domingo, 15 de diciembre de 2013

Voto voluntario y abstención-crítica de liberal a liberales

La enorme abstención observada en las últimas elecciones, con posterioridad a la reforma electoral que introdujo el voto voluntario, no genera (pese a ser ésta una de las principales motivaciones para abstenerse) indiferencia.

A pesar de que en Chile unas 13 millones y medio de personas están habilitadas legalmente para votar, en la última elección (la primera vuelta presidencial) sólo votaron unos 6 millones y medio, menos del 50% del total del electorado. Se espera una menor participación en esta segunda vuelta.

Todo esto ha hecho concluir a varios de que hay un problema. Algunos, sin embargo, prefieren decir que es una constatación de facto y se niegan a achacarle un valor negativo. Otros coincidirán en que se trata de un problema... pero uno que afecta a la clase política chilena, no a los ciudadanos. 

En beneficio de este artículo, quizás podamos llamarlo "fenómeno".

El análisis del fenómeno lleva a muchos a preguntarse, primeramente, cuáles son sus causas. Qué razones motivan a las personas a no ejercer su derecho a voto. Uno rápidamente puede adivinar varias, de las más diversas naturalezas: indiferencia, flojera, molestia, decepción, imposibilidad física. Lo cierto es que ningún grupo puede atribuir a alguna de estas razones una mayor prevalencia frente a las otras. Cada una de esas seis millones y algo de personas que decidieron no votar tiene razones distintas. Muchas coinciden, muchas no. No puede ser ésta una parte relevante del análisis.

El fenómeno es claro, sin embargo. Más de la mitad de los ciudadanos se rehusa, en forma permanente, a votar. Razones de lado, no es algo respecto de lo cual el legislador, que decidió modificar el carácter obligatorio del voto, deba estar indiferente.

Quizás sea conveniente repasar, entonces, algunas de las razones que motivaron al legislador para hacer este cambio. El motivo de fondo es un ideal liberal, está claro. Las personas son libres de decidir si votan o no. No es necesario que la ley les imponga el deber de votar, cuando se trata de una opción que pueden tomar por sí mismos. Las democracias desarrolladas no obligan a sus ciudadanos a votar. Siendo algo más sofisticados, se parte de la base que los individuos tienen una cierta independencia ética que el Estado debe respetar como un valor en sí mismo. Cualquier imposición que la ley haga a los individuos, sea de hacer u omitir algo, es una privación, total o parcial, de aquella independencia ética y, por tanto, debe ser necesaria. Cuanto mayor la interferencia, mayor y más clara la necesidad y la relación causal entre aquello que se manda/prohíbe y aquello que se pretende. No podría la ley, por ejemplo, prohibir a los individuos mirar pornografía en sus casas, sobre la base de que este hecho atenta contra el derecho de los demás a no tener como vecino a una persona que mira pornografía, o bien, que prohibir esta práctica disminuiría la tasa de violaciones o asaltos sexuales. En el primer caso se aprecia la falta de necesidad; en el segundo, la falta de relación causal.

En efecto, la independencia ética es un valor que todo gobierno debe respetar. Los estados tienen el deber de maximizar la felicidad de los ciudadanos (llámeselo utilidad o bien común, como se prefiera). Toda ley es sufrimiento, pues priva a los individuos de aquella independencia que todo ser humano, naturalmente, tiene. Una buena parte de las decisiones que una persona toma en su vida sólo le afectan a él y a su círculo cercano, y no debería afectar a los demás ciudadanos. Si yo decido ver pornografía en mi casa, es mi problema, no de mi vecino. Si decido tener una orgía en una plaza pública, puedo decir también que es mi problema y mi decisión, pero es claro que no es así: quienes pretenden pasear por la plaza pública no tienen sino la obligación de observar mi práctica, si quieren pasar por ahí. En algunos casos la línea es más fina, pero habitualmente no lo es. Hay ciertas cosas que son mi problema y los demás no tienen "derecho" a interferir en ellas; hay otras que no.

El punto está, entonces, en dilucidar si la decisión de votar es una de aquellas en que uno puede decir, con seguridad, "cosa mía", o no. Aquellas que sólo me afectan a mí y cuyo efecto no se extiende a la generalidad de las personas, de manera indiscriminada.

Parece que la decisión de votar (y de no votar) es una de aquellas que no sólo afectan a quien la toma, sino a varios más. A toda la nación, de hecho. El voto manifiesta una preferencia, política, en este caso. El candidato con mayor preferencias nos gobierna por 4 años, a todos, sin importar por quién hayamos votado.

La decisión de abstenerse implica la determinación de no manifestar preferencias. Algunos dicen que lo hacen por indiferencia, porque no les importa, o porque es una forma de expresar molestia y decepción. La verdad es que da lo mismo: no lo sabemos. Como no lo sabemos, sólo vemos el resultado. No sabemos si ese resultado habría sido el mismo si todos hubiesen votado, puesto que nadie puede asegurar que aquellas personas que se abstuvieron, colocadas dentro de la urna, habrían votado nulo o blanco. Todos tienen una preferencia. Incluso los más pesimistas, que miran las dos opciones políticas prevalentes como una especie de veneno y la votación, como la preferencia sobre cuál les será administrado, pueden tener una preferencia sobre dicho "veneno": el que los hará sufrir menos, o más, quién sabe.

Enfrentados a este panorama, el discurso de la independencia ética y la libertad de votar queda algo rezagado y pierde toda potencia. Cuando se habla de privilegiar los métodos indirectos de legislación, aquellos que determinan incentivos o desincentivos, sobre los directos, aquellos que se limitan a mandar o prohibir, se asumen dos cosas: (a) que la decisión que el individuo tome es indiferente para el Estado y se encuentra plenamente dentro del ámbito de su independencia, o (b) que la decisión no es indiferente para el Estado, pero se dan las condiciones para que la legislación indirecta influya en el individuo de tal forma que decida actuar de la forma que resulta más conveniente para la sociedad en su conjunto. El impacto de aquellos que no actúen como se pretende será menor.

Creo que es justo decir que, en el caso de Chile y el derecho a voto, no se da ninguna de estas dos condiciones. El país no está preparado para asumir y considerar, con plena información y responsabilidad, la decisión de votar o no votar. Las escuelas ni siquiera enseñan educación cívica y da la impresión de que, aunque lo hicieran, no sería suficiente como para crear el hábito de votar. La sanción moral, aquella que se percibe en algunos furibundos tuiteros que tratan de estúpidos a los que no votan, tampoco es suficiente, resultando hasta contraproducente. Los ataques generan una reacción defensiva de quienes no votan, creando una especie de "orgullo de no votante". Muchos dan razones de por qué no votan, en las que se deja entrever, también, cierta conformidad que lleva a la indiferencia, o ciertas ideas erróneas sobre la relevancia del voto para la sociedad entera. Lo cierto es que ahora, quizás, uno todavía pueda defender la libertad de voto. Pero la defensa será mucho más difícil cuando la abstención alcance porcentajes mayores. Puede ocurrir, como puede no ocurrir, dirán. Claro. Es por eso mismo que sustentar la libertad de voto en la independencia ética debería ser, para el legislador, un despropósito. 

