domingo, 10 de agosto de 2014

Amsterdam

El desayuno está servido. Esta mañana es el turno de los scones, que han servido con mermelada de frutillas y algo de crema. No están mal, piensa. Todo lo demás, las tostadas, el café pasado por agua, el té barato, las frutas añejas, ya lo ha probado y no tiene interés en comerlo de nuevo. Se quedará con los scones, que —es raro, sigue pensando— están bastante buenos. Esponjosos, de corteza algo crocante, con el punto justo de azúcar.
Necesita beber algo. Mira el café con recelo, pero de todas formas vierte un poco en una taza y se lo bebe de mal gusto. Probando el sabor agrio de la bebida en la lengua, siente deseos de fumarse un cigarro, pero recuerda que todos esos lugares son ahora “libres de tabaco” y tan pronto como encienda un porro llegará un empleado a decirle, con ese tono melifluo propio de los sirvientes que le parece insoportable, que por favor lo apague, que está prohibido y blah blah blah.
Se entretiene entonces mirando el mapa de la ciudad. A ver. Amsterdam no es tan grande, con unas cuantas horas podría recorrer casi todas sus atracciones sin ningún problema. Chequea la billetera y halla un pase de turista. Espléndido. Hasta podría evitarse caminar. Le haría bien, hace un calor de un demonio. Por lo demás, no está demasiado interesado en conocer los lugares típicos de la ciudad; no le agradan las aglomeraciones, los turistas con sus cámaras y mapas gigantes generando atochamientos en las estrechas veredas que rodean los canales, sacando fotos desde los botes o haciendo filas interminables para entrar a lugares tan insípidos como la casa de Ana Frank. Quién diablos fue Ana Frank de todos modos; estaba seguro de que era un personaje de ficción, como Luke Skywalker o el Inspector Rousseau. Prefiere sentarse en un parque, o a tomar una cerveza en la calle. Ver a la gente pasar. Imaginar sus vidas. Simular que los conoce. Aparentar que son amigos de toda la vida que, extrañamente, ya no se recuerdan.
Mira por la ventana y nota que el paradero del tram se encuentra a unos cuantos metros del hotel. Perfecto. Se echa en la boca el último pedazo de scone que le queda en el plato y se larga sin dejar propina. El empleado le lanza una mirada rápida que le parece acusadora, pero no se preocupa de él. Que piensen lo que quieran. Primero, a la pieza a echar una meada y lavarse un poco la cara, que seguramente le cuelga sobre el cráneo. Apenas ha dormido. Luego, a la ciudad.
Toma el ascensor y luego de dos minutos está parado frente a la habitación 404. El letrero de “No molestar” cuelga sobre el picaporte de la puerta. Desliza la llave electrónica por la cerradura y entra. La habitación está fresca; ha dejado el aire acondicionado encendido. No resiste la tentación de echarse sobre la cama y mirar un poco la televisión. Se aburre pronto. No hay más que canales holandeses y alemanes y no entiende ni una mierda de lo que transmiten. Un palurdo de unos cincuenta años con aspecto de rockero presenta canciones en un canal de videomúsica. Qué sujeto más ridículo.
Apaga la televisión y entra al baño. Con parsimonia, se baja la cremallera y deja que su pene fláccido se asome por el pantalón, frente al retrete. Intenta expulsar el chorro de orina que pugna por salir, pero no lo logra. A su lado, un sujeto lo observa desde la tina. Sus inmensos ojos azules parecen fijos en su miembro, expectantes del líquido que está por emerger. Su boca, ligeramente abierta, le da a su rostro una curiosa expresión de asombro. Su brazo desnudo cuelga por fuera de la tina y se hunde en una poza violácea.
Corre la cortina con un manotazo violento y vuelve a concentrarse en la orina. No puede mear si siente que alguien lo mira. Nunca ha podido.

