo, discriminado y deprimido a causa de sus tetas gigantes. La derecha es la culpable. La UDI es la culpable. Los nombres de los senadores que rechazaron el artículo 2 del proyecto circulan por las redes sociales como un manifiesto de excomulgación. "Wanted", se puede leer abajo de las fotos de cada uno. Oye, pero, ¿qué es el artículo 2? ¡Es el artículo que habla de los gays!, responden. ¿Y qué hace el proyecto? ¡Prohíbe la discriminación, obvio! Ah...

Son tan pocos, incluso de aquéllos que son los llamados a liderar la opinión, los que se toman el tiempo de investigar, buscar el boletín de la ley (3815) y leerla, que provoca un estremecimiento. Cómo unos cuantos pueden generar una estampida de las masas, sin siquiera esforzarse demasiado. Cómo pueden crear una visión tan parcializada y manipulada de la realidad y ser exitosos en su intento, con tanta facilidad. No hablo de atacar a la UDI -aunque claramente era una motivación importante-, sino de crear un ser mitológico sobre la base de una simple idea, sumado a un sentimiento de indignación.

Un proyecto de ley que, a lo más, crea un recurso judicial para poder reclamar de discriminación arbitraria al buscar trabajo, o al perderlo, y que se viene a sumar al amparo laboral, al recurso de protección, a la inaplicabilidad, a las acciones de la ley del consumidor, que ya existen para el mismo efecto. Que, en materia penal, establece una agravante: cometer delitos por motivaciones discriminatorias -motivación, que, por lo demás, será prácticamente imposible de probar, salvo en casos en que sea absolutamente manifiesta. Que abre la brecha para no poder discriminar por apariencia física, lo cual podría derivar en el absurdo de no poder elegir una pareja sobre esa base. Que deniega la posibilidad de discriminar en ámbitos donde la discriminación es común y legítima, pero que lo permite en todos los ámbitos donde sí puede tener un impacto social relevante (incluyendo cuando se aloja en la libertad de expresión). Que, en ningún caso, ni en el más remoto de ellos, habría impedido que estos cuatro desalmados le dieran la golpiza de su vida al pobre Zamudio porque, según ellos, "les dio jugo".

Hay una expresión inglesa para los que hablan sin saber: consiste en apuntarse el trasero y señalar: "You're talking from here". Hoy todos tienen una opinión, y exigen que se les respete -sin conceder el mismo tratamiento a sus contrapartes, claramente. Opiniones que nacen de tincadas, de rumores, de conversaciones ajenas. ¿Estupidez? Ojalá no. ¿Mala educación? Probablemente. Pero está claro que no hace falta tener un doctorado en Harvard para tener una opinión válida e informada... Si es que ambas cosas pueden considerarse por separado.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Burros y Periodistas