Esta columna no pretende incentivar a las personas a que voten, ni hacerlos cambiar de parecer. Los cambios culturales requieren mucho más que una entrada en un blog, un tuiteo, una discusión en facebook o una entrevista en CNN. Sólo pretendo hacer ver que la decisión de votar o no votar no puede ponerse en el mismo nivel que la decisión de fumar o no fumar, ver o no cierto programa de televisión, estudiar cierta carrera o comprarse tal o cual auto. Es una decisión sobre la cual la sociedad, y el Estado, tiene un sumo interés. No es irrelevante. Cuando se la deja al mero arbitrio de las personas, nadie puede, con responsabilidad, decir que sí la considera relevante, como lo han hecho algunos liberales, máxime cuando se lo hace sin proporcionar mayores elementos de incentivo, sin información, sin educación. Es o no es relevante, así de simple.

Y para aquellos que pretenden ejercer el derecho a no voto como forma de protesta, debiesen preguntarse cómo se leerá ésta el día de mañana. Lo más probable es que el mundo político llegue a la conclusión no de que el sistema está en crisis, sino de que es preciso restaurar el voto obligatorio. Algunos incluso dirán que no es sino una señal de conformidad. El tiempo dirá... Y no parece que el tiempo deba tener la última palabra en esta materia.
  

jueves, 14 de noviembre de 2013

La falacia de la AC: Ni necesaria, ni efectiva, ni coherente.

Leí un blog donde se hablaba de la Asamblea Constituyente. Su autor planteaba una serie de razones que fundamentan su deseo por una nueva constitución en el país, señalando, básicamente, el controvertido origen de la actual Constitución (la "Constitución de Pinochet", ni más ni menos) y las injusticias del sistema económico que, aparentemente, ella habría permitido.
Publiqué una respuesta, que me pareció oportuno compartir acá. Es corta y al grano. Se puede decir mucho al respecto, pero uno corre el riesgo de alargarse demasiado.

Si bien concuerdo con la irregularidad en la forma en que se redactó y aprobó la actual Constitución, y en la necesidad de realizar reformas profundas en varios sectores de la institucionalidad (especialmente aquellos relativos a libertades económicas y rol del Estado), no veo que la opción de una AC, tal como se ha planteado, sea una solución coherente, necesaria y efectiva.

No es efectiva, porque esos problemas no están en la Constitución, sino en varias otras leyes (ejemplos: LOCE, para educación; DL 3500, para AFPs y sistema previsional; Ley de Isapres).

No es necesaria, porque, precisamente por lo anterior, esos problemas se arreglan modificando las leyes, no haciendo una nueva constitución.

No es coherente, porque mientras se critica que la Constitución del 80 fue preparada por una comisión ad-hoc convocada por la Junta, aprobada en un plebiscito controvertido, lo que ahora pretende hacerse es bastante similar: que el gobierno de turno convoque a una comisión de señores, muy posiblemente afines a los intereses de tal gobierno, para hacer una constitución a la medida de tales intereses, de manera tal que después "el pueblo" la apruebe, sin contrapesos, en un plebiscito.

Lo que ocurrirá entonces es lo siguiente: se redactará una constitución sin participación de quienes son los llamados a representar a los ciudadanos (sí, nos guste o no, este país es una democracia indirecta y ellos son quienes nos representan). Saltándose entonces la valla de los parlamentarios, y bajo la excusa de que sus intereses son contrapuestos a los de quienes los han elegido, este nuevo documento se pondrá en conocimiento del público siguiendo la misma lógica de una elección presidencial: videos en youtube (posiblemente protagonizados por actores connotados del momento), publicidad, debates dirigidos, memes, cadenas de facebook, campañas en twitter, "la rana René te invita", "Chuck Norris apoya", etc. Eso, sin perjuicio de que, a diferencia de las elecciones, ni siquiera será obligatorio (no hay decreto ni ley alguna que señale cómo debe llevarse a cabo una AC). Así, el pueblo, que no necesariamente sabe de leyes ni de potestades ni de roles subsidiarios ni de sistemas de gobierno ni de principio de legalidad ni nada de esas cosas, votará por algo de conformidad con cómo lo huele, cómo se lo han vendido, sin consideración alguna por temas bastante relevantes que muchas veces escapan del gusto mayoritario: por ejemplo, los derechos humanos. Porque, ¿qué pasa si a los sujetos que redactan la constitución se les ocurre colocar que el aborto estará permitido siempre, en toda circunstancia, hasta dos horas antes del parto? ¿O -yendo a otro tema que debiese ser "menos" controversial- que un órgano público decidirá, arbitrariamente, si permite o no la permanencia en el país de cierta clase de migrantes, sólo basándose en su nacionalidad? Bastaría con que la mayoría, digamos, el 50% más uno de quienes votan, estén a favor de alguna de estas medidas, para que sea parte de nuestra constitución. O digamos que la gente no está de acuerdo, pero sí lo está con otras normas del proyecto. ¿Votarán que Sí, que No? ¿Tendrán voto separado por norma? Y lo más importante: ¿quién decidirá? ¿Un grupito reunido en La Moneda, dependiente del gobierno de turno?

¿No se caerá, entonces, en el mismo vicio del que se acusa a la Constitución del 80?

Tenemos que reconocer que la actual Constitución ha sido objeto de diversas modificaciones, algunas de ellas bastante sustantivas que, se quiera o no, le dan legitimidad. Hoy no existe mayor controversia en cuanto al contenido de la Constitución más que respecto al alcance de ciertas garantías, al número de parlamentarios o a los quórums de aprobación de leyes. Hasta el famoso sistema binominal, planteado como excusa para derogar la Constitución, ¡no está contenida en ésta!

La única forma razonable de hacer una nueva constitución es, primero, un gran acuerdo político que permita modificar la actual, creando, de paso, una nueva. Y que luego dicha nueva constitución, aún proyecto en esa instancia, aprobada por el congreso, sea presentada a los ciudadanos y sometida a plebiscito.

Lo que no puede ocurrir es que sólo unos pocos decidan qué hacer y cómo hacerlo, de una forma arbitraria y excluyente, dejando al arbitrio del "pueblo" la decisión de cuál será la norma fundamental que regirá el destino del país.

¿A usted no le gusta involucrar al congreso en esto? ¿Piensa que esto no ocurrirá porque el congreso lo va a impedir, por eso hay que saltárselo y llegar directamente al pueblo? Bueno, le recuerdo que durante mucho tiempo no hubo congreso en el país, y muchos lucharon por su restauración. Ahora tenemos democracia. Es algo contradictorio que, tratando de arreglar el entuerto del gobierno militar, que suspendió la democracia para arreglar el país como a sus líderes les pareció más conveniente, ahora se pretenda hacer exactamente lo mismo para aprobar una nueva constitución.