viernes, 8 de agosto de 2014

Liberalish

El ideario liberal contemporáneo indica que los derechos individuales son esferas intocables donde la personalidad no debe ser coartada por las leyes. En otras palabras, que en ciertos aspectos de la vida y respecto de ciertas materias, los individuos son libres de decidir como les plazca y el Estado no sólo debe mantenerse al margen de tales decisiones, sino que debe establecer los mecanismos que se requieran para asegurar el ejercicio de dicha libertad.
Las decisiones que caen dentro del alcance de esta "esfera de personalidad" son, precisamente, aquellas que uno considera de manera intuitiva como "personales", desde la religión que elegimos (de elegir alguna) hasta la persona con la que nos casamos (si decidimos casarnos). Por supuesto, decisiones que parecen bastante irrelevantes, como tomarnos un helado (en cono o en vaso) o bebernos una coca cola (o una pepsi), caen dentro de tal esfera. No parece haber problema al respecto; nos da la impresión de que la decisión de tomarnos o no una bebida en un día de calor es, en realidad, problema nuestro y de nadie más. Gastarnos la plata en un PC o en un Mac, pagar la entrada más cara para ver a Morrissey en el Movistar Arena (o a Arjona, el Morrissey latino), comparar a Morrissey con Arjona, comprarnos calzoncillos o gastarnos la plata en piscolas, pagar la mensualidad del colegio o irnos de putas un viernes en la noche. Todas estas son decisiones personales respecto de las cuales es habitual que la gente responda, con irritación, "y a ti qué te importa", si alguien llegase a cuestionar su conveniencia. No es tu problema, viejo. Es problema mío lo que hago con mi plata, con mi cuerpo, con mi auto, con mi familia, con lo que sea. Mientras no dañe a nadie más, pues no tienes nada que decir al respecto. Y eso va tanto para los metiches de turno como para la sociedad en su conjunto; vale decir, para el Estado.
Eso está bien. Adhiero al ideal liberal y me parece que es un punto de partida. Al hombre le debe estar permitido buscar su propia forma de ser feliz, mientras sus decisiones no provoquen un mayor daño a los demás. En esto estamos de acuerdo.
¿Debería entonces el Estado decirle al dueño de un restorán que no debe colocar un salero en la mesa? ¿O que debe regular la cantidad de sal que pone en los platos? ¿Que debe evitar también colocar azúcar en la mesa? ¿Que las papas fritas deben ser menos fritas y las longanizas del choripán, bajas en grasa y sodio? ¿No son acaso estas las materias en las cuales uno generalmente dice, "viejo, esto es problema mío, no tuyo"?
En ciertos temas, el asunto se complica ¿Podría CHV mostrar películas pornográficas a las 4 de la tarde? ¿Podrían los supermercados vender cigarros y copete a un escolar de doce años?
Estas discusiones no son nuevas y no pretendo sumergirme en ellas con detalle. Sólo deseo hacer un punto en relación con el consumo de alcohol y de cigarros (y eventualmente marihuana, si se llegara a permitir su comercialización). Fumarse o no un cigarro es, en verdad, problema de uno. Se transforma en un problema de otros cuando se fuma en un lugar público, puesto que el ejercicio de la libertad de fumar colisiona con el derecho de otros a permanecer en un ambiente libre de humo, y como ya sabemos que el humo ese podría ser dañino, pues entonces lo más lógico es que el legislador, actuando como distribuidor, prefiera otorgar preferencia a los no fumadores, en consecuencia restringiendo la libertad de los fumadores. No me parece que esto sea malo; es lo que corresponde.
Ahora, si uno, siguiendo el ideario liberal, defiende a ultranza el derecho a hacerse pedazos el hígado o los pulmones, fumando o tomando, sería justo también que esas mismas personas acepten, como en general se hace, los efectos de sus propias decisiones sobre ellos mismos. El legislador habitualmente (e idealmente) interviene sólo cuando hay efectos dañinos respecto de terceros, pero (en teoría) no debería intervenir cuando los efectos se dan en la misma persona que ejerce su libertad. Si usted decide fumar dos cajetillas diarias y le da cáncer o enfisema, pues bueno, usted se lo buscó. Ahora, ¿por qué la sociedad, este Estado en que vivimos y que somos todos (y que se financia con la plata de todos), debería hacerse cargo de una enfermedad que usted se buscó libre y deliberadamente, con pleno conocimiento? Si le advertimos, tratamos de hacerle cambiar de opinión, pero usted se negó una y otra vez a abandonar esa práctica que le agradaba tanto, ¿por qué deberíamos hacernos cargo de su enfermedad? ¿Por qué de pronto algo que correspondía a su esfera privada, intocable, inalienable, pasa a ser parte de la esfera pública, donde no sólo se permite, sino se exige que el Estado intervenga? ¿No parece esto algo injusto e inconsecuente?
No pretendo promover el abandono estatal de aquellos que han decidido exponerse a un riesgo en el ejercicio de la libertad de manejar su vida de una forma peligrosa o insalubre. Creo que el punto es otro. Mi observación final, la que me ha atrapado estos últimos meses, es que en Chile la clase política —y la sociedad en general— adolece de un problema de consecuencia. Las pisadas de cola —usualmente desapercibidas por sus mismos perpetradores—son habituales. Se rechaza un argumento o una idea sobre la base de un principio, pero en otro tema donde éste es igualmente aplicable, se hace vista gorda. Quizás esa sea la razón de que en Chile ya no haya buenos políticos. No hay consecuencia. Son todos amarillos. Todos tienen doble estándar. Todos se traicionan a sí mismos. Y eso comienza a ser terrible.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Por la defensa de la educación