Me molestan los periodistas. Es lo único que diré. Porque su trabajo consiste en informar, pero de un tiempo a esta parte se ha transformado en opinar. 
Todo el mundo tiene derecho a tener una opinión. Todo el mundo tiene derecho a expresarla. Los periodistas tienen derecho a tener una "línea editorial". Pero, para opinar, hay que saber. Hay que ponderar. Hay que hacerse cargo de la realidad. No saco nada con decir, "cómo puede ser que dejen libres a los de La Polar, este país no tiene remedio". Habrá que informar a la gente que la prisión preventiva es una medida cautelar personal que sólo procede en circunstancias puntuales, y cuya aplicación o no aplicación no implica un prejuzgamiento por parte del tribunal. No saco nada con decir "y estos delincuentes que irrumpen en las barras, ¿qué hace la autoridad que no los castiga? ¡Incompetentes!". Habrá que explicar que la ley de violencia en los estadios requiere de la introducción de evidencia en juicio que muchas veces no puede obtenerse, dado que simplemente no existe: se toma detenida a una persona por desórdenes, y la única evidencia en contra del sujeto es el testimonio del carabinero. Habrá que señalar que lo mismo ocurre en las protestas; por eso todas las detenciones de manifestantes son declaradas ilegales, pues no hay evidencia de qué estaban haciendo esos sujetos cuando los tomaron detenidos. Y habrá que opinar, quizás, que Carabineros debiese utilizar sistemas de grabación, para evitar que eso pase, y que le saquen la cresta a cabros que efectivamente sólo circulaban o participaban pacíficamente.
¿Qué pasó con el periodista de "Informe Especial" o el de "Contacto"? ¿Ese que investigaba sobre un tema y recopilaba información hasta ser capaz de mostrar una realidad en toda su dimensión, dejando que otros opinaran? ¿Ese que no se creía los cuentos que todo el mundo inventa para manipular la opinión pública, y mostraba los hechos tal como eran? ¿El que no se quedaba en la pancarta?
Parece que hubiera desaparecido, desalojado por esos "periodistas" que juran que se las saben todas, que juran que pueden hacer el trabajo de cualquiera, que son capaces de opinar de cualquier cosa en un noticiero, en un programa de radio, en un matinal, en un "late show" de televisión. Y no tiene nada de malo opinar. No tiene nada de malo equivocarse. Pero cuando se equivoca frente a millones de personas, que a la vez salen a la calle y la plaza de Facebook y Twitter a contar la misma estupidez que el otro comentó, tenemos un problema. Como el que informó que un sujeto que "casi mató a otro" sería formalizado por "cuasidelito de homicidio". Como el que dijo que cierto fulano "renunció", cuando en realidad "no va a repostular". 
Nadie se da cuenta, en todo caso. Ganan pantalla por irreverentes, por divertidos. No por inteligentes. Aunque todos los burros piensen que lo son.