Y lo último: quizás sería hora de que nuestro empresariado, y aquellos parlamentarios y personeros que representan sus intereses, se den cuenta de que en este país es preciso y necesario incrementar la equidad. Es imprescindible que lean las señales y comprendan que los cambios no pueden seguir esperando. El valor de lo que pierden es mínimo en relación con lo que todos ganamos... Incluyéndolos a ellos.

viernes, 5 de abril de 2013

La Crucifixión

"Ya matamos a uno. Ahora viene el siguiente".
Frase que podría salir del guión de un western, o de una película de Quentin Tarantino. De la boca de Beatrix Kiddo, quizás. Pero no. Salió de la boca de un parlamentario -"honorable", como se han autodenominado- luego de lograr la aprobación de una acusación constitucional contra el Ministro de Educación, por un supuesto "notable abandono de deberes" (nótese la contradicción entre las palabras "supuesto" y "notable").
¿Sería hora de entrar a analizar el sustento de la acusación constitucional bajo la luz de lo establecido en la Constitución y las leyes? Sí, claro. Evidente, dirán algunos. Pero no: no es necesario porque, como muchos ya han advertido, se trata de un "juicio político". Y en política, hoy en día, no se necesitan "argumentos" para atacar a alguien, ¿verdad? Basta con que sea del partido opositor. Razones para acusarlo se encontrarán y sonsacarán en el camino. Dejemos a los abogados, o a los guionistas, que se preocupen de eso. Contratemos a alguien de Pixar, a los hermanos Wachowski. Ellos tienen imaginación.
De todos modos, tratemos de hacer el ejercicio. 
La acusación contra el Ministro de Educación se puede resumir, básicamente, en lo siguiente: usted está obligado a hacer aquello que ni la Constitución ni las leyes lo facultan a hacer (lo cual no es importante). Estuvo obligado desde que entró en funciones, pero no cumplió con su obligación a tiempo. Prueba de ello es que encontró una forma de hacerlo con relativo éxito respecto de una universidad, sin infringir todas las normas aplicables al asunto. O sea, siempre pudo hacerlo. Lo que pasa es que no quiso.
Si costó entenderlo, no se preocupe: así es. Tan confuso, vago y contradictorio como la declaración de un mafioso ante la policía. Por eso partimos diciendo: los argumentos, el "fondo" de la acusación constitucional, es totalmente irrelevante. Aquí no estamos discutiendo temas legales, no se engañe; no estamos en el nivel de la Constitución y las leyes. Ni siquiera estamos en una discusión técnica. Aquí estamos en una discusión “política”. Y ya habrán advertido que la política hoy se maneja de la misma forma que la farándula; sólo cambian los actores. Que la Matthei dijo esto y que Andrade dijo esto otro; vamos a preguntarle a Fulano a ver qué opina de lo que dijo Sultano, quien claramente no estaba informado ni sabía de lo que hablaba pero qué importa, suena bien. Y vamos dando discursos simplificados para que la gallada los entienda; sale la Vocera hablando en twitter y viene otro que la trollea, y luego uno del otro lado que trollea de vuelta, y cuando están en las comisiones se ponen los dedos en las orejas y empiezan “no escucho, no escucho”, cuando el otro está hablando. Y Bachelet que no responde preguntas, como un futbolista que se niega a dar declaraciones a la prensa a su llegada al país, porque alguien dijo que hacía pocos goles o se ganaba muchas tarjetas.
Eso es nuestra política, lo queramos o no. Una política que se ha transformado en una pichanga entre derecha e izquierda, donde nosotros somos la pelota. Qué golazo el de la Concertación de ayer, ¿eh? Sí, claro. La colocaron en el ángulo. Ahora la pelota está al medio de nuevo, esperando a que den el pitazo inicial.
Ahora aparecen los políticos pregonando que esta es una victoria ciudadana. Y lo más terrible: aparecen los ciudadanos confirmándolo. “Chao Beyer”, “Fuera Beyer”, como si fuese un logro de la causa. No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que no es así. No hay que ser cientista político para percatarse que “mejorar la educación” ni siquiera es una finalidad secundaria en esta clase de acciones. No hay que ser clarividente para darse cuenta de que, cuando aparece Rincón o Silber diciendo que esto es un “paso más hacia una mejor educación”, es en realidad la última de sus consideraciones. No hay que ser hombre de negocios para no comprarse el cuento.
Nada ganamos con lo que ha ocurrido. Nada. La historia así nos lo ha enseñado. Otros se han ido antes, de derecha e izquierda, y todo ha seguido igual. Como lo hace con cierta periodicidad, el mundo político ha ofrecido un sacrificio para saciar la sed de sangre de la ciudadanía. Han designado uno entre sus pares y han decidido despedazarlo públicamente. “Hemos escuchado sus quejas y demandas”, dicen. Y es lógico: hay que apaciguar al “pueblo”. Un poco de sangre los tranquilizará por un tiempo. Y mejor: el corazón de un opositor es sincera ofrenda para obtener los favores de su parcialidad. Ahora pensarán que somos sus aliados. Doble ganancia. Win win.
Lo que ha ocurrido es que la Concertación anotó un gol en la pichanga. Pero nosotros no somos la pelota: debemos ser los árbitros. Nosotros decidimos si el gol vale o no.
Hay que despertar. Da la impresión de que muchos lo han hecho; pero quedan varios, la mayoría, que no. Irónicamente, cerca de Semana Santa, se ha crucificado a pobre personaje, un chivo expiatorio, para limpiar los pecados de la clase política; pero no es suficiente, ni era necesario. Es más: siento que mi molestia se ha acrecentado. Porque nuevamente el político se viste de amigo, de consejero, de verdadero y leal representante, y me quiere vender esto que es como un seguro de vida usurero en las manos de una niña linda. Me quiere ver la cara de idiota. Y no soy idiota.

Yo soy su amigo, déme la mano. Vamos. Una sonrisa perfecta en su rostro; el pelo revuelto -dentro de todo, ha luchado por mí. Venga, ¿vio que lo ayudé? Déme su voto y lo ayudaré más. Eso, si es sólo una línea. Aquí, al lado de mi nombre. Eso es. Muchas gracias. Ahora entrégueme el lápiz, no sea aprovechador. ¡Hable bien de mí, eh! 



jueves, 7 de junio de 2012

¿Profesionalerss o Profesionales? Consejos para un DT Complicado.

Soy profesional. Por mi trabajo, muchas veces requiero estar completamente alerta, despierto, con la mente ágil, para poder funcionar. Pero ha pasado que hay días en que sé que eso no será tan necesario. Y ha pasado que me he puesto a carretear un día miércoles y he llegado a la pega en un estado no adecuado, varias veces. Pero no ha pasado nada más.