Mi madre estuvo a punto de colocarme en un colegio público.
Me recuerdo pequeño, del tamaño de un grifo, más o menos, quizás más pequeño incluso, yendo de su mano por calle Matucana —que yo no sabía que se llamaba así, apenas tenía consciencia de dónde andaba; pero era lejos, lejos de la casa, aunque tampoco tan lejos—, entrando en ese colegio que siempre pensé, aunque en eso me guío por mi falible recuerdo, que estaba en una esquina, que era como un cine antiguo o una especie de iglesia, y que ni siquiera hoy sé bien cómo es ni dónde queda. Entré en ese colegio, algo espantado por esa nueva vida que empezaría pronto, no tanto porque tuviera miedo de las clases y los profesores, sino porque, incluso ahí, a mis siete años, me daba cuenta de que no me sentaban las muchedumbres desconocidas y no me apetecía tener que empezar a compartir con otros niños. Tal como hoy, sin embargo, el espanto y la reticencia estarían condenadas a esfumarse, o al menos a refugiarse tras una apariencia de normalidad, esa que a veces me sale bien y otras, cuando no estoy muy afinado, no tanto, como me pasó en el colegio.
Recuerdo entonces haberme paseado por el patio y luego haber entrado a los baños. Eran, me dice mi recuerdo, asquerosos. No sé qué tanto lo habrán sido, pero es lo que más nítidamente vuelve a mi mente: no los baños en sí, que no me acuerdo de cómo eran, sino haber pensado que eran simplemente asquerosos y que la perspectiva de orinar todos los días ahí me parecía insoportable. No había mucha opción, sin embargo. Qué iba a saber yo de a qué colegio podía ir ni a qué podía aspirar ni por qué mi madre había decidido colocarme en ese colegio y no en otro. Creo que me lo dijo, esa vez, y después me lo repitió: no había otra opción. Era lo que había. Familia pobre, sin mucho para pagar un colegio de los subvencionados ni menos uno privado, pero expectante de algo mejor, de alguna cosa que pudiese ponerme aunque fuese en el último vagón de la movilidad social, como espera toda familia pobre, o de clase media, que tiene que luchar para sobrevivir o tener un pasar relativamente cómodo, aunque modesto.
No me gustaron los baños y mi madre lo supo. No sé si por eso, aunque creo que no, me llevó a otro colegio. Ahí, tal como en el anterior, me hicieron una prueba, que no recuerdo cómo fue. De hecho, apenas me acuerdo de que me hicieron una. El ambiente en ese colegio no me pareció muy distinto al del otro, y aunque los baños tampoco me generaron una muy agradable impresión, al menos en ese lugar se podía hacer pipí sin tener que taparse la nariz. Tenían un juego, también... Una cosa como una pera de cuero hinchable que colgaba de una cuerda larga y se amarraba a un fierro, y que dos niños golpeaban de un lado a otro con sus puños hasta que alguno no lograba expulsarla de su lado y la pera se enredaba inexorablemente en el fierro tras él, dando cuenta de su derrota y permitiendo la entrada del siguiente contendiente. El "espíribol", me dijeron que se llamaba. Vaya amigo ese. Doce años jugando con la pera de cuero hinchable, hasta diseñando estrategias para salir más victorioso.
El colegio en cuestión era particular subvencionado. Pequeñito, escondido en un barrio de Estación Central, con un patio del tamaño de dos canchas de baby fútbol, una biblioteca donde sólo cabían los libros y nada más. Católico. Administrado por una congregación religiosa. Creo que el copago era de unos 500 pesos de la época. Pero un buen colegio. Educación de calidad por un muy bajo precio. De otra forma, no habríamos podido costearlo. Mi madre se puso contenta cuando me aceptaron, porque tenía más confianza en ese establecimiento que en el otro. No se equivocó. 
Doce años después, entré en una sala donde me encontré con un montón de gente desconocida, casi todos de mi misma edad. No sentí pánico ni espanto. Entré ahí sabiendo que estaba en condiciones de competir de igual a igual con cualquier sujeto que se sentara en esas sillas. No me importaba si venía del Instituto Nacional, del Alonso de Ercilla, del Sagrados Corazones o de alguno de esos colegios de Las Condes. Qué me iba a importar. No estaba preocupado de ellos. Ya sabía que, si me iba bien en la PAA, podría estudiar gratis en la Católica.
En mi colegio, particular subvencionado, y especialmente en los últimos cuatro años, me encontré con profesores que marcaron mi vida. Nunca me gustaron mucho las matemáticas ni las ciencias, pero tuve profesores que habían abandonado carreras mucho más lucrativas, en laboratorios o centros de estudio, por enseñar. ¿Habrían logrado tener la misma influencia en un curso que no tuviera al menos la expectativa de moverse socialmente? No lo sé, pienso que no. Un caso especial fue el del profesor de inglés... Agobiado por la necesidad de trabajar demasiadas horas al mes en distintos colegios para tener un sueldo decente, no estaba particularmente preocupado de que los alumnos aprendieran y, hay que decirlo, mis compañeros tampoco estaban particularmente interesados en aprender. Para qué querían saber inglés si en Chile se hablaba español. Yo me di el tiempo de aprender, y mientras los demás han tenido que tomar curso tras curso de inglés para llegar a un nivel aceptable, yo saqué 115 puntos en el TOEFL sin siquiera estudiar. 
Yo, y algunos más, logramos desentendernos de ese ambiente libertino que se armaba en sus clases y aprender algunas cosas. Pero, ¿qué pasa cuando, en una sala, en un colegio, todos comparten la misma desesperanza, el mismo desasosiego, esa sensación inquebrantable de que todo eso da lo mismo, que no hay forma de que se pueda optar a algo más en términos socioeconómicos y la única razón de ir a clases es porque se está mejor que en la casa o te dan almuerzo? ¿Cuál es la motivación de un profesor cuando tiene que luchar contra ese desasosiego, que a veces se vuelve hasta violento, por un sueldo miserable? Esperamos que un profesor haga maravillas, pero se nos olvida que por algo las maravillas son tales. En el mejor de los casos, un profesor puede echar de la sala a cuarenta alumnos y dejar dentro a cinco que quieran aprender. Ya eso sería una ganancia. ¿Cómo se mejora de esa forma? ¿Habría yo, de haber pasado por eso, estado en condiciones de sentarme en esa sala, doce años después, con la misma —casi arrogante— seguridad, esperando tener puntaje nacional? No lo creo. Quizás sí, y quizás no. Simplemente no lo creo. No fui el único, tampoco. ¿Habrían gozado de la misma suerte mis compañeros? Probablemente no. ¿Qué habría sido de mí si mi madre hubiese tenido que colocarme en el otro colegio, o en alguno de los que quedaban cerca de mi casa, forzada por un sistema que no permite, al menos, que a su hijo se le entreviste y se le mida por su talento, y no que se le descarte en un sorteo como si fuera una bolita del Loto? 
Lo que diré ahora sonará como el clásico comentario medio "resentido", de clase contra clase. No hay otra forma de decirlo. Mi madre, mujer pobre, siempre lo supo y por lo tanto, siempre lo quiso: yo debía tener una buena educación, a como diese lugar. Si hubiese tenido que vender un riñón por ello, lo hace. Cuando pregunté qué pasaría si no me ganaba la beca para estudiar en la universidad, se limitó a decirme que eso no pasaría pero que, si pasaba, trabajaría hasta morirse para pagar la carrera. Y yo me dije que podía porque tenía las condiciones y había adquirido las herramientas. Ya en la universidad, compartiendo con gente tan distinta, nunca me sentí un outsider, aunque en la práctica lo fuese. Sólo esperé que se me juzgara por mis méritos. 
Esa es, señoras y señores congresistas, señor ministro, señores asesores, lo que espera una persona honesta y esforzada de clase media. No espera que le regalen nada ni espera que alguien llegue con una solución mágica para la pobreza. Espera que su trabajo sea recompensado y que se lo juzgue por eso, por sus méritos, por su esfuerzo. Porque, más que ver a un sujeto en un Porsche, a mí me genera más sensación de inequidad ver que alguien que no ha trabajado por ello, reciba beneficios que sólo debiesen recibir quienes sí lo han hecho. No queremos que nos regalen nada; queremos que nos dejen en paz. Queremos tener la posibilidad de que se nos juzgue por nuestros méritos y talentos y no que se nos ponga en una tómbola y se nos diga que debemos ir a tal o cual colegio porque en aquellos donde podríamos optar a un mejor futuro, los cupos se llenaron con los afortunados ganadores de una lotería infame. No espero que usted, señor congresista, señor ministro, viniendo de donde viene y habiendo estudiado donde estudió, pueda entender lo que quiero decir. Y si puede entenderlo, que pueda comprender cómo se siente. 
Me imagino de nuevo como el niño que odió el baño del colegio y, sin quererlo, tomó una decisión que marcó su vida. Me imagino un gobernante que nos obligue a todos a usar el mismo baño, porque eso es lo justo, esperando ridículamente que de esa forma el olor va a desaparecer. 