Consecuencia


No soy totalmente contrario ni al aborto ni a la eutanasia. Sólo pido consecuencia.
Así habría partido una serie de twits que probablemente no llevarán a nada, porque nadie los lee y a nadie le importa. A nadie le importa porque cada uno está demasiado preocupado de validar su propia opinión antes que detenerse a pensar en la de los demás. No está mal, yo también lo hago la mayor parte de las veces. Sólo constato la realidad.
Soy cercano a la eutanasia. Casos de enfermedades terminales donde los pacientes pasan meses en plena agonía, sin posibilidad de realizar ninguna actividad que haga más digna o perdurable su vida. Meses de dolor, sufrimiento, llanto. Meses de espera a que llegue la muerte, para quien muere, y para quienes no logran retomar sus vidas porque están esperando que todo ocurra. Cuando la muerte llega, se siente como el tipo con la tremenda tripa que espera a que llegue el repartidor de la pizza. Por fin, llegó. Se acabó el sufrimiento. Se acabó el dolor. Para todos.
Casos de personas completamente paralizadas, que ni siquiera pueden disfrutar de un amanecer. Que ya no tienen la bendición de poder probar un bocado, de tomarse una bebida. Que no pueden comunicarse. Que se van apagando de a poco, como una ampolleta conectada a una batería que se acaba. Y quienes los quieren, incapaces de continuar con sus vidas, encadenadas a ese sufrimiento, al cuidado de quien ya no puede vivir.
Y así sucesivamente. Los casos de los bebés que nacerán muertos; los de aquéllos que vivirán con malformaciones aberrantes, que no serán capaces de alimentarse ni cuidarse, que no podrán trabajar, que no podrán leer un libro, que no podrán jugar ni al menos tener la chance de disfrutar de algo de felicidad. Casos que se repiten en todo el mundo, que gritan a los cuatro vientos: "Ey! ¡Hay un problema! ¿No te das cuenta?".
Pero no. O sea, nos damos cuenta. Pero preferimos ignorarlo. Hasta que le pasa a uno.
Entramos entonces en la discusión dogmática. No, la vida te la da Dios, sólo Dios te la quita. Yo no creo en Dios, si me quiero matar, es problema mío. Un bebé es un regalo de Dios, es un ser sagrado, un ser humano. La guata es mía, el dolor es mío. Si no quiero tener la guagua, es mi decisión. Tu cuerpo es un receptáculo. Soy dueña de mi cuerpo y lo que hay dentro. Y así sucesivamente, con otros matices, claro está. Los argumentos varían, pero se centran en lo mismo:
- "No estamos autorizados para poner fin a la vida";
- "Estamos autorizados para poner fin a la vida de un feto";
- "Estamos autorizados para poner fin a cualquier vida, bajo ciertas circunstancias".  
Debate de ciegos, claramente. Los pragmáticos son los menos en esta sociedad. Y son acusados de relativistas, hedonistas, paganos. Pero, curiosamente, he notado que quienes aparecen como los más liberales, son a la vez los más relativistas de todos: el que defiende a ultranza el derecho de reunión, pisoteando todos los demás derechos existentes y justificándose en la jurisprudencia emanada de la Corte Interamericana de Derechos Humanos; pero que, a la hora de autorizar una marcha de neonazis o una marcha en contra del aborto, son capaces de prenderle fuego a las hordas marchantes. Los que alegan que en Chile no se respeta el derecho a la libre expresión, lo defienden, llegan a la CIDH y a la ONU reclamando su ejercicio, pero declaran que la vida de un feto no vale más que el derecho de elegir de la madre, o niegan el mismo derecho de expresión a neonazis, homosexuales, católicos talibanes y/o derechistas a ultranza. Los que reclaman contra los abusos policiales, pero están dispuestos a romperle la crisma a un paco, o quemarlo vivo, si tuviesen la oportunidad.
Hay una contradicción esencial en estos sujetos. Los que defienden la educación y critican el lucro, pero pretenden estudiar precisamente para tener una profesión que les permita ganar más plata. Los que critican el libre mercado y defienden su derecho a educarse libremente, sólo para convertirse en una herramienta más en ese mismo libre mercado al que con tantas ansias pretenden incorporarse. Toda clase de contradicciones, de una y otra índole, de "forma" y de "fondo", si quiere llamarse, que hacen de estos grupos unos sujetos despreciables.
Consecuencia. Consecuencia. Si no crees en el Estado, no hagas marchas exigiéndole al mismo Estado que respete tus derechos. No tienes derechos si no hay Estado. ¿Qué haces pidiéndole a Dios que te dé algo, si no crees en Dios? Si interpretas los derechos humanos de la forma en que te conviene, usas la doctrina sólo cuando beneficia tu punto de vista, y acudes a las cortes internacionales sólo para defender tu propio interés, pues reniega entonces de los derechos humanos y di simplemente que eso es lo que quieres, y punto. Me importa una raja tu derecho a circular, o tu derecho de propiedad, o tu derecho a la vida. Me importa una raja el gobierno, la ley, el "estado de derecho". Voy a hacer lo que quiera y punto, moriré en mi propia ley. Qué tengo que andar pidiendo autorizaciones para marchas; qué tengo que andar haciendo marchas, por la cresta. Si no lo tengo, lo exijo a manos armadas, y qué tanto.
Ya no hay gente tan consecuente en Chile. Los que había, se murieron. Así que he decidido ser cínico y práctico. Acepto el Estado porque no hay otra. Acepto la ley, porque no hay otra opción. Me rijo por un orden, y exijo que ese orden se respete. No me baso en dogmas para decidir qué se puede o no se puede hacer. ¿Los homosexuales quieren casarse? Que se casen, qué me importa. No es más que un contrato. ¿Los enfermos terminales quieren que les den una inyección para irse de una vez por todas? Definiré las circunstancias, estableceré los controles, y deberé permitirlo. No tengo por qué negarle ese derecho a ninguna persona, si es su propia decisión. ¿Quieres matar a la guagua que llevas en el estómago, porque no la quieres? Bueno, si lo haces y no te veo, es cosa tuya. Pero no voy a permitir que vayan asesinando guaguas sólo porque no las quieren; no puedes devolver un par de zapatillas si no te gustan, y vas a poder matar a la guagua que llevas dentro porque no la querías. Mala suerte, cargarás con ella 9 meses, la darás a luz y luego te haré fácil la vida para que la des en adopción. Y me preocuparé de enseñarte que las guaguas nacen cuando uno tiene sexo, y que para tener sexo hay que protegerse. Repartiré condones y educaré a las familias pobres, para que no llenen la mediagua con 9 cabros chicos que después se convertirán en cogoteros o que estarán tan abandonados que se entretendrán tirándole piedras a los autos que transitan por las carreteras. Tomaré medidas para solucionar los problemas, no me estancaré en discusiones huevonas, dogmáticas, sobre qué es lo que Dios quiere que haga.
¿Es tan difícil? ¿Es eso ser relativista? ¿Inmoral? Puede ser. Pero la sociedad funcionaría. ¿Podemos aspirar a algo como esto? No, al menos dentro de los próximos 20 años. Se necesita educación. Educación, educación, educación. Y, lamentablemente, eso es lo que menos tenemos.