Los pilotos de líneas aéreas comerciales tienen un estándar parecido, pero mucho más rígido. Tienen en sus manos las vidas de un montón de gente y, en consecuencia, no pueden tomar ningún riesgo cuando se suben a un avión. La mayor parte del tiempo se sientan y vigilan que el piloto automático haga bien la pega; pero los pocos minutos en que deben estar completamente alertas, lo están, sin titubeos ni lagunas. Aterrizar el avión es la parte más difícil de volar. Uno no puede después decir que estaba medio encañado y no logró concentrarse; que el fácil cálculo se te fue en collera o fallaste en una estupidez porque no estabas suficientemente lúcido. Eso te puede costar la vida. Y por eso, antes de un vuelo, y es más, dos días antes de un vuelo, un piloto no sale de su casa, no toma ni una copa: come, ve televisión, se acuesta temprano y descansa. Eso es lo que le exige el profesionalismo. Pero tres o cuatro días antes... Uf. El tipo puede despertar botado en una plaza, y no hay problema.

Y así pasa con todas las profesiones, incluyendo, fíjese, la de jugador de fútbol. Y en esto hay que ser claro en la distinción: el tipo que carretea todos los días, probablemente siga haciendo eso toda la vida. No será capaz de estudiar, de trabajar, de progresar en ningún sentido. Cuántos universitarios se pierden de esa forma; cuántos jugadores de fútbol sucumben ante la tentación de tomarse sus piscolas y no ir a entrenar, una y otra y otra vez, hasta que se auto condenan a jugar los domingo en la cancha de tierra por el Vicuña o el Lázaro y ser objeto de la admiración de los viejos que van a ver los partidos y que, ante sus fintas y golazos, comentan, puta, este cabro que habría sido bueno, podría estar en el Colo si no fuera tan carretero.
No nos extrañemos, todos lo hacemos, en una y otra medida. La diferencia entre los profesionales y los amateur, aunque suene ridículo, es que el profesional sabe cuándo puede tomar, cuándo puede darse una licencia, sin perjudicarse a sí mismo. Y el amateur, claramente no. La diferencia no radica en quién toma más y quién menos; está en saber cuándo tomar.

Y claro, un profesional del fútbol sabe que puede mandarse un carretito cuatro o cinco días antes de un partido. Sabe que lo puede hacer, porque lo ha hecho antes, y le ha funcionado. Porque, si no le hubiese funcionado, no estaría jugando en primera, o en el Colo, o en Boca, o en algún equipo de Europa. No sería titular indiscutido ni campeón en Italia. No sería baluarte en España. No sería perseguido y hasta paparazeado por otros clubes. Por supuesto que no. Si no supiera cuándo y cómo puede hacerlo, sería un pobre tipo, lo que sea que estaba condenado a ser saliendo de la población. Jamás habría llegado ni siquiera a jugar en Primera en Chile, como le ha pasado a tantos, quizás a demasiados jugadores extremadamente talentosos que se conforman con jugar por treinta lucas en el club del barrio, con el objetivo de salir campeón en la A del Zambrano o de la Cuarta Zona.

Como espectador, no puedo dudar de la profesionalidad de estos jugadores, ni siquiera de su compromiso con la causa, cuando son convocados a la selección que yo quiero ver ganar. Porque cuando el tipo entra a la cancha, corre igual o más que el resto, mete, hace goles, es un aporte. O bien no corre ni mete, pero es tan talentoso que no necesita hacerlo. Eso ya depende del entrenador. Entonces, surge la pregunta evidente para ese entrenador, el líder del equipo, el que determina quién juega y cómo juega: ¿es este sujeto necesario para conseguir el objetivo trazado? Sí, claro que lo es. ¿Es un aporte? Por supuesto. ¿Es reemplazable? Sí, claro, todos son reemplazables; pero preferiría no tener que hacerlo. Y la pregunta siguiente: ¿sabe usted que antes de jugar, dos días antes, para ser precisos, este jugador se tomó unas piscolas y se acostó a las cinco de la mañana? Umm, la verdad es que no, no tengo cómo saberlo. Tampoco me di cuenta, porque entrenó normalmente y luego rindió completamente en la cancha, a mi total satisfacción. ¿Entonces no tomará medidas en su contra? Y bueno, ¿debería tomarlas? Si el tipo hizo lo que tenía que hacer, lo que le pedí que hiciera, y lo hizo bien, ¿tengo que castigarlo?

Ah, pero si lo del carrete se sabe antes... Es otro cuento.

Obviamente esto tiene que ver con estos aparatajes sensacionalistas promovidos por los seudo-periodistas que inundan este país; maniobras destinadas a manipular la conciencia colectiva y fomentar el prejuicio y la condena popular. ¡Pero cómo un jugador de la selección carretea días antes del partido! ¡Pero cómo llega tarde a la concentración! ¡Una vergüenza, una ignominia! ¡Que le corten la cabeza, por Dios! ¡Cómo se atreve! Hay que sancionar la falta de compromiso, de ética profesional, de carácter, de prudencia. Hay que educar al jugador. No podemos contar con estos tipos para defender al país, ¡oh, rayo, cae sobre ellos; oh, Señor Entrenador, libera tu ira sobre sus cabezas!

Y es ahí donde el Señor Entrenador, enfrentado a las multitudes que claman por la crucifixión del jugador, se para frente a ellos y tiene dos opciones: lavarse las manos y entregarlo, o defenderlo y bancarlo. Si el Señor Entrenador considera que la falta del jugador afectará su rendimiento con miras al objetivo, probablemente decida sobre la base de su propia conciencia. En caso contrario, le dará su confianza y negará al pueblo (periodístico) el placer de crucificarlo; transformándose él, de paso, en sujeto idóneo para la hoguera.

Lamentablemente, el Señor Entrenador es bastante susceptible a lo que pide el pueblo (periodístico). Y está dispuesto a sacrificar el objetivo por su deseo de satisfacer el deseo de esos palurdos y quedar relativamente bien con ellos, para no ser él también uno de los crucificados. Por qué es tan susceptible al pueblo, no se sabe bien. Probablemente porque el Señor Entrenador anterior era mejor que él, probablemente porque las cosas no se han dado tan bien como antes; probablemente porque el equipo no juega a nada y si no fuera por las individualidades, estaríamos como Bolivia.

Y claro, llama la atención que el Señor Entrenador diga que a sus jugadores los banca hasta la muerte, cuando minutos antes, ha hecho todo lo contrario. Si confía en ellos, deberá confiar en sus decisiones y defenderlos, porque son necesarios para conseguir el objetivo. Déjalos que hablen de nacionalismo y compromiso y amor patrio y orgullo de defender la camiseta y todas esas pelotudeces que nadie sabe bien qué significan. A ti no te sirven los más comprometidos, porque ni siquiera tienes juego de equipo: te sirven los mejores. Qué se le va a hacer. No te puedes dar el lujo de perder jugadores, por el bien tuyo y el bien del país.