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Huracán en la noche


Ella bailaba, o hacía como que bailaba, a un costado de la pista, como temerosa de ocupar demasiado espacio con aquellos aspavientos que difícilmente podrían, en ese lugar, considerarse un baile. No había que ser adivino para darse cuenta de que no pertenecía por esos lados. Curiosa, pero ligeramente intimidada, observaba a sus alrededores como un perrito perdido en medio de una calle transitada; su pelo rubio, casi incandescente, suelto; el vaso en la mano, lleno hasta la mitad de un líquido negruzco que daba una cierta impresión alcohólica no tanto por su aspecto, aunque transparente, sino por la mueca de desagrado que ella esbozaba cada vez que le daba un sorbo. 

No era de por ahí, estaba claro. Su actitud, su pelo, sus ojos azules, su aspecto esbelto la delataban. No era de esos lados y era todo lo que importaba. A él no le interesaba saber de dónde era, ni qué idioma hablaba, ni qué andaba haciendo por esos lados, en ese país. Sólo importaba que estaba ahí, sola, quizás acompañada desde lejos por un grupo de amigos, quizás observada ávidamente por unos cuantos más lugareños que ya habían detectado una posible presa de sus repetidas y conocidas tácticas de seducción.

Él no necesitaba hablar con ella. No necesitaba intercambiar palabras; qué lenguaje aquel más sobrevalorado, que exigía tanto y expresaba tan poco. No, él había superado las palabras, estaba por sobre ellas. A él le bastaba un movimiento de sus labios, uno de sus ojos y otro de sus caderas para lograr atraer la atención de quien quisiera, sin importar su idioma y su nacionalidad. Sólo un quiebre de cintura, una mirada fulminante, la mano sobre la cadera y listo. Luego una sonrisa, y otra de respuesta; la mano se posaría sobre su hombro, y luego detrás de su nuca y, en un movimiento repentino, todo estaría consumado. El lenguaje del amor, le decían algunos. El lenguaje de los estúpidos, lo llamaba él.

Así que, cuando presintió que era el momento adecuado, se acercó a ella con la gracia de un fantasma. Y como un fantasma se metió en su cabeza y poseyó su corazón, de inmediato, sin que ella siquiera se diese cuenta. Levantó la vista, sorprendida, y presenció su caminata hacia ella, sus ojos profundos, misteriosos, su pelo peinado hacia atrás, remojado en lujuria; sus hombros anchos, su cuerpo geométrico, el pequeño triángulo que se formaba entre el cierre de la camisa y su cuello, oscuro, frondoso, de un vello tan hirsuto y azabache como su mirada.

No se dijeron nada. Él le arrebató suavemente el vaso de la mano y lo reemplazó con la suya. Luego la tomó de la cintura, sonriendo, y dieron varias vueltas, siguiendo el ritmo, como un torbellino. No fueron sino unos cuantos segundos, pero a ella, perdida en sus ojos, arrebatada, sintiendo un breve estallido de pasión en su estómago, y el sabor de la música acoplándose con el tamborileo de su corazón, le parecieron horas. Horas con él, en la calle, en la cama, amándose. Horas de ese hombre que no parecía hombre, que era como la noche, que llegaba y se iba de improviso, que la abrazaba y comprendía completa, sin dejarla huir, sin darle salidas; que la iluminaba con esos ojos que eran como la luna; que la aprisionaba en su aroma a perfume y ese solapado vapor animalesco que se colaba a través de su camisa. Ese hombre que, rápido como un león, le había robado, por un momento, toda compostura, toda dignidad, toda inhibición. Así la dejó ir, bailando en una nube. Fue como un viaje sobre una alfombra mágica, le diría a su amiga, antes de comprender lo que había pasado, camino al taxi.

Después de besarla, cuando ya todo había concluido, él se alejó sin decir adiós, rápido como había llegado, como un huracán. Era curioso, porque así le apodaban: el "huracán". Salió a la noche tibia, fuera del bar, y se subió al auto. Revisó lo que tenía en sus manos: treinta mil pesos, algunos dólares, unas cuantas tarjetas y una licencia de conducir. "Julie S. Sandford", decía. La muchacha sonreía en la foto.