martes, 22 de marzo de 2011

Vox Populi

No puedo decir que no creo en la democracia. No puedo decirlo, porque sería idiota de mi parte, no siendo más que un simple ciudadano que apenas tiene derecho a votar de vez en cuando. Claro, usualmente las opciones que se me presentan no son personas que merezcan una gran admiración, o un apoyo irrestricto, o siquiera una cierta simpatía. Pero no podría decir que no creo en la democracia, o que no me gusta, porque de otra forma, estaría aniquilando la única forma que tengo de expresar algo en esta Nación. Sería un huevón de otro nivel diciendo que no quiero tener democracia en el país, por la sencilla razón de que, aunque no me guste, soy parte del "pueblo". No soy de la clase gobernante. En consecuencia, sin democracia, no tengo nada qué decir, sólo qué acatar.

Pero claro, eso no quiere decir que no pueda ser crítico de esta idea huevona de la democracia. Porque está bien, puedo reconocer y ser plenamente consciente de que, sin democracia, valgo mucho menos de lo que valgo hoy. Al menos hoy valgo un voto. Por ejemplo, soy ultrafanático de Queen, creo que es la mejor banda de la historia de la humanidad. Pero no por eso voy a obviar que escribieron unas cuantas canciones bien penquitas, o que sacaron un par de discos bien mediocres. No soy un extremista, me considero un huevón práctico. A veces, no siempre. Pero bueno, no quiero ensuciar esto con autorreferencias. Siendo práctico, entiendo que no puedo sino apoyar la idea de una democracia, pero en el ejercicio de esta democracia, puedo perfectamente decir, por favor, no nos escuchen. Señor Presidente, hágase el huevón, haga como que no existimos. Haga como que este monstruo informe de dieciséis millones de cabezas que se llama Pueblo, no existe. Haga como que no nos oye. Sé que en el fondo sí; sé que en el fondo tiene a un montón de asesores leyendo los twitters, posts de facebook, noticias, opiniones de la gente en los diarios online, cartas al director, columnas de opinión, etc, etc. Sé que, al fin del día, sabe en qué anda la "opinión pública", aunque la opinión pública piense puras huevadas parcializadas o prejuiciadas. Lo sé porque, como buen miembro de la clase gobernante, conocedor del sistema democrático, entiende que es ese monstruo informe el que lo elije como gobernante y, en consecuencia, nos conoce tal como un luchador conoce a su enemigo. Porque al monstruo hay que reducirlo, en cada contienda, en cada elección. El monstruo es gigante, una bestia salvaje, que al primer manotazo puede derribar montañas, que abre la boca y se puede tragar el mar. Pero el monstruo es imbécil. Sí, el monstruo es imbécil. Sus dieciséis millones de cabezas son tan volubles como ignorantes. Hay varias cabezas que tratan de imponerse, pero hay otras muchas cuantas que no quieren escuchar, que le hacen caso a la de al lado porque les tinca. El monstruo quiere comer, no importa cómo. El monstruo quiere energía, no importa cómo. El monstruo quiere viajar, no importa cómo. El monstruo quiere vestirse, no importa cómo. El monstruo quiere tener salud, no importa cómo. El monstruo quiere tener casa y abrigo, no importa cómo.