Sería entonces hora de que cerraras las puertas del complejo y dejaras afuera al pueblo (periodístico), que con antorchas, lanzas y hoces en las manos, gritan para que les entregues a los Frankesteins que hay dentro. Sería bueno que los defendieras, que los conocieras y tomaras, concientemente, las medidas necesarias para no exponerlos y protegerlos de esa horda; para que aquello que ellos ven como un pecado, y tú, como algo intrascendente, no te obligue a tomar decisiones que sabes que no quieres tomar. En pocas palabras, sería bueno que fueses inteligente, y que, falladas las medidas de prevención, y enfrentado a la ingrata decisión, efectivamente confíes en tus jugadores "hasta la muerte" y te hundas con tu barco. Porque al final del día, nos guste o no, el capitán del barco, el que lo maneja, el que decida dónde va y a que velocidad anda, eres tú.


  

miércoles, 18 de abril de 2012

La Liberación de la Patria



            Se hizo visera con la mano para tapar el sol poniente que le daba justo en los ojos, y pudo ver al encargado de la fotocopiadora parado en la puerta, mirando a uno y otro lado y luego el reloj en su muñeca, en un gesto que revelaba, claramente, su intención de cerrar el boliche por el día. La urgencia golpeó su estómago como un puñetazo. Quiso echarse a correr, pero tuvo que detenerse de sopetón en la esquina, para evitar que una Citroneta lo arrollara. El conductor tocó la bocina y le hizo un gesto obsceno por la ventanilla, pero, inmerso en la música que sonaba en los audífonos, apenas notó esto último. No le importó; se quedó mirando la luz roja del semáforo y los demás automóviles que transitaban por la avenida, con cierta idiota ansiedad. Se afirmó el bolso contra la espalda y se preparó para correr. A lo lejos, un temerario obrero estaba colgado de la techumbre de un edificio, instalando un letrero sobre esa nueva película del exorcismo, de la que todos hablaban. Y un poco más allá, el encargado de la fotocopiadora encendía un cigarro y se lo llevaba a la boca, observando la calle sin mayor interés.
Mierda, este semáforo no cambia nunca, pensó, moviendo las piernas, cual corredor preparándose para la partida. Mientras miraba la luz del semáforo, una nube tapó el sol, y de pronto el color cobrizo de la tarde se transformó en grisáceo, como la ceniza. Una brisa helada le acometió por la espalda. Una tarde gris, pensó, extrañado. Se quedó absorto en el cielo y en esas nubes que de pronto lo cubrían todo, y apenas pudo esquivar a la señora regordeta que se abalanzaba sobre él con una enorme bolsa a cuestas. Notó que la luz había cambiado y empezó a cruzar, pero de un costado apareció un hombre con un carrito lleno de cachivaches, corriendo enajenado, y hubo de hacerse a un lado como pudo para no chocar con él. Una tapa de olla se escapó del transporte y se quedó girando en el suelo como un trompo, abandonada, sin que el tipo siquiera se diera vuelta a mirarla.
Cruzó la calle y empezó a trotar. El encargado de la fotocopiadora ya no estaba en la calle, pero la puerta seguía abierta. No notó hasta unos cuantos metros más adelante, absorto en la visión de esa puerta y el letrero de “abierto”, que de pronto se había quedado solo. Ninguna persona caminaba por la vereda. Se detuvo secamente y miró hacia la calle; por la Alameda nada circulaba, sólo un tipo en bicicleta que cruzó rápidamente la calle y se perdió en unos pasajes del otro lado de la acera. La voz de Roger Daltrey en sus oídos le daba a la escena un tono sicodélico. Dio vuelta la cabeza hacia la derecha, y la visión del sujeto que corría hacia él lo hizo retroceder espantado. El sujeto pasó por su lado sin mirarlo, abriendo la boca como un hipopótamo, en un chillido que apenas pudo oír, amortiguado por la música. Y a sólo una cuadra, el encargado de la fotocopiadora trataba de alcanzar la cortina con gesto desesperado, todavía con el cigarro en la boca. Echó a correr, procurando cruzar por las barricadas antes de que se encendieran, pero un enorme neumático apareció de la nada, haciéndolo tropezar, y antes de que pudiese recuperar el paso, alguien lo empujó hacia un lado, empapó el neumático con parafina y, como en un acto de magia, le prendió fuego con un manotazo, dejándolo recorrer la calle como una antorcha rodante. Y desde un costado aparecieron los manifestantes, encapuchados algunos, otros a rostro descubierto; botellas en la mano, bolsos repletos de piedras, que sacaban y lanzaban como jabalinas, y pancartas crucificadas en estacas de trupán con leyendas en rojo y negro, “Fuera el Tirano”, “Adiós Carnaval”, “A la Mierda el Mundo”, con letras que golpeaban como fuego. Gritaban consignas como si fueran maleficios, avanzando con la mirada fija al frente, sin importar las piedras que volaban sobre ellos ni el fuego que los rodeaba. Se quitó los audífonos, se los puso sobre el cuello, y entonces el ronquido impreciso de las maquinarias, los gritos desaforados, el rugir de las piedras y hasta el lento arder del fuego le provocaron un estremecimiento. No soportó y se los colocó de vuelta. Trató de colarse por entre un grupo de mujeres, escapar; llegar a la tienda, fotocopiar el libro e irse a estudiar, tenía prueba en dos días, si le iba mal, se echaba el ramo, sería catastrófico, ya el profesor Peña le había dicho que no le quedaba saldo en la cuenta de ahorros, que era ahora o nunca, que debía darlo o perderlo todo; pero lo empujaron y detuvieron, lo hicieron darse vuelta y caminar con ellos, aunque él se resistía, tengo que llegar a la fotocopiadora, les dijo, es una cosa de vida o muerte; pero las mujeres no le hablaron, sólo gritaban, mirando al frente con ojos transparentes, como partícipes de un ritual vudú; una lo miró con bondad, no te enojes, te entiendo, pero no podemos dejarte pasar, esto es más importante que una fotocopia. ¿Estás loca?, le dijo, ¿cómo algo puede ser más importante que eso?, y nuevamente trató de librarse de ellas, pero era como un pez nadando contra la corriente, debatiéndose entre los brazos de la muchedumbre como ráfaga de viento entre las ramas de un sauce; todo era inútil, lo voltearon a fuerza de manos y gritos, hasta que apareció el primer carro, a toda velocidad, y todos salieron corriendo, algunos despavoridos, otros embravecidos, como esperando ese momento. Los insultos y las piedras tomaron su rumbo por sobre sus cabezas y tuvo que hacerse a un lado, agachado, protegiéndose con el bolso, y aunque enfiló nuevamente hacia la fotocopiadora, no