Echó un resoplido; no era lo que esperaba.

Pero en fin. No estaba mal para una noche de trabajo.

domingo, 22 de diciembre de 2013

El pesebre de La Moneda y el laicismo del Estado

La diputada María Angélica Cristi se quejaba amargamente estos días, asumiendo que el próximo gobierno eliminaría la tradicional práctica de armar un pesebre en La Moneda. Como era de esperarse, una avalancha de críticas se le vino encima, más que nada en tono sarcástico. Y es que claro, para ciertos sectores, la queja parece derechamente ridícula.

En este comentario, más bien anecdótico y superficial, algunos encontraron un punto de partida para una crítica más sustantiva: la existencia de esta clase de símbolos en un edificio público, como La Moneda, sería un atentado al laicismo del Estado. 

Mi opinión es que sostener una cosa —que es una lástima que no haya pesebre el próximo año— y la otra —que la implementación de un pesebre sea una violación a la separación Iglesia-Estado— es muestra de cierta incomprensión de lo que verdaderamente implica, requiere y protege el laicismo del Estado. Prueba, también, de que muchos grupos tienen una visión del tema que resulta parcial y casi fundamentalista.

Y antes de que quien lea comience a decirse, "esta es la defensa de un católico Opus Dei", etc etc, déjeme aclarar que, si bien fui bautizado en la iglesia católica, no adhiero a religión alguna. Más abajo hay un post donde aclaro mi postura al respecto.

Tuve una discusión con una buena "twitter-amiga" al respecto y pude darme cuenta de cuál es una de las objeciones que existen respecto de la existencia de símbolos o señales religiosas en lugares públicos. El uso de símbolos religiosos denota una preferencia o interés, y eso, por uno u otro motivo, todos más o menos dirigidos al mismo punto, resultaría inaceptable. Hay una expectativa de total neutralidad por parte del Estado que no se estaría cumpliendo.

Comprendo las razones, pero creo que no constituyen argumento suficiente como para considerar la presencia de un pesebre, crucifijos, estatuas, altares, como una violación del principio de laicismo del Estado, ni para fundamentar una total eliminación de estos elementos de toda dependencia pública.

La razón de separar Iglesia-Estado fue eliminar la posibilidad de que el Estado, actuando a través de leyes, en su sentido amplio, o actos administrativos, infrinja la libertad de consciencia de sus ciudadanos o realice discriminaciones arbitrarias sobre la base de motivos religiosos. Parece simple. Ninguna ley podría establecer, por ejemplo, que sólo tendrán derecho a determinada prestación aquellas personas que adhieran a una cierta religión; que para ser nombrado juez o ser electo en un cargo se requerirá estar bautizado; que para tener capacidad de goce o ejercicio será necesario que la persona esté inscrita en alguna iglesia. Por otra parte, el Ministerio de Desarrollo Social no podría incluir, dentro de las bases para postular a un fondo social, que los estatutos de la organización solicitante incluyan una declaración en cuanto a su adhesión a los principios cristianos. Los colegios y universidades públicas no podrían requerir que sus alumnos sean cristianos. Y así sucesivamente.

Este principio se ha expandido, también, a cualquier acción positiva que el Estado realice con el objeto de influir en la consciencia de los ciudadanos. El ejemplo más claro es que el Estado o las municipalidades no están habilitados para requerir que se dicten clases de religión en los colegios públicos. Subyace a esto la misma consideración que se tuvo para eliminar las clases de educación cívica —en esto último estoy especulando, es lo único que me hace sentido—: impedir el adoctrinamiento, religioso, o político. El Estado no está facultado para ejercer ninguna clase de influencia en los ciudadanos, sea mediante acciones u omisiones. Cada uno es libre de decidir si adhiere o no a una cierta religión o credo, y a cuál. Nada de presiones estatales, por veladas que sean.

Ya esto resulta discutible. Decir que el Estado podría abusar de su poder para adoctrinar a las personas no implica, necesariamente, que lo hará. Sin embargo, se ha decidido cortar dicha posibilidad de raíz. Así como cualquier relación sexual con un menor de 14 años es violación, sin importar si éste ha consentido, el Estado está impedido de realizar estas actuaciones. Fin del cuento.
 
A partir de esto, el principio se ha extendido e intensificado aún más hasta comprender, incluso, manifestaciones más bien personales de la libertad de consciencia. Es así como —según discutía con esta amiga— un juez no podría exhibir, en su despacho, símbolos religiosos; una oficina pública o un colegio público no podría tener un crucifijo en la pared; el palacio de gobierno no podría tener un pesebre navideño, ni menos una capilla en su interior. Ningún elemento religioso, por menor que sea, está permitido en un espacio público; las autoridades públicas deben evitar toda clase de demostración religiosa. 

Esto lleva a conclusiones algo exageradas. ¿Al Presidente o a alguna autoridad pública le gusta ir a misa los domingo en la mañana? Que no lo haga en público. ¿Un empleado público quiere tener un crucifijo en su pared? Imposible. ¿Pesebre en La Moneda? Inaceptable. ¿Expresiones de contenido religioso, como "por Dios" o "ni Dios lo quiera"? Prohibidas. ¿Obligación de jurar? Inaplicable. ¿La capilla en La Moneda? Habría que hacerla oficina, se está perdiendo espacio (esto es real). Todo edificio público, y todo funcionario público, debe permanecer, en todo momento, mientras cumple funciones, absoluta y totalmente inoculado de religión. Cualquier acción en contrario implicaría una demostración de preferencias particulares que representan, además, al Estado; demostración indicativa de un potencial prejuicio o discriminación posterior por parte de éste, en virtud de una ley o un acto administrativo.