Pero sí importa.

Y sí, alguien puede cambiar la metáfora, o al menos aclararla, diciendo que los gobernantes son las cabezas del monstruo que comandan su accionar. Pero dejemos la metáfora de lado. El Pueblo no es un monstruo, en sí. Pero, tal como los ogros, el Pueblo es una invención de un cuento medieval. ¿Qué es el Pueblo? Nadie lo sabe. Todos somos Pueblo, pero a la vez, nadie. Pueblo son los más pobres; Pueblo es la clase media; Pueblo son todos los chilenos, menos los ricos. No importa, en realidad. Asumiendo que el Pueblo existe, diremos una cosa que es bastante cierta e indudable: el Pueblo, al menos el que habita esta larga y angosta faja de tierra, es huevón. Es imbécil. Quiere comer, quiere beber, quiere cagar, quiere fornicar, pero no quiere preocuparse de cómo. Finalmente se ha resignado a tener que trabajar para solventar sus deseos de comer, beber y fornicar, y así ha podido procurarse algunos placeres anexos que, usualmente, llevan a la satisfacción de los mismos primigenios deseos. Algunos quieren crear. El Pueblo, en definitiva, quiere ser feliz.

Asumiendo entonces la estupidez del Pueblo, hay que entender cómo piensan los gobernantes. El gobernante, evidentemente, se coloca por sobre el Pueblo, lo mira desde arriba. El gobernante busca poder, la facultad de poder llevar a la Nación a aquel lugar donde satisfaga mayormente sus propios intereses y, de pasada, los intereses de sus pares gobernantes, con tal de que éstos no le arrebaten el poder que ha ganado. Ahora, con toda esta invención huevona de la democracia, del vox Populi, vox Dei, de que el poder viene de Dios al Pueblo y del Pueblo a los gobernantes, y todas esas huevadas, han debido cambiar estrategias y ya no pueden llegar y decir, a ver huevones, yo soy el Rey, y soy el Rey porque nací Rey, y Dios me dio el poder a mí y sólo a mí, así que todos los huevones, a trabajar y hacer lo que yo quiera. No, no, no. A alguien se le ocurrió lo del vox Populi, entonces ahora los gobernantes no pueden llegar y dárselas de bacanes porque sí. Se la tienen que ganar. Pero como la mayor parte de los gobernantes (no todos) no son tan huevones, se dan cuenta de que al Pueblo lo tienen que tratar con inteligencia. Que el Pueblo es manipulable. Que no se requiere de grandes descubrimientos, de grandes teorías, para convencer al Pueblo. Que a veces basta con darle un candy, una caluguita, para dejarlo medianamente satisfecho. Que a veces basta con mostrarle una película bien linda todo el rato, una de monitos, con música y todo, y meterle la penquita bien despacito mientras tanto. Cuando se dan cuenta, ya les metieron la penca entera, y nada qué hacer. Owned, como dirían los gringos. Preocupémonos del Pueblo, okey, si al final gobernamos para el país. Pero no escuchemos a estos huevones, no se les ocurra hacerles caso. Veamos cómo estamos en las encuestas, tiremos al candidato más simpático, a la mina más rica, al huevón más confiable. El Pueblo es manipulable, si es huevón. A los más clever, déjenlos tranquilos. Denles becas a los huevones, pero que aporten al país. Tírenle al Pueblo la tele encima, los diarios, las revistas. Está bien que se enteren de cosas, está bien que se eduquen. Si así nos perpetuamos.