pudo seguir avanzando, estaba metido en medio de esa balacera silenciosa, si al menos lo dejaran ir a sacar unas fotocopias, sólo eso, nada más, podría irse tranquilo a estudiar. Alguien que fumaba un pito lo tomó de un brazo y lo llevó hacia la orilla, y se escondieron detrás de un quiosco, aquí te van a mojar leso, te van a echar a perder la radio, mejor córrete. Es que tengo que sacar unas fotocopias, dijo, pero siempre le respondían lo mismo, te entendemos, loco, pero así no se puede, no vale la pena, no tiene sentido. Lo sujetaron fuerte de los brazos, ven, por acá, tenemos que correr, pero no quería correr. Tienes que correr, le dijo una niña, y supuso que ella lo entendería, pero sólo quería sacarlo de ese lugar antes de que ellos volvieran. Y más allá de la música se alzaba el griterío, las bocinas, el sonido de los pasos sobre el pavimento; la tierra levantándose más adelante, en enormes polvaredas rojizas; las pancartas desplegándose en el cielo como paracaídas multicolores, las banderas, las piedras volando de un lado a otro, como pájaros ciegos; las botellas, los chorros de pintura que iban a chocar contra los carros y dibujaban en ellos un absurdo cuadro de arte contemporáneo. Las mujeres, los hombres, corriendo despavoridos algunos, otros, desafiantes, parados en medio de la calle, levantando los brazos, como pidiendo ser devorados, detenidos, encarcelados, Soto, ven acá hombre, que te van a agarrar y hasta ahí no más llegamos, y qué mierda quieres que haga, si no tengo otra puta opción, le gritó de vuelta Soto, pero el otro seguía, no pueden agarrarte, Soto, no debes rendirte, hemos venido hasta aquí por ti. Y Soto, yo no le pertenezco a nadie, déjenme ir, nadie me tiene preso, soy libre, soy libre y voy a seguir así. Si seguía levantando las manos, era porque quería volar. Alguien apareció con un megáfono, todos corran, escóndanse, huyan, no dejen que los atrapen, y él sólo quería llegar a la fotocopiadora, pero ya estaba muy lejos, lo habían arrastrado unas tres cuadras, y lo único que hacía era afirmarse el bolso, para no dejar caer el estéreo y los apuntes, y allá venía el carro, a una cuadra, prodigando chorros salvajes de agua, y los demás gritando, ya vienen, pacos culiaos, organizando barreras, las barricadas no van a soportar, quién mierda tiene más botellas, por la cresta, denme más, que esto no aguanta, prendámosle fuego a otra rueda y dejemos la cagá. Una mujer de grandes anteojos trató de encender una mecha y el brazo de pronto se le convirtió en fuego, y se puso a chillar, ¡apáguenlo, apáguenlo!, y alguien la tomó de la cabeza y la aventó al piso, salvajemente, haciéndola rodar, y pudo secarse con el agua que escurría por la acera, y ella se miró el brazo y se puso a gritar, en estado de shock, mientras la extremidad exhumaba un vapor negro, como de pan quemado. Y en sus oídos, This is my generation, this is my generation baby, pero allá afuera las patrullas recorrían enajenadas las calles, y ya los policías alzaban sus bastones, y algunos caían y se volvían a levantar, luego retrocedían y devolvían piedras que les habían lanzado a ellos, y seguían corriendo, esparciéndose como las llamas; algunos eran atrapados, se retorcían y gritaban espantados, no, no, déjenme, pero nada, los pacos no decían nada, detrás de esos cascos enormes que les cubrían el rostro como una armadura, y Soto, Soto seguía allí, en medio de todo, esperando que alguien se lo llevara, ¡Soto, por la mierda, deja eso y ven, haz que esto valga la pena!, y una niña rubia y de ojos verdes, Soto, deja esa mirada idiota, no te pueden atrapar, ¿no te das cuenta de lo que te han hecho? ¡Despierta hombre! Y Soto se quedó con la vista pegada en ella, ajeno a todo el sacrificio que acontecía a su alrededor, y arriba el sol ya no estaba y las nubes eran negras, y todavía la observaba, suplicante, cuando la lluvia empezó a caer, en grandes goterones, I don’t want to cause a b-b-b-big s-sensation... I’m talking about my g-generation…  Es que no quiero seguir peleando, dijo Soto, como rogándole que se fuera, pero ella se quedó allí parada, y cuando venía el enorme carro pensó por un momento que ella lo había visto y alcanzaría a correr, a esquivarlo, pero se quedó allí, plantada en el piso como una estatua sufriente, y el carro la embistió con toda la fuerza de su poderosa estructura y la hizo desaparecer, dejando un rastro sanguinolento en la acera. Y Soto se quedó solo, enmudecido, los ojos blancos, la boca abierta, como un muñeco, y la lluvia empezó a colmarle los labios, se le posó sobre la lengua, y escurrió por sus ojos, confundiéndose con las lágrimas. ¡Soto!, alguien lo llamó, desesperado, pero estaba en medio del ruedo, no podía salir, ya se los habían llevado a todos, váyanse ustedes, yo me quedo aquí, nos veremos luego, yo sólo quería unas fotocopias para estudiar, pero ya ven, eso es imposible, no son más que patrañas que alguna vez me inventé y que no significan nada. Y alguien dijo por allá que no eran más que unos pendejos insolentes, el futuro de Chile, a la mierda, entonces nos quedamos sin futuro, y el carro volvía para la embestida final, como un toro enfurecido, e hizo una seña, bueno muchachos, sería, esto no tiene remedio, y de pronto unos cuantos se asomaron por las rejas, detrás de los arbustos y las empalizadas de cemento, y empezaron los balazos, tatatatata, como estallidos de muerte salpicados por la lluvia, y ellos comenzaron a caer como palitroques, y los otros también, es la única solución, lo siento tanto; Soto se fue a esconder detrás de las barricadas y el agua se tiñó de rojo, y como enhebrando una extraña ironía, alguien le lanzó una caja de vino, y la bebió con gusto, dejó el bolso a un lado y lo lanzó al carro, que pasaba raudo por un costado, huyendo, váyanse de aquí, idiotas, dando su vida por esto, imbéciles, no aprenden de nosotros, que ya estamos condenados. Bebió otro sorbo de vino, se secó la cara con el brazo, y tiró la caja a un lado, pásame una de esas, dijo, y párate atrás mío, por la mierda, que si me matan tienes que seguir disparando. Miró hacia atrás, con nostalgia, y ella, la de ojos verdes, ya no estaba; pero todavía se erguía la ciudad, oscurecida por el humo de las metrallas y los motores, empapada por la lluvia y la sangre, y atrás un letrero, una fotocopiadora, los buses rodando por las calles limpias, las luces, la gente, la música; pero si no era más que un sueño, daría su vida por que nunca se hiciese realidad.