Creo que se entiende, por el tono usado, que no estoy de acuerdo con todo esto. Algunos podrán quejarse de la exageración; "los ejemplos son absurdos", dirán. Puede parecerlo, pero no lo son. Cuando se me dice que el Estado debe omitir realizar cualquier demostración de índole religioso, todo lo señalado, y más, se me viene a la mente. Se acabaron los feriados religiosos, puesto que la ley no puede legislar sobre esa base. ¿Por qué tener días feriados que conmemoran eventos de ese carácter? Adiós Navidad, adiós semana santa. Se acabó la participación del Presidente y otras autoridades en cosas tales como el Te Deum. Nada, absolutamente nada que pueda ser indiciario, al menos para una persona, de una cierta preferencia por parte del Estado o sus funcionarios, puede ser aceptable.

La distinción aquí es evidente: el Estado actúa en la forma de leyes o actos administrativos. No hay otra forma. Actuando de esta manera, no puede discriminar sobre una base religiosa, ni legislar sobre tal base. 

Ahora, hay ciertas manifestaciones que responden a prácticas tradicionales, culturales. El pesebre es una de ellas. La capilla en La Moneda, otra (ha estado ahí desde que se construyó). El Te Deum, católico y evangélico. Muestras tradicionales, de buena fe, de respeto incluso, de parte de los funcionarios públicos que forman el Estado, hacia grupos que representan un vasto interés colectivo. ¿Podría sostenerse, así como se sostiene que participar en estas ceremonias o usar estos símbolos es demostración de adhesión, que no necesariamente lo es? ¿Que el hecho de que el Presidente participe en el Te Deum católico no implica, de por sí, que sea católico, o el hecho de que exista una capilla en La Moneda no implica, de por sí, que todos en el gobierno suelen rezar e ir a misa? ¿Puede decirse, por último, que incluso si aquello en efecto demuestra que el Presidente es católico, o que en efecto una buena parte de los asesores y funcionarios de La Moneda son cristianos, ello no implica, necesariamente, que el Estado discriminará a quienes no lo sean, y que si lo hacen, no habrá remedio alguno disponible? 

Para mí la respuesta es clara. Las tradiciones tienen un valor social y, si bien puedo aceptar que se eliminen en aras de otros intereses más importantes, no me parece que la mera molestia o incomodidad de algún grupo sea suficiente para ello.

Por último, tenemos las demostraciones personales de los empleados y autoridades públicas. El crucifijo en la oficina, el retrato de Escrivá de Balaguer, el cuadro de Juan Pablo Segundo. Todas manifestaciones, símbolos, que representan el libre ejercicio de estos funcionarios, en su dimensión de personas, de su propia libertad de culto y consciencia.

Aquí entramos, entonces, a la discusión de por qué estas últimas demostraciones debiesen ser restringidas o, más bien, eliminadas. Por qué el Estado debiese privar a estas personas de su propio derecho a realizar tales manifestaciones, asumiendo que son perfectamente inocuas y no afectan en el desempeño de su función. ¿Es suficiente argumento decir que las mismas ofenden a otros? ¿Que el otro —disidente— puede sentir un legítimo temor a ser discriminado? ¿Que estos funcionarios, y el Estado, en consecuencia, pretenden presionar, atacar, influir indebidamente en la libertad de consciencia de los ciudadanos que tienen ocasión de observar estos símbolos?
 
¿Es la inoculación del Estado, incluyendo sus funcionarios y edificios, de todo símbolo religioso y de cualquier manifestación de índole religiosa, incluyendo la privación de tales funcionarios a su libertad de consciencia y la erradicación de cualquier práctica cultural o tradicional, una consecuencia necesaria del principio de laicismo?

Mi respuesta es que no. No, en general. Y el punto de inflexión estaría dado por la magnitud y entidad de la demostración. Si es tan masiva, profunda, agresiva, que no puede sino dar a entender una intención positiva de interferir en la consciencia de otro, sea un ciudadano común, u otros funcionarios públicos; de adoctrinar sin dar, a su vez, la opción de rechazar el adoctrinamiento, podría constituir una violación del principio de laicismo y a la libertad de consciencia. De otra forma, la objeción no parece sino una reacción exagerada e individualista. Una reacción, hay que decirlo, que raya en la intolerancia.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Breve defensa del matrimonio homosexual

Es sabido que el reconocimiento legal del matrimonio entre dos personas de un mismo sexo no es un tema que genere consenso. Me gustaría intentar, rápidamente, un breve análisis de esta problemática, para concluir con una —también breve— defensa de dicha institución.

Primero, la definición del Código Civil. El artículo 102 del mismo dispone:  

El matrimonio es un contrato solemne por el cual un hombre y una mujer se unen actual e indisolublemente, y por toda la vida, con el fin de vivir juntos, de procrear, y de auxiliarse mutuamente.

Distinto a la situación del matrimonio religioso, que es considerado un "sacramento", el matrimonio civil es un contrato. Uno tal como pedir un préstamo, arrendar un departamento o comprarse una casa.

En el caso del contrato de matrimonio, sus efectos más importantes tienen relación con el nacimiento de un cierto estado civil (las partes pasan a ser "casadas"; se adquiere un parentesco) y de ciertas relaciones pecuniarias (los cónyuges pasan a tener derechos y obligaciones respecto del patrimonio de cada uno de ellos; se forma una sociedad conyugal o se pacta algún otro régimen patrimonial para administrar los bienes de cada uno y los que adquieran en el futuro; los cónyuges pasan a ser herederos el uno del otro). En este sentido, el matrimonio se asemeja bastante a una sociedad; la única diferencia es que los cónyuges se unen con fines más diversos y personales que los de unos simples socios.