Y he ahí una disyuntiva... Porque si el Pueblo fuese más educado, ¿ganan los gobernantes? Si la mayor parte de lo que llamamos Pueblo tuviera un concepto claro y preciso de la realidad, de lo que conviene a la Nación, ¿sería mejor, o peor? ¿No es mejor que el conocimiento sea patrimonio de unos pocos, para que los demás no molesten con dudas huevonas que nos caguen la onda? ¿Que podamos seguir mirando a la gente desde arriba e imponerles lo que queremos? ¿O será mejor que puedan aportar con ideas, y que entiendan que, la mayor parte de las veces, las decisiones de los gobernantes se toman previa consideración de una serie de aspectos de toda índole, ejercicio que requiere conocimiento, experiencia y mucha reflexión, y que muchas veces esas decisiones no son las que, superficialmente, aparecen como las "mejores" para el montón de huevones ignorantes que pululan en el Pueblo y aúllan como coyotes hambrientos? ¿No será mejor que los gobernantes de oposición no puedan usar medidas impopulares que ellos mismos consideran necesarias, para atacar al gobernante de turno y crear en el Pueblo la sensación de que se tienen que cambiar de bando? ¿No sería mejor si los gobernantes no estuviesen atados por lo que es popular o impopular para tomar decisiones de efectos globales?

A ver... Habría que entrar a distinguir. Quizás para los gobernantes, hay ventajas y desventajas en cada postura. Pero un gobernante honesto no debería tener dudas. El gobernante quiere enriquecer al país, y el país no se enriquece si está lleno de ignorantes que no son capaces de una reflexión medianamente profunda. No, nunca el país será como la antigua Atenas, no estará lleno de compadres clever que las cachen todas o si no, las inventen. Más de un chanta tiene que haber, más de alguna persona incapaz de comprender lo indispensable. Más de algún loco, más de algún irreflexivo, más de algún fanático, más de algún insensato. OK. Perfecto. Pero, como gobernante, me gustaría que mi país creciera. Y que mis decisiones no sean juzgadas por lo que dice el people meter o la encuesta mensual de Adimark. Que mis propuestas no sean discutidas o aplicadas por adefesios que la gente elije sólo porque son simpáticos, ricas, o salieron en un reality. Que mis acciones no sean informadas y analizadas por parte de periodistas u opinólogos huevones incapaces de hacer una revisión que tenga cierta consistencia.

OK, perfecto entonces. Hay que mejorar la educación. No con medidas huevonas como la jornada completa, que sirve sólo para darle comida a los cabros más pobres. Esa es una medida de salud, no es una medida de educación. Pensemos. Pensemos. Analicemos, discutamos. Pero esto no puede seguir. Mientras tanto, sigamos engrupiéndonos a estos huevones como siempre, si son tontos, qué se le va a hacer. No es un juicio de opinión, es una realidad. Enfrentemos la realidad y usémosla a nuestro favor, todo sea por el Pueblo. No saben que lo hacemos por ellos mismos, y en generaciones, nunca lo sabrán. Pero gobernantes, pares míos, no nos leamos la suerte entre gitanos. No digan que lo que estoy proponiendo vale callampa, es una huevada, va en contra de los derechos humanos o la huevá que sea, para cagarme y que no me reelijan en cuatro años más. Eso es de maricones. Y puta, lamentablemente, todos lo hacen.

Pero ya, eso parece que también es un hecho. Por mientras, entonces, no hagamos huevadas. ¿Plebiscito para elegir la energía que el país quiere? Por Dios. Hay que ser bien huevón. Esa es decisión de los huevones que saben. El Pueblo quiere comer, beber, fornicar y cagar, y los más bacanes quieren crear. El Pueblo quiere ser feliz. Pero el Pueblo no sabe cómo. Esa es la premisa primordial para todo gobernante. No hueveen entonces. No quiero ese poder de decisión. Sorry, no me lo den. Si dármelo a mí implica dárselo a todos, no gracias. Quizás qué otro monstruo informe terminaríamos creando.