2005

La Visita (De "Los Versos de Simón")


Leía el diario online, sentado en el escritorio, como todas las tardes de sábado, cuando comenzó. Fue en uno de esos momentos donde se respira una tranquilidad falsa, maqueteada, como ese silencio repentino en el bosque que presagia un fenómeno extraño. Miraba el video de un jugador de fútbol europeo que, sin explicación, había errado un tiro a boca de jarro, sin arquero, imposible. Se sorprendió tanto que la conciencia de lo que venía quedó rezagada en su mente por unos cuantos segundos, largándose a reír de buena gana, pero silenciosamente, con apenas un rezongo.
Y entonces los oyó. Los pasos. Pesados, rápidos, corriendo por el pasillo. Sombras cruzando raudas por debajo de la puerta. Ningún grito, ninguna palabra. Nada que hubiese podido darle una pista de que habían llegado. Sólo los pasos yendo de un lado a otro allá afuera. Como le habían advertido. Sintió un dolor en el vientre, como una daga imaginaria que se clavaba en sus entrañas, y un sudor frío que recorrió su espalda. Se quedó paralizado. Sabía que el día llegaría, pero no lo esperaba tan pronto. No así, a esa hora, mientras veía el diario con el pijama puesto y reía por el video de un futbolista ridículamente malogrado. Afuera llovía, y apenas estaba vestido. Y todavía no podía moverse de su silla. Se quedó observando la puerta, las sombras corriendo sigilosas, incapaz de moverse, olvidando todo lo que había planeado durante tantos días y tantas noches, todo lo que había leído, todo lo que había soñado. Ya estaban ahí, y no podía mover un músculo. Por Dios. Muévete. Muévete, o será muy tarde.
            Algo golpeó contra su puerta secamente. Saltó sobre la silla y entonces despertó de su parálisis. Un grito, afuera, en el pasillo. Otro más, ensordecedor, terrible; un chillido desesperado. Golpes. Su corazón se descontroló de pronto, palpitando cada vez más rápido, como el motor sobrecargado de una locomotora vieja, mientras las sombras seguían corriendo allá afuera y los gritos se multiplicaban. Se levantó de la silla y observó alrededor, buscando algo para ponerse. Los mocasines, al lado del sillón. Dio dos pasos y empezó a colocárselos, dando gracias de que no tuviesen cordones. Acomodaba el segundo zapato, cuando dos sombras cruzaron por su puerta. Luego otra. Y luego la última. Dio un suspiro de alivio… Pero la sombra retrocedió y se detuvo frente a la puerta.
Y el ojo de pez, que antes dejaba entrar un reguero de luz amarillenta desde el pasillo, se eclipsó.
Sintió un estremecimiento desde el pelo a las entrañas. Su respiración hizo colapsar sus pulmones y se quedó paralizado, sin aliento, por un momento que le pareció eterno. Ya era tarde, era muy tarde. Fueron demasiado rápidos, más de lo que nunca imaginó. Lo habían encontrado. Inhaló al fin una bocanada de aire y observó la terraza, a un costado, detrás del ventanal. Estaba anocheciendo, y la lluvia arreciaba. No tenía otra opción. No tenía tiempo para nada. Debía salir. Sal ahora. Sal. Otro golpe en la puerta, fuerte como una explosión, tanto que los goznes se remecieron y del techo cayeron pequeños trozos de cal. No podía esperar más. No había tiempo.
            Se levantó y abrió el ventanal. El viento rugió en su cara y pudo escuchar el sonido, que quizás no había podido oír antes debido a la aislación del termopanel. Era una especie de pitido ultrasónico, como un silbato de perros. Tantas veces lo había imaginado… Y ahora estaba ahí. Hacía frío. Agradeció haberse puesto zapatos, aunque fuesen mocasines. Pero ya no pensaba. Piso doce. Se le había ocurrido cómo bajar hacía dos semanas, pero el episodio se veía tan lejano que no le pareció necesario idear nuevos planes. Al final de la terraza, por un costado, había un espacio relativamente grande que servía de resumidero. Había una pequeña reja instalada entre el muro y el fin de la terraza, para evitar que los niños cayesen. El espacio era suficientemente amplio como para dejar pasar su cuerpo. Por suerte estaba delgado. Otro golpe en la puerta, y entonces los escuchó. Un chillido sobrecogedor, inhumano, espeluznante. Estaban allá afuera. Lo habían olido. Salió a la terraza, corriendo. Otro golpe. Miró hacia abajo por esa especie de pasillo vertical por el cual se aventuraría. Si resbalaba, no tendría opción. Debía bajar con brazos y piernas apoyados en la muralla. Respiró profundo. Quizás si llegaba al departamento de abajo, podría salir por ahí. Pero no. Si ya estaban ahí, estarían en todos lados. Otro golpe, y la puerta cayendo. Se apoyó y comenzó a bajar. Resbaló y se vino de bruces contra el piso de abajo. No logró afirmarse de la reja y se agarró desesperado del muro, sacándose la uña del dedo índice. Gritó de dolor. Los chillidos se intensificaron. En el departamento de abajo, las sombras se habían apoderado de todo. Gigantes, las criaturas danzaban. Era demasiado tarde. Por Dios. Ya no había otra alternativa. Siguió bajando, tratando de asegurar cada paso contra la pared, como un montañista. Nuevamente resbaló al escuchar los gritos, y se deslizó dos pisos completos hasta enterrar el puño contra la muralla. El dolor casi le provoca un desmayo. No quiso mirarse la mano ensangrentada, no tenía tiempo. Sólo sintió la sangre chorreando por su brazo y vio las marcas que iba dejando en la pared. El dolor nacía en sus manos y circulaba por todo su cuerpo como una descarga eléctrica, punzante, palpitante. En el piso nueve, había sangre en los ventanales. En el piso ocho, una luz, y ninguna sombra. Se detuvo. No escuchó nada. Pensó en entrar. Sintió esperanza. Y cuando la garra se asomó por el ventanal, dio un respingo y se dejó caer, chillando, tratando infructuosamente de afirmarse de las rejas y los maceteros que iba encontrando a su paso. Cuatro pisos más abajo, se detuvo apoyando las manos destrozadas contra el descanso de una terraza desocupada. Un dolor que nunca había experimentado antes lo sacudió como una bestia salvaje; pero lo olvidó al ver a la mujer que yacía ensangrentada sobre las baldosas blancas. Alguien, algo, le había cercenado las piernas. La mujer estaba viva, pero sus ojos iban de un lado a otro y no decía nada. Por Dios, por Dios, murmuró, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Entró en pánico, sintió vértigo, miró hacia abajo y quiso dejarse caer por un momento, olvidarlo todo, despojarse del dolor, del miedo, de los presagios oscuros que se le venían a la mente. Levantó la vista al escuchar un grito al frente, vio a la mujer precipitándose a una velocidad inaudita, y luego, justo de antes de chocar contra el suelo, desvió la mirada y sólo pudo escuchar un golpe seco, que sonó como un enorme saco de cemento reventándose en el piso. Cerró los ojos y rezó entre murmullos, recuperando el aliento. Por Dios. Por Dios. La mujer estaba tirada en el suelo, desarmada como un títere, sobre un charco de sangre. Su cabeza apuntaba hacia sus pies. No, no podía. No así. No de esa forma. Se deslizó dos pisos, se afirmó de un muro, indiferente al dolor, y cuando la criatura en la terraza le lanzó un zarpazo, simplemente se dejó caer, frenando de vez en cuando con las manos, los brazos, los pies, destrozándose los dedos, los nudillos, los codos, las rodillas. Detuvo su caída libre del mismo modo en que lo hizo todas las veces, y no supo si ya no le dolía o si el dolor era tan intenso que era incapaz de sentir más. Cuando llegó al segundo piso, no pudo seguir avanzando y se lanzó desde ahí hasta el piso, dando una voltereta al caer. Podía haberse roto un tobillo, pero no sintió nada, no le importó. Mojado y llorando, salió corriendo. La reja del estacionamiento estaba cerrada. Sin cuestionarse, trepó por sobre ella y se dejó caer, tres metros, cayendo pesadamente al otro lado. El dolor en la cadera fue distinto; se le nubló la vista y un pitido impreciso resonó en su cabeza. No te desmayes, no te desmayes, mierda, por lo que más quieras. Soportó el embate del dolor con los ojos cerrados y el cuerpo agarrotado. Sólo el golpe, sólo el golpe, sigue corriendo. No había nadie en las calles. El cielo se había tornado cobrizo. Tomó nueva conciencia del pitido ultrasónico, que se confundía con el sonido de la lluvia cayendo en las calles y con el sonido del viento remeciendo los árboles. Corrió como nunca antes por dos, tres, cuatro cuadras. Hasta que vio a los demás, corriendo también, los hombres; ningún niño, ninguna mujer. Muy tarde para ellos. Los hombres lloraban, sin dejar de correr; algunos heridos, otros sólo ensangrentados, empapados quizás de su propia sangre, quizás de la sangre de otros. Se unió a todos ellos y siguieron corriendo por las calles vacías, en silencio, salvo por los espasmos intermitentes del llanto. No sabía dónde iban. Simplemente lejos de ahí. 