Visto el matrimonio de esta forma, no existe absolutamente ninguna razón para negar reconocimiento a un matrimonio entre dos personas de un mismo sexo.

La resistencia a esta conclusión tiene ciertos elementos comunes. Se plantea que es elemento esencial del matrimonio el que los cónyuges sean hombre y mujer, por razones históricas, morales, religiosas e incluso biológicas.

En cuanto a la razón histórica y moral, es fácil verla: la homosexualidad fue siempre reprobada y reprimida y no era habitual encontrarse con parejas de personas del mismo sexo conviviendo de la misma forma que un matrimonio "convencional". La homosexualidad era considerada una patología, un pecado, una abominación, una práctica depravada o, en el mejor de los casos, tabú. La sodomía fue considerada delito en varias democracias modernas hasta bien entrado el siglo XX. Ninguna razón para siquiera pensar en un matrimonio entre homosexuales, ¿verdad?

Por supuesto, la sociedad ha evolucionado. La homosexualidad, si bien resistida por muchos, incomprendida, hasta condenada, es un fenómeno aceptado y cada vez más masivo. La sociedad cambió y, por tanto, también debiese cambiar la legislación, anclada en prejuicios históricos.

En cuanto al argumento religioso (Dios sólo quiere un matrimonio entre hombre y mujer tendiente a la reproducción), no es necesario siquiera entrar a interpretar las sagradas escrituras. Hace tiempo ya que las democracias modernas son también laicas, lo cual implica una separación casi total entre ley y religión. En consecuencia, no es correcto, en una democracia moderna, legislar sobre la base de un dogma religioso, cualquiera sea el dogma y cualquiera la religión. 
Cada iglesia es absolutamente libre de establecer las condiciones y requisitos de sus propias instituciones y sacramentos, pero no pueden pretender que ellos le sean impuestos también a personas que no comparten tales dogmas. Es así de sencillo.

Y por último, el argumento de que el matrimonio está concebido para la reproducción. Esto parece una deformación de la teoría de que cada contrato tiene elementos esenciales (que deben estar presentes) y accidentales (que pueden estar presentes). Los denominados "fines" del matrimonio (
vivir juntos, procrear, auxiliarse mutuamente) son claramente elementos accidentales del contrato, lo cual implica que bien podría faltar uno de ellos sin que esto implique, a su vez, que no hay matrimonio o que éste sea nulo. De concluirse que en un matrimonio no puede faltar la procreación, o la "capacidad de procrear", entonces dos personas heterosexuales impedidas de tener hijos, o que han decidido no tenerlos, no podrían casarse. Y todos sabemos que sí lo hacen.

Cuando nos quitamos de encima los dogmas abstractos (religiosos o ideológicos), la conclusión del análisis parece evidente: no hay ninguna razón, teórica o empírica, para que el Estado niegue a dos personas plenamente capaces, e iguales ante la ley, la posibilidad de celebrar el contrato civil de matrimonio.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Voto voluntario y abstención-crítica de liberal a liberales

La enorme abstención observada en las últimas elecciones, con posterioridad a la reforma electoral que introdujo el voto voluntario, no genera (pese a ser ésta una de las principales motivaciones para abstenerse) indiferencia.

A pesar de que en Chile unas 13 millones y medio de personas están habilitadas legalmente para votar, en la última elección (la primera vuelta presidencial) sólo votaron unos 6 millones y medio, menos del 50% del total del electorado. Se espera una menor participación en esta segunda vuelta.

Todo esto ha hecho concluir a varios de que hay un problema. Algunos, sin embargo, prefieren decir que es una constatación de facto y se niegan a achacarle un valor negativo. Otros coincidirán en que se trata de un problema... pero uno que afecta a la clase política chilena, no a los ciudadanos. 

En beneficio de este artículo, quizás podamos llamarlo "fenómeno".

El análisis del fenómeno lleva a muchos a preguntarse, primeramente, cuáles son sus causas. Qué razones motivan a las personas a no ejercer su derecho a voto. Uno rápidamente puede adivinar varias, de las más diversas naturalezas: indiferencia, flojera, molestia, decepción, imposibilidad física. Lo cierto es que ningún grupo puede atribuir a alguna de estas razones una mayor prevalencia frente a las otras. Cada una de esas seis millones y algo de personas que decidieron no votar tiene razones distintas. Muchas coinciden, muchas no. No puede ser ésta una parte relevante del análisis.

El fenómeno es claro, sin embargo. Más de la mitad de los ciudadanos se rehusa, en forma permanente, a votar. Razones de lado, no es algo respecto de lo cual el legislador, que decidió modificar el carácter obligatorio del voto, deba estar indiferente.

Quizás sea conveniente repasar, entonces, algunas de las razones que motivaron al legislador para hacer este cambio. El motivo de fondo es un ideal liberal, está claro. Las personas son libres de decidir si votan o no. No es necesario que la ley les imponga el deber de votar, cuando se trata de una opción que pueden tomar por sí mismos. Las democracias desarrolladas no obligan a sus ciudadanos a votar. Siendo algo más sofisticados, se parte de la base que los individuos tienen una cierta independencia ética que el Estado debe respetar como un valor en sí mismo. Cualquier imposición que la ley haga a los individuos, sea de hacer u omitir algo, es una privación, total o parcial, de aquella independencia ética y, por tanto, debe ser necesaria. Cuanto mayor la interferencia, mayor y más clara la necesidad y la relación causal entre aquello que se manda/prohíbe y aquello que se pretende. No podría la ley, por ejemplo, prohibir a los individuos mirar pornografía en sus casas, sobre la base de que este hecho atenta contra el derecho de los demás a no tener como vecino a una persona que mira pornografía, o bien, que prohibir esta práctica disminuiría la tasa de violaciones o asaltos sexuales. En el primer caso se aprecia la falta de necesidad; en el segundo, la falta de relación causal.

En efecto, la independencia ética es un valor que todo gobierno debe respetar. Los estados tienen el deber de maximizar la felicidad de los ciudadanos (llámeselo utilidad o bien común, como se prefiera). Toda ley es sufrimiento, pues priva a los individuos de aquella independencia que todo ser humano, naturalmente, tiene. Una buena parte de las decisiones que una persona toma en su vida sólo le afectan a él y a su círculo cercano, y no debería afectar a los demás ciudadanos. Si yo decido ver pornografía en mi casa, es mi problema, no de mi vecino. Si decido tener una orgía en una plaza pública, puedo decir también que es mi problema y mi decisión, pero es claro que no es así: quienes pretenden pasear por la plaza pública no tienen sino la obligación de observar mi práctica, si quieren pasar por ahí. En algunos casos la línea es más fina, pero habitualmente no lo es. Hay ciertas cosas que son mi problema y los demás no tienen "derecho" a interferir en ellas; hay otras que no.

El punto está, entonces, en dilucidar si la decisión de votar es una de aquellas en que uno puede decir, con seguridad, "cosa mía", o no. Aquellas que sólo me afectan a mí y cuyo efecto no se extiende a la generalidad de las personas, de manera indiscriminada.

Parece que la decisión de votar (y de no votar) es una de aquellas que no sólo afectan a quien la toma, sino a varios más. A toda la nación, de hecho. El voto manifiesta una preferencia, política, en este caso. El candidato con mayor preferencias nos gobierna por 4 años, a todos, sin importar por quién hayamos votado.

La decisión de abstenerse implica la determinación de no manifestar preferencias. Algunos dicen que lo hacen por indiferencia, porque no les importa, o porque es una forma de expresar molestia y decepción. La verdad es que da lo mismo: no lo sabemos. Como no lo sabemos, sólo vemos el resultado. No sabemos si ese resultado habría sido el mismo si todos hubiesen votado, puesto que nadie puede asegurar que aquellas personas que se abstuvieron, colocadas dentro de la urna, habrían votado nulo o blanco. Todos tienen una preferencia. Incluso los más pesimistas, que miran las dos opciones políticas prevalentes como una especie de veneno y la votación, como la preferencia sobre cuál les será administrado, pueden tener una preferencia sobre dicho "veneno": el que los hará sufrir menos, o más, quién sabe.

Enfrentados a este panorama, el discurso de la independencia ética y la libertad de votar queda algo rezagado y pierde toda potencia. Cuando se habla de privilegiar los métodos indirectos de legislación, aquellos que determinan incentivos o desincentivos, sobre los directos, aquellos que se limitan a mandar o prohibir, se asumen dos cosas: (a) que la decisión que el individuo tome es indiferente para el Estado y se encuentra plenamente dentro del ámbito de su independencia, o (b) que la decisión no es indiferente para el Estado, pero se dan las condiciones para que la legislación indirecta influya en el individuo de tal forma que decida actuar de la forma que resulta más conveniente para la sociedad en su conjunto. El impacto de aquellos que no actúen como se pretende será menor.

Creo que es justo decir que, en el caso de Chile y el derecho a voto, no se da ninguna de estas dos condiciones. El país no está preparado para asumir y considerar, con plena información y responsabilidad, la decisión de votar o no votar. Las escuelas ni siquiera enseñan educación cívica y da la impresión de que, aunque lo hicieran, no sería suficiente como para crear el hábito de votar. La sanción moral, aquella que se percibe en algunos furibundos tuiteros que tratan de estúpidos a los que no votan, tampoco es suficiente, resultando hasta contraproducente. Los ataques generan una reacción defensiva de quienes no votan, creando una especie de "orgullo de no votante". Muchos dan razones de por qué no votan, en las que se deja entrever, también, cierta conformidad que lleva a la indiferencia, o ciertas ideas erróneas sobre la relevancia del voto para la sociedad entera. Lo cierto es que ahora, quizás, uno todavía pueda defender la libertad de voto. Pero la defensa será mucho más difícil cuando la abstención alcance porcentajes mayores. Puede ocurrir, como puede no ocurrir, dirán. Claro. Es por eso mismo que sustentar la libertad de voto en la independencia ética debería ser, para el legislador, un despropósito. 

Esta columna no pretende incentivar a las personas a que voten, ni hacerlos cambiar de parecer. Los cambios culturales requieren mucho más que una entrada en un blog, un tuiteo, una discusión en facebook o una entrevista en CNN. Sólo pretendo hacer ver que la decisión de votar o no votar no puede ponerse en el mismo nivel que la decisión de fumar o no fumar, ver o no cierto programa de televisión, estudiar cierta carrera o comprarse tal o cual auto. Es una decisión sobre la cual la sociedad, y el Estado, tiene un sumo interés. No es irrelevante. Cuando se la deja al mero arbitrio de las personas, nadie puede, con responsabilidad, decir que sí la considera relevante, como lo han hecho algunos liberales, máxime cuando se lo hace sin proporcionar mayores elementos de incentivo, sin información, sin educación. Es o no es relevante, así de simple.

Y para aquellos que pretenden ejercer el derecho a no voto como forma de protesta, debiesen preguntarse cómo se leerá ésta el día de mañana. Lo más probable es que el mundo político llegue a la conclusión no de que el sistema está en crisis, sino de que es preciso restaurar el voto obligatorio. Algunos incluso dirán que no es sino una señal de conformidad. El tiempo dirá... Y no parece que el tiempo deba tener la última palabra en esta materia.