viernes, 13 de abril de 2012

Esos locos herejes

Mi familia es católica y estudié 12 años en un colegio católico. Como diría Arjona, "me bautizaron cuando tenía dos meses y a mí no me avisaron". Hice la primera comunión a las 9 años y fue designado por el catequista como "el mejor de mi generación". Mi mamá estaba orgullosa, para qué decirlo. Cuando vi la miniserie de Teresa de Los Andes, me dieron ganas de ser santo. Quise seguir participando de la Iglesia y me incorporé a un grupo religioso -no recuerdo su propósito. Hasta hablé en misa para invitar a los niños y jóvenes a que se nos unieran. Debo haber tenido 12 años. Luego, cuando aprendí a tocar guitarra, ya no iba a misa sólo a participar; iba a cantar, a animar. Trataba de seguir a los más avezados con los acordes, pero apenas podía cubrir todas las cuerdas con mis manitos de preadolescente. Recién estaba aprendiendo las artes de la guitarra, qué más podía hacer, salvo pedirle a Dios que me ayudara. Qué será de esos tíos, de los catequistas, de los cantantes, de mis compañeros, del cura Memo. No tengo idea. Capaz que alguno se haya tirado a la línea del metro, o que al cura Memo lo hayan trasladado a una capilla lejana por abusar de algún niñito desprevenido. La fuerza de los prejuicios que me hace escribir estas cosas.

La fe empezó a abandonarme cuando tenía como 16 ó 17 años. Las lecturas de Sartre y Camus ayudaron bastante al avance de Satanás en mi alma. Hermann Hesse hizo lo suyo también. Ya en la universidad, me hicieron estudiar a Aristóteles y Tomás de Aquino y comprendí hartas cosas: la principal, que la única prueba irrefutable de que Dios existe, lo convierte en un motor, en una causa primera, en un catalizador. Un concepto. Nada queda del Dios de barba larga, castigador o misericorde, da lo mismo. Dios lo es todo, y a la vez es nada. 

Me puse cínico, claro está. Cada vez que podía, trataba de meterme en la mente de los que sí creían y convencerlos de que no eran más que patrañas destinadas a consolarnos, de jugar con ellos; por último, para sembrar en ellos la duda. Repetía la frase de ese personaje de Unamuno, San Manuel Bueno y Mártir, y la tenía como estandarte: "Fe que no duda, no es fe". ¿Te molesta la duda?, les decía. Bueno, fe que no duda, no es fe. Tienes que dudar primero. Si sales convencido de que Dios existe, entonces has pasado la prueba. Si te niegas incluso a preguntarte si lo que te digo será verdad, entonces eres débil y sólo crees porque no se te ocurre otra cosa; no concibes el mundo sin creer. No concibes la muerte sin paraíso. No te atreves.

Y luego, claro, murió mi madre. Quise creer más que nunca, pero no pude. Aunque adquirí el concepto de la incertidumbre. Y me di cuenta, con urgente convicción, de que la religión tiene un componente emocional gigantesco. Que el dolor se apacigua, que el alma se tranquiliza. Pero que, si uno no puede sacarse de adentro la idea de que se está engañando a sí mismo, no tiene ningún sentido. Es más, lo pierde. Es como cuando uno sorprende el truco del mago. Se acaba la ilusión, comienza la duda. Ya el espectáculo consiste en descubrirle la pillería, no en disfrutar de la ilusión. Y uno comprende, con la mayor claridad, que la ignorancia es una bendición.

Pero me rehúso a decirle a la gente que Dios no existe. Me rehúso a decirle a los espectadores de este gran espectáculo de magia, que en realidad, cuando el mago corta por la mitad a la niña, hay un compartimento secreto en la recámara donde ella se acuesta; que es un juego de luces, de cámaras, de espejos; que el elefante no desaparece, sino que alguien tranquilamente lo saca de la jaula, sin que uno pueda darse cuenta. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Por qué habría de decirle a la gente que necesita un consuelo, una esperanza, una ilusión al menos, que no tiene ningún sentido, que eso no existe, que uno se muere y listo, ya está, se acabó, no hay más? 

Claro, no me obliguen a persignarme, a orar, a respetar Semana Santa y actuar de acuerdo con el sagrado catecismo. No me obliguen a elaborar y evaluar políticas públicas sobre la base de lo que Jesús dijo o lo que Dios manda. No me fuercen a casarme por la Iglesia, ni a rezar el rosario en la semana de la Virgen. Pero a mí no me molestará si usted lo hace, para nada. Si a usted se le ocurre dar las gracias antes de cenar, no voy a decirle, ah, estúpidos cristianos, y empezar a devorarme el pollo. Sí le voy a exigir, claramente, que así como yo respeto su fe, usted se avenga y respete mi propia, inhumana, incomprensible e insufrible falta de fe. Y que, cuando tenga que gobernar para todos, no gobierne sólo para el rebaño del Señor. Los que estamos condenados también queremos tener derechos, al menos mientras todavía pisamos esta Tierra.